A ganar menos

Postigo

Por: José García Sánchez

Cuando a Fox y a Calderón se les ocurrió crear una franja de funcionarios con altos salarios nadie protestó al contrario, todos querían llegar a llenar uno de esos puestos diseñados para los amigos de los presidentes panistas sin más mérito que la amistad con uno de los altos cargos.

Ahora esos puestos sobran y dejaron de ser codiciados. Se convierten en herramienta para atacar a quien tuvo el valor de cancelarlos. Claro, hay otros, producto de las recomendaciones, del compadrazgo, incluso de la aviaduría.

Otros, producto de un ascenso basado en el servilismo al que los funcionarios públicos eran adictos, y sin ningún sonrojo, quienes llegaban a ser jefes de departamento, exigían les dijeran licenciados sin haber siquiera terminado la preparatoria.

Ahora todos dicen estar donde están por méritos propios. Sin duda habrá algunos, pero no quieren que de ese mismo presupuesto que se les otorgó a ciertos de ellos, tal vez la mayoría, pueda compartirse algo. Es como si un hijo quiera privilegios de su padre a sabiendas que su hermano sufre carencias, pero el individualismo fue por mucho tiempo en México el signo de los tiempos, sobre todo en la administración pública.

Esta vez dan el grito en el cielo por la reducción de sus salarios, muchos de los cuales nunca debieron cobrar lo que ahora cobran. Se olvidaron que están ahí más por suerte que por méritos. Se dicen indispensables y sólo gozan sus canonjías con un trabajo sin compromiso en lo que hacen, sin estar convencidos de que son servidores públicos. Muchos de ellos déspotas y temidos por sus subordinados, pero que no resisten un examen básico de ortografía.

Esos funcionarios públicos, incluso de la SEP, que están esperando subir de nivela para meter a sus hijos a una escuela privada, en una franca contradicción de su vida laboral, esa misma que ahora dicen querer y respetar.

Esos funcionarios públicos que aseguran vivir ahora una injusticia gozaron de la injusticia de las palancas y las recomendaciones en su mayoría y consideran su puesto como patrimonio familiar. Bastaba ser amigo de uno de ellos para que la familia entera estuviera medrando del presupuesto con puestos de mediana categoría que finalmente se convertirían en los niveles que ahora usurpan. Porque ellos nunca concursaron por el puesto que disfrutan y consideran vitalicio, bastaba estar bien con el jefe. La palabra del jefe era ley y, al mismo tiempo catapulta a nuevos y mejores niveles. Pero nunca se preocuparon por superarse o por comprometerse con el puesto, no lo necesitaban, nadie se los pedía y no se requería.

Desde luego debe haber honrosas excepciones. Habrá que reconocerles su entrega.

Este tipo de ascensos implicaba a veces acoso, otras, humillaciones, condiciones, chantajes, etc. La permanencia también tenía sus requisitos donde el jefe, o el jefe del jefe, tenían su feudo. Es una parte de la burocracia de la que todos se quejan, que fueron parodia en los programas televisivos y peso innecesario en el presupuesto.

Son tiempos de hacer algo por el país y de renovarse, trabajar más, a veces ganar menos pero luchar, en cada momento por esos ascensos que deben basarse en méritos y entrega reales, no en rutinas fastidiosas y tareas interminables.

Ahora habrá que tener un cargo público y dejar de ser una carga pública, porque esos sueldos que reclama la burocracia que se dice afectada, son producto de los impuestos no de su caja fuerte. Esperemos que esas actitudes cambien de acuerdo a las circunstancias.

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