Cuitláhuac: ni capaz ni honesto

Por Mussio Cárdenas Arellano 

Desollado, insultado, ninguneado, Cuitláhuac García ha visto en los cárteles el poder de la violencia y el baño de sangre, las masacres y el secuestro, o a sus huestes robar y saquear el erario, o a su gente en el abuso de autoridad, o a Cisneros mentir, intrigar, amenazar u odiar, o salir de Chinameca entre reclamos, mentadas, rechiflas y vejación. Y apenas va un año.

Día a día Cuitláhuac escenifica la novela del caos, un Veracruz estancado, con ciudades fantasma por el éxodo de empresarios, la fuga de capitales, la pérdida de empleo, la incertidumbre social, sus calles solas y oscuras. Un Veracruz bajo el yugo del crimen organizado, la extorsión, el cobro de piso, ausente la prevención de la inseguridad, la policía estatal y las policías municipales implicadas, coludidas, sirviendo al lado oscuro de poder.  

Y aún así, dice que es el mejor.

Su primer año es superchería pura. Su informe es simulación. Cuitláhuac acude a la propaganda falaz. Por primera vez —dice— se atienden los problemas sociales, la salud, la educación. ¿Por primera vez? Cuando las neuronas están averiadas, la memoria es humo.

Usa la palabrería pejista, el discurso sobado de Andrés Manuel, la retórica hueca de los pobres primero y el bienestar para construir el paraíso utópico de la Cuarteada Transformación.

Cuitláhuac es teatral. Veracruz es su carpa. La farsa se teje a partir de una puesta en escena en que el actor central es todo, menos gobernador. Su impostura se gesta con un accidente político: sin nadie de quién echar mano, el Dios Peje lo hizo candidato en 2016 y terminó perdiendo la elección de gobernador. Y dos años después el efecto López Obrador le regaló votos que jamás imaginó obtener.

 

Ya en el cargo es un neófito con aires de señorón. Sin oficio político, sin capacidades ni seso, suple su medianía con bravatas de cantina, arengas de porrista, sentencias de castigo al yunismo azul y sólo un gramo de culpa, si acaso, a su otro mentor, Javier Duarte, cuyos atracos y desvíos al presupuesto llevaron a la quiebra virtual a Veracruz.

Con saliva edifica un Veracruz fragmentado. Con demagogia barata pinta un Veracruz que resurge. Con rollo inmundo cuenta que se va venciendo la inseguridad. Y nada es así.

Al gobernador de Veracruz lo destroza la realidad, lo describen los hechos y lo anulan los resultados, el lenguaje ramplón, las taras de un discurso rupestre, la ignorancia de la ley y el atropello a la Constitución, la negación del nepotismo, ese engaño que sirvió para engatusar a su mentor, Andrés Manuel López Obrador.

Pasan por su gobierno los amigos de farra, el adulador desmedido, una casta de improvisados, otra runfla de pillos, vivales que inscriben en nómina al hermano, al hijo, al marido, al sobrino, a la querida o al querido. Y entre ellos, Eleazar Guerrero Pérez, su primo, la mano que mece la cuna y la uña que dispone de lo dineros del gobierno de Veracruz.

Ni capaz ni honesto.

Cuitláhuac delinquió apenas asumió el poder. Cuatro de sus funcionarios rindieron protesta sin ser veracruzanos, sin tener la dispensa del Congreso estatal, sin acato a la Constitución: Hugo Gutiérrez, secretario de Seguridad, originario de Nuevo León; Leslie Garibo Puga, ex contralora, chilanga; Guadalupe Osorno, titular de Protección Civil, nacida en Tlaxcala, y la secretaria técnica del Consejo Estatal de Población, Soraya Prado Rivera, nativa de la Ciudad de México.

Todos están imputados por el delito de usurpación de funciones. A todos les abrió expediente la Fiscalía General de Veracruz en tiempos de Jorge Winckler. A todos se les aplicaría juicio político e inhabilitación. Y el que los designó y les tomó la protesta, el gobernador, también violó la ley. Obviamente, para todos habrá impunidad.

Ni capaz ni honesto.

Cuitláhuac ha visto a los cárteles disparar al aire, resonando las AK47, las arengas amenazantes —“puro Cártel Jalisco”— y los traileres entre llamas, bloqueando carreteras, los muros de los cuarteles rafagueados, la exigencia de retirar a la Fuerza Civil. Y cedió.

Arrodillado ante el crimen organizado, apabullado, su repliegue se equipara a un ultraje consensuado, a una violación pactada.

Vio la escena se sangre en Minatitlán, los 13 ejecutados, entre ellos el niño Santiago, por un comando criminal, la noche de Viernes Santo, cuando el levantón de un transexual con negocios identificados como puntos de venta de droga, propició una masacre descomunal.

Y luego el infierno del Caballo Blanco en que mueren 30 al irrumpir un comando, rociar gasolina y prenderle fuego. Atrapados, mueren por asfixia bailarinas, meseros, una cajera y varios clientes.

El eslogan del informe es el retrato del caos. Por primera vez Veracruz es líder en feminicidio, en dengue, y refrenda que habita en el top ten del secuestro, de la extorsión, del cobro de piso.

Frente a la violencia desbordada, Cuitláhuac no tiene plan de seguridad. O lo tiene y es un fiasco. Más de 200 mujeres han sido asesinadas y la violación sexual alcanza niveles que alarman. Y cuando el Senado lo insta a explicar cómo enfrenta la inseguridad, calla y la criminalidad lo arrolla.

Por 10 meses su argumento fue imputarle a Jorge Winckler la responsabilidad de la violencia. “La culpa es del fiscal”, repetía y repetía, provocando la sorna popular. Winckler se volvió su obsesión, soñando con él, alucinando con él.

Decía que la culpa de la violencia era la falta de efectividad de la Fiscalía. Falso. Las tareas de la Fiscalía son de investigación, no de prevención del delito. La prevención corresponde a Seguridad Pública, al Poder Ejecutivo, a Cuitláhuac García y al secretario pistolas, Hugo Gutiérrez Maldonado.

Legalmente no pudo echar a Winckler. Le movió demandas de juicio político, siendo desechadas la mayoría y las dos que llegaron al pleno del Congreso estatal no pasaron. Entonces, como los ladrones, orquestó el golpe a la institución, el asalto político, usando a otra escoria, la de los diputados serviles que sin atribuciones de ley decidieron que Winckler fuera separado para imponer a una empleada de Eric Cisneros, Verónica Hernández Giadáns, la fiscal carnala.

A su lado, al oído, en su hombro, en la entraña, anda siempre Eric Patrocinio Cisneros. Su secretario de Gobierno es otro locuaz sin rienda que lo encuerda, lo empina, lo lleva a escenarios estridentes, al conflicto irrelevante, al pleito innecesario, cuando su misión es tranquilizar la marea y capotear el vendaval.

Engreído, Cisneros abre frentes donde no los hay. Increpa a la prensa bajo el sofisma de que quien solía reflejar las versiones del fiscal Winckler, tenía ligas con la delincuencia. La criminalización es otro aporte al hostigamiento de los periodistas, como en los tiempos de Javier Duarte.

Eric es, a todas luces, un psicópata político. Mitómano, proclive a la estridencia verbal, fantoche sin límite con graves carencias para el cargo de secretario de Gobierno. Y Cuitláhuac lo sigue sin chistar.

Ni capaz ni honesto.

Once meses, casi el año, y Cuitláhuac García se muestra voraz, desmedido y desaseado. Al Peje le sigue la corriente con el choro de la austeridad. Aplica la fórmula del subejercicio mientras transgrede la ley. Centenares de contratos fueron asignados por adjudicación directa, cuando la norma determinaba que debieron ser por licitación pública.

Al proveedor favorito de López Obrador, Carlos Lomelí, ex superdelegado en Jalisco, el gobierno de Veracruz le compró una cantidad sustantiva de medicamentos… por adjudicación directa.

A la Secretaría de Seguridad la abasteció de patrullas… con sobreprecio, sin licitación, mediante adjudicación directa.

Cuitláhuac habla mal y actúa peor. De Chinameca salió ultrajado, verbalmente vapuleado, cuando pretendió obtener el visto bueno del pueblo para instalar una planta procesadora de basura con residuos provenientes de Coatzacoalcos. Detonó la ira, el reclamo. Insistió y la gente lo increpó. Le pidieron definirse y comprometerse a cancelar el proyecto. Y esquivaba el bulto. “A chingar a su madre si no puede”, le gritaron entonces. Y se quebró.

Su informe tiene una lectura extra. Fuera de la secretaria de Gobernación, Olga Sanchez Cordero, representante de Andrés Manuel, nadie lo acompañó. Ningún gobernador, ningún secretario del gabinete presidencial, ni la lideresa de Morena, Yeidckol Polenvsky, ni senadores ni diputados de peso nacional.

“No sabía donde se estaba metiendo”, dijo el senador Ricardo Monreal, y con esa frase lo sentenció.

Con más lengua que seso, Cuitláhuac García tiene a Veracruz en el caos político, la debacle económica, los peores índices de delincuencia y la violencia de los cárteles. Y mientras, le sigue la corriente a López Obrador.

Su gobierno es un fiasco. Su actuar, el retrato de sus taras políticas. Sus resultados, el atropello a la ley. Trepadas al barco, las hordas pejistas devoran lo que hallan a su paso. Lo carcomen y prematuramente lo llevan al naufragio.

Un año apenas y Cuitláhuac ni es capaz ni es honesto.

00
Compartir