A 500 años. MITOS DE LA CONQUISTA

Por Leonardo Zaleta Juárez.

Cronista de Poza Rica, Ver.

En 1534 Francisco de Jerez preguntaba: ¿Cómo es posible que imperios tan poderosos como el azteca o el inca fueran derrotados tan rápidamente por unos centenares de españoles? Y el inglés, William Prescott respondía en 1843: “fue la subversión de un gran imperio por un puñado de aventureros”.

La falacia de la superioridad fue esgrimida por el jurista y filósofo español Juan Ginés de Sepúlveda en el siglo XVI, al considerar que: los indígenas a duras penas merecían el nombre de seres humanos.

 “La historia verdadera” de Bernal Díaz, escrita en Guatemala entre 1570 y 76, en su tiempo fue considerada “una relación exagerada de méritos y servicios”, ya que encubría el deliberado propósito de conseguir una pensión del rey, después de 38 años a su servicio.

Es menester partir de un dato irrebatible: en la conquista de México no se invirtió un solo centavo del tesoro real. El gobernador de Cuba, Diego Velásquez mediante escritura encargó a su compadre Hernán Cortés la expedición de 1519, para explorar y rescatar oro con los nativos. No poblar ni conquistar, ya que para ello se requería contrato o título de “Adelantado” (conquistador autorizado), distinción a la que Velásquez de Cuellar aspiraba.

Cortés financió parcialmente la expedición. Vendió sus tierras y se endeudó para adquirir siete naves, ya que las otras cinco eran de Velásquez. A gran prisa, mediante proclamas con trompetas y tambores, reclutó en Cuba 518 españoles, entre ellos 109 mineros, 200 negros isleños y 16 caballos. Los hombres, carentes de instrucción militar iban armados con espada, 32 con ballestas y 13 con arcabuces, y avituallados de acuerdo a sus posibilidades. No eran soldados sino peones. No percibían sueldo, estaban atenidos al reparto del botín o a recibir una Encomienda.

Venían algunos capitanes como Pedro de Alvarado, Francisco de Montejo, Gonzalo de Sandoval, Cristóbal de Olid, Alonso Hernández Portocarrero, Juan Escalante, Diego de Ordaz, Juan Velázquez de León y algunos otros, cuya jerarquía militar era difusa.

Una tropa con estas características no podía ser leal al rey de Castilla o al gobernador de Cuba, sino a su capitán. Los devoraba la sed de oro y la rapiña. Curiosamente, la historia adulterada presentó a los invasores en dibujos y pinturas, como un ejército debidamente organizado, con armamento, atuendo y equipamiento. 

Según el Edicto de 1513, los ejércitos, antes de atacar a los nativos debían leer en español un “Requerimiento” para que se sometieran al poderoso rey español. El cual, por supuesto, no era entendido y mucho menos respondido, pues no usaban intérpretes. En virtud de tal renuencia comenzaba la guerra.

La fundación del Ayuntamiento de la Villa Rica de la Vera-Cruz el viernes 22 de abril de 1519, fue una estratagema de Cortés para que sus edictos fueran ungidos, y ante ellos repudiar el cargo conferido por Velásquez y legitimar el de Justicia Mayor y Capitán General que le fue otorgado.  Un ominoso fraude electoral inédito en el nuevo mundo.

Cuando Cortés y sus huestes llegaron por el oriente, navegando sobre casas flotantes, y logró hacer alianza con totonacas y tlaxcaltecas, sabía que la victoria estaría de su lado. Los sublevados sirvieron a los invasores en calidad de cargadores, guías y espías, pero también los avituallaron y no pocas veces les salvaron la vida. La felonía contra Moctezuma el 30 de junio de 1520 es repugnante.

Evidentemente, los hombres blancos y barbudos amalgamaron el descontento de las tribus sometidas a la hegemonía de la triple alianza, la leyenda del regreso de Quetzacóatl, la superioridad técnica por el armamento, la presencia de los caballos desconocidos, y otras circunstancias. Pero lo que no debemos perder de vista, es que los españoles eran menos que sus adversarios, y menos que sus aliados indígenas y africanos.

Baste saber que durante los 85 días que duró el asedio a Tenochtitlán los aliados fueron más de 150,000. Sin embargo, en las crónicas y cartas, el refuerzo de los grupos étnicos se minimiza con el propósito de atribuir a los españoles una falsa superioridad.

Los franciscanos se apresuraron a loar a Hernán Cortés Pizarro. Algunos autores se empeñaban en demostrar la superioridad de los castellanos, o resaltar que la conquista había sido obra de la providencia a través de un puñado de hombres eminentes y excepcionales, que maravillosamente derrotaron a miles de indígenas.

El audaz extremeño comunicaba al rey Carlos I (menor de edad, por lo cual la Regencia la ocupaba el Cardenal Francisco Jiménez de Cisneros), dos acontecimientos fundamentales: el dominio sobre territorios poblados por indígenas y la abundancia de metales preciosos, lo que le debía redituar cargos y estipendios. De ahí que exagerara sus hazañas o procurara ser enaltecido. Esas cartas iban acompañadas con el quinto del botín, petición subliminal del título de “Adelantado” con efectos retroactivos, o el de gobernador que consideraba merecer.

El acontecimiento del Tepeyac en 1531 durante el proceso de cristianización de los indígenas fue “la invención milagrosa más arraigada en el pueblo mexicano”, al decir de Fernando Benítez (1982), aunque la religión indígena sobrevivió tras la apariencia del sincretismo.

En tierras de Centla le fue obsequiada a Cortés una india hermosa y desenvuelta. Malitzin, hablante de maya y náhuatl, que junto al náufrago Jerónimo de Aguilar que hablaba español y maya, complementó la traducción. Su desempeñó fue indispensable en la conquista.

En el histórico encuentro del 8 de noviembre de 1519 ¿no pudieron traducirse las palabras de bienvenida expresadas por Moctezuma ante Cortés, como un acto de sumisión? ¿o de reverencia a Quetzalcóatl que regresaba como lo tenía prometido?  “Tome posesión de la tierra, disfrute su palacio…” Esta posible distorsión ha dado pábulo a confusiones substanciales.

Tal vez sea demasiada escrupulosidad que Malinalli haya tenido a Moctezuma como opresor de su pueblo, y un año después de la caída de Tenochtitlan procreara un hijo con Cortés.

Algunos cornistas afirman que los indios tomaban a los españoles por seres divinos; o que creían que hombre y caballo eran uno, pero este concepto aborta cuando ven a otros hombres iguales, pero a pie. O los observan recoger los cadáveres de sus compañeros que perecieron en combate, o víctimas de las epidemias que trajeron en sus alforjas.

Un elemento más de diferencia es la cultura de la guerra: los indígenas tenían sus rituales, como la ceremonia previa, la captura del enemigo para su sacrifico ritual en vez de la muerte en el campo de batalla, no mataban a los no combatientes. Los españoles eran atroces.

En su carta al rey (hijo de Felipe el Hermoso y Juana la Loca), Cortés omite que se le haya confundido con un Dios para que resaltaran sus méritos como guerrero y conquistador.

Fueron los evangelizadores los que distribuyeron el mito de los presagios funestos y el derrumbe sicológico de Moctezuma ante la llegada de los invasores. Condenaron el ritual de la inmolación en la piedra de los sacrificios (el desollamiento, el sacrificio gladiatorio, el flechamiento), que era parte de un concepto religioso practicado por innumerables pueblos de la antigüedad, pero trajeron al nuevo mundo la horca, el potro y la hoguera, como expresiones de un fanatismo cruel, que implicaba la confiscación de los bienes y el anatema sobre el apellido. Un verdadero genocidio fue convertir a los idólatras con la espada, la ballesta y los cañones de bronce.

Si los factores que contribuyeron a la derrota de los pueblos del Anáhuac fueron el mito y el armamento, el eje principal lo constituye, indudablemente, la desunión, la opresión a que estaban sometidos y la alianza traicionada.  Esa es una cicatriz perdurable y lacerante.

La historia escrita con imparcialidad requiere acomodar las piezas sueltas. En la memoria histórica debe prevalecer la grandeza de Tenochtitlán, el pueblo que había alcanzado un grado de civilización sorprendente, que fue masacrado con vesania inhumana. *            

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