En defensa de los plurinominales

Casa de Citas

Baltazar López Martínez

Para Azalia, que lleva más de noventa días confinada: sepa que no está sola.

“¿Qué diferencia hay para los muertos, los huérfanos y los refugiados que la loca destrucción venga bajo el nombre del totalitarismo o el sagrado nombre de la libertad y la democracia?”

-Mahatma Gandhi

“El totalitarismo será siempre una tentación, las decisiones se toman más rápido que en democracia.”

-Albert Jacquard

“El totalitarismo es un intento por restablecer características de la sociedad de ayer en un marco moderno y de someter nuevamente al individuo al grupo e imponer valores únicos a toda la sociedad.”

-Tzvetan Todorov

La idea ronda por las cabezas de los políticos desde hace tiempo, y de vez en cuando se convierte en promesa o bandera de campaña: eliminar a los diputados plurinominales. Hace unos pocos días, en una de sus homilías mañanera, el presidente López Obrador tocó el tema y dijo que sí, que es necesario un recorte en las plazas plurinominales para ahorrarle dinero a la nación y dedicarlo mejor a los pobres. El argumento es muy simple y se basa en el odio que les tenemos a los plurinominales, a quienes consideramos sanguijuelas, parásitos, vividores. Hace un tiempo escribí en esta columna al respecto:

“Yo los odio. Tú los odias. Él los odia. Nosotros los odiamos. Ustedes los odian. Ellos los odian. No hay personajes tan propicios para conjugar el odio que los legisladores federales plurinominales. Son personajes más odiados que los luchadores rudos, los policías municipales y los recaudadores de impuestos. Se les odia sobre todo porque parecen trapecistas y van de una silla a otra, del senado a la cámara de diputados (así, con minúsculas) y viceversa, siempre enfundados en carísimos tacuches, con sonrisas cínicas y con un poder inusitado que los ciudadanos nunca les conferimos.

“En la práctica legislativa, los diputados y senadores realizan, todos, las mismas funciones, dañan de la misma manera al país, y sólo difieren por el modo como llegaron a instalarse en la silla. Unos llegan porque se sometieron al escrutinio ciudadano en las campañas y en las urnas el día de las votaciones, y se dice que son de “mayoría relativa”, los otros, los más odiados, se llaman plurinominales, y  llegan a la curul por la conjugación de dos variables, la primera es la posición que tienen en la lista que elaboran los partidos (que es donde la podredumbre aflora) y la segunda es el porcentaje de votos que obtienen los candidatos a diputados y senadores de mayoría relativa.”

El asunto es muy simple, de los 500 diputados que conforman la llamada Cámara Baja del Congreso federal, 200 llegan por la ruta del dedazo en sus partidos y 300 tienen que hacer campaña, pero en la práctica todos disfrutan de las mismas prerrogativas, son iguales, pues, ya que el método por el cual los elegimos no marca ninguna diferencia y sus decisiones y votos tienen el mismo peso y la misma importancia, aunque no hayan recorrido los caminos haciendo campaña, ni saludaron de mano a doña Chana y a doña Gorgonia, ni se tomaron fotos con los pobres y los pedinches de sus respectivos distritos. No hay una sola voz que se alce en contra de esta propuesta, sobre todo por el odio hacia los plurinominales y las asquerosas prácticas que los llevan a las cámaras, pero en realidad deberíamos sopesarla con cuidado porque la supresión de los plurinominales nos llevaría de regreso a una hegemonía partidista como la que padecimos con el PRI durante tantos años.

No habría problema en reducir la cantidad de diputados si los 300 restantes nos representaran a todos. Pero no es así. Una mirada somera a la historia reciente de nuestro país demuestra que la llegada de los plurinominales fue como una válvula de seguridad para el enrarecido clima político de finales de los 70 del siglo pasado. La situación estaba tan densa y había tal disgusto social que empezaban los botes de violencia y manifestación en contra de un sistema que lo tenía todo y que se imponía sin que hubiera oposición. Por desgracia para la década de los 50 los Cachorros de la Revolución ya habían convertido al país en botín personal, y empezaron a amasarse las grandes fortunas al amparo del poder, de tal manera que un presidente pobre como Adolfo Ruiz Cortines se convirtió en la excepción, cuando debería de haber sido la regla.

Hubo toda clase de manifestaciones y protestas a lo largo de más de 20 años, movimientos magisteriales, de ferrocarrileros y telegrafistas, huelgas de médicos y guerrillas incipientes, cuyo primer operativo tuvo lugar el 23 de septiembre de 1965, cuando un pequeño grupo de estudiantes, maestros y campesinos trató de tomar por asalto el cuartel del Ejército Mexicano en Madera, Chihuahua. Hubo guerrilla en el sur, con las revueltas libertarias de los profesores Genaro Vázquez Rojas y Lucio Cabañas, y también surgió en Guadalajara la Liga Comunista 23 de Septiembre. El movimiento estudiantil que culminó con la matanza de Tlatelolco el 2 de octubre de 1968, así como el “halconazo” del 10 de junio de 1971, también dejaron profunda huella en la historia nacional.

Escribí: “Para aliviar la presión, el gobierno de José López Portillo impulsó la Reforma Política de 1977, que fue creación intelectual de Jesús Reyes Heroles, quien propuso cambios radicales a la Constitución que se concretaron en la Ley Federal de Organizaciones Políticas y Procedimientos Electorales (LOPPE), de diciembre de 1977. La LOPPE, entre otros puntos, reconoció a partidos y organizaciones que actuaban en la clandestinidad, como el Partido Comunista Mexicano; también ordenó la apertura de los medios de comunicación para la promoción de los distintos partidos y, sobre todo, admitió por primera vez la figura de diputado por representación proporcional, mediante la cual se repartirían 132 escaños en el Congreso según el porcentaje nacional de votos que obtuviera cada partido.

“Por primera vez en la historia de nuestro país las minorías tendrían voz y voto y participarían de la toma de decisiones en uno de los Tres Poderes de la Unión. Para culminar la Reforma, al año siguiente el gobierno federal emitió una ley de amnistía mediante la cual olvidó los hechos cometidos por grupos como el Movimiento de Acción Revolucionaria, la Liga Comunista 23 de Septiembre y el Partido de los Pobres. Los tiempos de la clandestinidad política habían llegado a su fin.

“Piensa, lector: hace apenas 40 años el Partido Comunista Mexicano estaba en la clandestinidad; hace apenas 40 años la ley ordenó la apertura de los medios de comunicación para que partidos diferentes al PRI pudieran acceder a ellos y difundir sus principios y actividades; hace apenas 40 años se reconoció que las mayorías también deben ser escuchadas y por primera vez esos partidos que representaban apenas a un millón de mexicanos apenas tuvieron a sus diputados en el Congreso de la Unión.”

Pues bien, la corrupción, la maldita corrupción que como un cáncer carcome a las instituciones del país, también pervirtió y prostituyó el asunto de los plurinominales, porque esas posiciones, que se ganan en la mesa, sin más esfuerzo que ser amigo o compadre o camarada o cuero o machín del que decide, se volvieron moneda de cambio, bastiones del poder, por el simple hecho de que una persona no necesitaba enfrentarse al escrutinio ciudadano en las campañas y las urnas. Esta misma circunstancia que les dio origen y los legitimó, terminó por pervertir a los plurinominales, de modo que esas diputaciones y senadurías se convirtieron en patrimonio de los partidos, casi siempre a espaldas de los electores.

Según la investigación del periodista Esteban David Rodríguez, del periódico “El Universal”, 84 familias dominan el Congreso desde 1934. Este dominio se agudizó con el surgimiento de los plurinominales. Aunque fue el PRI el que se adueñó de la vida política del país durante muchos años, hoy en día hay partidos que son patrimonio familiar, como el Verde Ecologista y el Partido Nueva Alianza, todavía propiedad de Elba Esther Gordillo. Muy pronto los partidos Acción Nacional, el de la Revolución Democrática, el Partido del Trabajo y Convergencia empezaron a organizarse en torno a las familias y también a las tribus, y cerraron el paso a todo aquel que no llevase en la sangre del linaje. Las familias Calderón Zavala son un ejemplo. Desde Luis Calderón Vega hasta Margarita Zavala abarcan 30 años de vida parlamentaria, y surgió ya de sus filas un presidente de la república, uno peor que Vicente Fox, Felipe Calderón.

“La familia Madrazo de Tabasco dio tres legisladores que reúnen casi 15 años”, escribió Esteban David, “Roberto Madrazo Becerra, que además de presidente nacional del PRI y gobernador, fue diputado federal en 1943, mientras la casa Fabela-Del Mazo-Peña en el Estado de México, ha dado ya cuatro gobernadores y un presidente de México: Isidro Fabela pasó la gubernatura a su sobrino Alfredo del Mazo Vélez en 1945, sin embargo, Enrique Peña Nieto, hijo de su primo Enrique Peña del Mazo, sí llegó a la Presidencia, después de haber dado la cuarta gubernatura a su familia”.

No cantan mal las rancheras las dinastías de Jesús Ortega Martínez; los Bejarano-Padierna, que también han ostentado jefaturas delegacionales, puestos en el gabinete capitalino y asientos en lo que fue la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, así como cargos en el Congreso de la Unión. Los Monreal, de Zacatecas, encabezados por Ricardo, que fue gobernador del estado, diputado del PRI, de Movimiento Ciudadano, además de senador por el PRD y el PT. Y Last but not least los Batres Guadarrama, como diputados federales por el PRD: Lenia, Valentina Valia, Martí, que además tiene la desvergüenza de publicar sus horrorosas pinturas.

Pues bien, aprovechando el odio de la ciudadanía, el presidente López Obrador y sus huestes desean con toda el alma una reforma política que acabe con los plurinominales y con ello Morena pueda mantener la hegemonía política, igualito que el PRI en sus mejores tiempos, igualito. Pero con ello se apaga la voz de las minorías y como si el tiempo diera vuelta en redondo volvemos al tiempo en el que nos aplicaban la “Roqueseñal” cada que al Tlatoani en turno se le ocurría ensartarnos la daga de los impuestos, o se repartían groseramente y sin ningún escrúpulo la riqueza del país como si se tratase de patrimonio propio.

A muchos jóvenes les parecerá difícil comprender la necesidad de representación que tienen las minorías. López Obrador actúa como un caudillo mesiánico que nos guiará por el desierto hasta cruzar las aguas del río Jordán, directito a la tierra prometida. Pero también lo prometieron Echeverría y López Portillo, De la Madrid, Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, Vicente Fox (ese clown mariguano que tuvimos por presidente), Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto. Todos ellos enarbolaron la bandera de los pobres. Todos prometieron sacar de la pobreza a 50 millones de mexicanos y en realidad allí los dejaron.

Yo insisto en mi defensa de los plurinominales, insisto en que eliminarlos nos ahorrará unos cuantos millones de pesos, pero nos pone en riesgo de un totalitarismo que superamos hace 40 años, por medio de una reforma política que costó cientos de vidas, miles de vidas de hombres y mujeres que se sacrificaron para que la apertura posible. Mi propuesta es muy simple: si el problema es el dinero que les pagamos, no es necesario desaparecerlos, con reducirles el salario será suficiente, y sirve que los calamos a ver qué tan acendrado es el amor por su patria.

Es más, si tuviera oportunidad de hacerme escuchar, propondría una modificación a las leyes, mediante la cual los puestos de diputados y senadores fueran honoríficos, es decir, que el agraciado que resultase elegido para servir a la Patria lo hiciera sin percibir salario, nada más por el alto honor de servir a su país como representante de uno de los tres poderes de la Unión. Como dije, ahí se verían el amor a la patria, la vocación de servicio y el abnegado sacrificio por los demás. Y no sólo eso. Propondría que el afortunado, a quién todos envidiaríamos, costeara él mismo sus gastos, que pagara los boletos de aviones y helicópteros, así como el alquiler de automóviles y otros vehículos de su propio peculio, lo mismo los honorarios de asistentes, secretarios, secretarias y cargadores de maletas. Igual tendría el privilegio de pagar el mantenimiento del edificio del Congreso y sus oficinas, y le permitiríamos hacerse cargo de las facturas de electricidad y telefonía.

Para cuidar de su salud, la Ley contemplaría que los diputados se afiliaran al INSABI, donde les brindarían los excelentes servicios que ellos pudieran requerir, y pondríamos a sus órdenes las modernas instalaciones de los hospitales civiles y regionales, así como los centros de salud rurales, todo con tal de cuidar de su salud y que no se nos vayan a resfriar. Por supuesto, así como hacen todos, tendrán que pagar sus propios estudios, radiografías, ultrasonidos y otros que requieran, y llevar sus medicamentos, vendas y consumibles como hacen los pacientes de esos nosocomios, así comprenderán la necesidad de que haya presupuesto abundante para las clínicas y hospitales públicos del país.

Como requisito indispensable, los aspirantes deben demostrar -aparte del exacerbado deseo de servir a la Patria- que no tienen necesidad económica de ninguna clase, y que por tanto disponen de todos los medios para sostener su servicio a los mexicanos. En caso de que no los tenga, deben tramitar los préstamos que consideren necesarios, en el entendido de que quién no tenga dinero para costear su servicio no podrá ocupar la curul, porque tampoco es cosa de que anden pidiendo fiada la gasolina o las tortas en la lonchería. La Ley deberá exigir que el aspirante haga pública una declaración patrimonial inicial, y otra la concluir su mandato. Esta última debe reflejar un patrimonio inferior al inicial, ya que el legislador debió gastar su dinero o vender o empeñar algún bien para cumplir a cabalidad su alta encomienda.

Tendrán preferencia para estos cargos aquellos que no sólo estén dispuestos a costear su abnegado servicio, sino los que en un arranque de generosidad estén dispuestos a pagar con tal de ser merecedores del honor de trabajar por la Patria. Por ejemplo, aquel que desee un cargo plurinominal debería estar dispuesto a donar, por decir algo, 150 UMAS mensuales (considerando que la UMA es la medida del pago de las pensiones y está como en 85 pesos diarios) para un asilo, un hospital, etcétera, ya que le estaremos ahorrando el tiempo y los gastos de campaña. Esta cantidad no será limitante, porque si el legislador desea donar más, la Patria le agradecerá su sacrificio.

En mi propuesta contemplaría también que los diputados trabajaran a ras de tierra, de manera voluntaria y gratuita, una semana de cada mes. Con gusto los invitaríamos a que ejercieran el cargo de coloteros, de ayudantes de albañil, de peladores de camarón. Otros podrían ser ayudantes de soldadores, pintores de casas, choferes de microbús, jornaleros del campo. Las damas podrían lavar y planchar ropa por encargo, o andar de casa en casa ofreciendo frutas y verduras frescas en una tina, o promoviendo microcréditos. En fin, no faltaría en qué ocuparlos y ellos tendrían una oportunidad más de servir de manera altruista al pueblo.

Como ahora está de moda el tema de la reelección, propondría que los diputados fuesen candidatos a ocupar nuevamente el cargo y que, en caso de conseguirlo, tuvieran el derecho ya a recibir un apoyo –que no un salario- con el que podrían efectuar aún más actos de filantropía, siempre y cuando ese apoyo no rebase la cantidad de dos UMAS mensuales. También propondría que, para su retiro, los diputados abrieran su cuenta de Afore, y fueran guardando ahí sus centavitos para cuando les llegue la vejez. Entonces podrán contarles a sus nietos esas bellas épocas cuando sirvieron a la Patria de manera desinteresada y generosa. Por último, propondría que todo aquel diputado que llegase a tener más dinero del que resulte de sumar a su declaración patrimonial inicial los apoyos que reciba en su segundo período en el cargo, se le destituya sin mayores averiguaciones y se le instruya juicio sumario por traición a la Patria.

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