Días turbulentos de una princesita

•En el sindicato de las barbies, Ana Guadalupe Ingram es la lideresa
•Anda con delirio de persecución
•Explota, grita, se traba
•Jala un montón de toallitas con alcohol para limpiarse la mano luego del saludo multitudinario a los pobres
•Paga salarios de hambre a promotores electorales
•Una escolta de seis personas

Por: Luis Velázquez

Hay mañanas en que uno quisiera seguir durmiendo de largo para evitar que en la reporteada le cuenten cositas lamentables.

Por ejemplo, la princesita del palacio Legislativo de Veracruz, Ana Guadalupe Ingram, alias Anilú, vive, con todo y la candidatura a diputada federal, días turbulentos y ríspidos.

Anda de malas. Piensa, cree, está segura que sus enemigos y adversarios la quieren fregar. Se siente perseguida… y explota. Grita y se traba. Su arrebato es más frenético que la serenidad de sus neuronas.

Carita linda como la describe el biógrafo que escribe su historia, también se cree redentora de la humanidad. Quizá porque se sabe favorita del jefe máximo. Acaso porque en la levitación se ha topado con Dios, como sucedió, por ejemplo, con Margarita Arellanes Cervantes, la precandidata del PAN a la gubernatura de Nuevo León que entregó las llaves de la ciudad a Jesús de Nazaret.

Aprehensiva se sabe la reina de las barbies. De la pasarela mediática en Telever al reinado del carnaval a la política a la dirección de Radio del gobierno de Veracruz a la curul a la presidencia de la Mesa Directiva del Congreso.

El centro del mundo, pues.

Y entonces, con fama de gran manipuladora, en el viaje a la soberbia ha logrado que la Secretaría de Seguridad Pública, tan necesitada de policías honestos y eficientes, le asigne tres guardaespaldas. Más el chofer. Más un par de mujeres (sus Adelitas) de

contención ante otras mujeres que, ni modo, le extienden la mano y buscan su manto protector.

Más la camioneta ¿blindada?

CURRÍCULO BÁSICO DE UNA ESTRELLA

En aquel entonces cuando aterrizó en la política sólo tenía dos, tres pantalones de marca. Algunos perfumitos de unos cien varos.

Y en el Congreso, la revelación. Primero contrató un estilista de la ciudad de México, la metrópoli más grande del mundo, y le proyectó otro look.

Después, nunca, jamás, en una sesión parlamentaria repitió el mismo vestidito, todos, de marca. 4 mil, 5 mil, 6 mil pesos cada uno, sabrá la astróloga de los Llanos de Sotavento.

Se cuida. Ni una joya antes de. Ni una joya “en la plenitud del pinche poder” legislativo.

¡Ah!, en contraparte, suele traer un montón de toallitas con alcohol para limpiarse y restregarse las manos luego de un evento público donde ha saludado a la mitad del mundo que camina atrás de ella, a su lado, enfrente, apostando a la esperanza.

¡Ah!, y también, las pastillas. Para todo traga pastillitas. Pa’evitar la gordura. Pa’evitar el colesterol. Pa’evitar el estrés. Pa’sonreír.

Le gusta jugar con su sensualidad. Trae juego. El mismo juego con que el pintor Gerardo Murillo, el doctor Atl, descubrió en los ojos de Nahui Ollín, la primera mujer que posó desnuda en el México del siglo pasado en la azotea de un edificio retratada por Edward Weston, y, atónito, el pintor le dijera cuando la vio acercarse: “Dame tu juego”.

Y tan juega que, por ejemplo, todos los hombres con quienes platica se levantan con la esperanza de un sueño utópico.

Pero se insinúa y los hace creer.

Es más, en aquel tiempo de candidata a diputada local estuvo rodeada de la diversidad sexual, a quienes también ilusionó.

Luego, claro, como en todos los otros casos las dejó botadas, porque en el fondo se trata de un juego lúdico y más porque todo el mundo vive de la esperanza. El sueño inalcanzable. La foto de Silvia Kristel, la mujer más sensual de Europa en el siglo XX, y de Jacqueline Kennedy, en el departamento de soltero y en la carterita del casado.

¡Oh contradicciones de la vida! Es una política avara. Un economista diría que es una excelente administradora.

El caso es que suele pagar salarios de hambre como los definía Ricardo Flores Magón en 1910.

Por ejemplo, 1,500 pesos mensuales a sus activistas electorales, a muchos de los cuales, además, dejó “vestidos y alborotados”, es decir, sin pagar, y quienes desde entonces le guardan recelo y coraje, entre ellos, gente de las colonias populares para trabajar la plaza en la zona suburbana, donde se ubica el mayor número de votantes tricolores.

“¡ME LA PELARON!”

Entre la elite priista del llamado “estado ideal para soñar” de pronto, zas, apareció un sindicato de barbies. Algunas entre ellas se llamaban reinis. Otras más, ladies, tiempo aquel de las ladies. Lady PROFECO, la más famosa.

Y como toda competencia en la vida, la candidata priista al Congreso de la Unión se siente la Fidel Velázquez del sindicato de las barbies. Por eso, incluso, luego de que fuera confirmada para la curul, dijo a los suyos:

“¡Me la pelaron!”.

Claro, sabrá Dios quién y/o quiénes se “la pelaron”, pues nunca reveló su lista de detractores.

No obstante, según el biógrafo que escribe su historia, pues ya entró a la gloria, a punto de la inmortalidad jarocha, ella misma se expresa mal de las otras barbies. De una, por ejemplo, dijo:

“¡Es una puta barata! ¡Hasta para ser puta debe tenerse estilo!”.

Dueña del poder, integrada a la joven generación en el poder público formada por Javier Duarte, el tercer gobernador más joven del país, luego de Manuel Velasco Coello, de Chiapas (dos mil millones de pesos de presupuesto anual para el DIF de su mamá) y de Roberto Borge, de Quintana Roo (conciertos privados con Shakira, Luis Miguel y Juan Gabriel).

Y a tal generación pertenecen otras ladies: Corintia, Dominga Xóchilt, Zazil, Ainara y, bueno, hasta Elizabeth Morales, ya sin Shariffe, los rostros más visibles de la faena política, aun cuando, claro, Ana Guadalupe es la favorita, pues si sobrevivió a un secuestro exprés, las otras son “pan comido”.

Ana Guadalupe es a Duarte lo que Carolina Gudiño a Fidel Herrera. Incluso, se ha carolinizado, el fenómeno político, social y económico que consiste en tirar un cargo público y brincar al siguiente… hasta encontrar un puesto jugoso con presupuesto propio.

Así vivía Cleopatra.

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