La política se tragó a Duarte

Por culpa del gabinete legal, la imagen pública de Javier Duarte como gobernador está descarrilada.

Desempleo, salarios de hambre, migrantes, secuestrados, desaparecidos, ejecutados, fosas clandestinas, fuego cruzado, impunidad y cinismo.

Pero, también, desastre económico y financiero, deuda pública creciente, aboneros inconformes en la calle, desvío de recursos federales a otros programas y otras regiones, trastupijes con el presupuesto estatal, 5 años de austeridad, cero obra de infraestructura, obra pública abandonada, dejada a la mitad del camino, inconclusa.

Y, de igual manera, Veracruz como el peor rincón del mundo para el gremio reporteril. Y Veracruz el cementerio de migrantes más extenso y largo del país. Y Veracruz, en primer lugar nacional en producción y exportación de trabajadoras sexuales.

Y el manifiesto enriquecimiento inexplicable de varios funcionarios.

Todo, pues, ha contribuido para que en vez de estar disfrutando el poder como uno de los gobernadores más jóvenes en la historia local, la fama pública de Duarte se haya destrozado en un oficio, como la política, que es, como afirmaba Juan Maldonado Pereda, un tragadero de hombres.

La política, pues, se ha tragado a Duarte.

Peor tantito: en el camino sexenal algunas ocasiones ha sido linchado, sin que nada detenga el caos mediático, no obstante el gasto millonario con cargo al erario que ha existido.

Duarte, apareciendo en 55 reportajes de la edición latinoamericana de El País, de España.

Duarte, mirado por la Comisión de Protección a Periodistas de Washington, y Reporteros sin Frontera y Artículo 19.

Las fotos de los reporteros asesinados en el vestíbulo del periódico The Guardian, en Londres.

El pitorreo del que según el columnista de El Universal, Carlos Loret de Mola hacen con la frase bíblica Aquí no pasa naaada.

Ocupa, pues, que de pronto, Duarte falte a la cumbre priista de César Camacho Quiroz con los candidatos a diputados federales en un día sábado, día de asueto, y también que se ausente del desfile obrero, quizá, acaso, porque estaba informado del tsunami en puerta.

Aun así, nada mejor que enfrentar la realidad; pero, bueno, luego del primer abucheo en el Teatro del Estado por culpa de Adolfo Mota y Harry Grappa, y del segundo en el estadio de fútbol Luis “Pirata” de la Fuente por culpa de Fallo Cuenca, un gritoneo más destrozaría el estado de ánimo.

Claro, a veces, ene millón de veces preferible enconcharse.

DUARTE, COMO TERESA DE CALCUTA

Duarte es, ha sido, será siempre, digamos, una figura polémica. De algún modo lo refirió el alcalde de San Blas, Nayarit, que por otros caminos llegó a lo mismo. Soy uno de los más famosos del mundo, casi al nivel de Los Beatles, cuando dijeron que eran más famosos que Jesucristo.

No obstante, nadie podría decir que con Duarte se ha aburrido.

Declaraciones controvertidas, estados de ánimos explosivos y bipolares, decisiones atropelladas, marcha atrás porque se atravesó el arrepentimiento, mejor dicho, el recule, etcétera, todo ha servido para distraerse y reírse, como nunca antes con un jefe del Poder Ejecutivo Estatal.

Ni siquiera, vaya, con Agustín Acosta Lagunes, que tan ocurrente era.

Menos, pensarlo de un Fernando Gutiérrez Barrios, cuya sola presencia imponía respeto y hasta miedo.

Y/o de un lejano y ausente, flotando en el limbo, Miguel Alemán Velazco.

Y un lejanísimo Patricio Chirinos Calero, gobernando Veracruz a distancia, porque Los Pinos le fascinaban.

Joven, doctorado en Economía en España, dueño de un poder político, social y económico fuera de serie, inimaginable para su edad, Duarte pudo, en efecto, como soñaba, con haber sido el mejor gobernador de Veracruz.

Pero, ni modo, y lástima, su propio gabinete legal y ampliado ha descarrilado su imagen pública.

Y lo peor, a todos ha perdonado, como queda constancia que de los 57 funcionarios despedidos, a la mayoría ha enrocado en otros cargos públicos, a unos de los cuales ha paseado en menos de cuatro años hasta en cinco puestos, como si fuera, incluso, hombres universales, aquellos del siglo XVIII, que eran todo en sus vocaciones múltiples.

EL GOBERNADOR DEMOLIDO

A la sombra del fidelato, que arranca desde la secretaría de Gobernación con Jorge Carpizo de titular, Duarte caminó por todos los escalones de la política, y que van desde la diputación federal a la senaduría a la gubernatura de Fidel, donde fue paseado en cuatro cargos públicos:

Primero, la subsecretaría de Finanzas y Planeación, y luego, la secretaría.

Después, el escaño en el Congreso de la Unión, y de inmediato, la candidatura a gobernador, que debe de manera completa y absoluta al góber fogoso y gozoso, su operador estrella.

Pero si durante aquellos años, unos quince aproximadamente, transitó sobre las mieles del poder, escudado y blindado por su tlatoani, apenas llegó a la silla embrujada de palacio su imagen pública se empañó, porque mudó en el jefe máximo en peores circunstancias, digamos, de aquel amanecer de Gregorio Samsa de Kakfa cuando advirtió que se había convertido en un insecto que podía volar y colgarse con las patas del techo de su casa.

El primer hoyo gigantesco que le abrieron fue en seguridad pública con el fuego cruzado, los muertos, los secuestrados y los desaparecidos que hoy todavía perduran.

Luego, vino el escándalo, todavía vigente, de la deuda pública, y la caja de Pandora se fue abriendo hasta la fecha en que por culpa del gabinete está desacreditado en las elites políticas del altiplano, mientras los ciudadanos de todos los niveles se pitorrean de su gobierno y a cada rato le inventan apodos y chistes, incluso, hasta las señoras en sus tardes pasteleras y cuando están en sus clases de manualidad.

El nombre y el crédito de Duarte está demolido en el imaginario colectivo y en la percepción ciudadana por una sola razón: su corazón es demasiado magnánimo con su gabinete y ha permitido que lo pinten como un político incapaz, sin energía, influenciable y hasta apachurrado por su antiguo y único maestro que ha tenido en su vida pública.

Por: Luis Velázquez

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