La Banda Sonora de mi Vida

Casa de Citas

Por Baltazar López Martínez

Lector, lectora: una vez más, estoy cansado de la política. Será el encierro, no sé. Pero no he tenido ánimos de escribir una línea más al respecto. Pareciera de pronto que la historia da vueltas en redondo, y que la pobre Patria nuestra es presa de nuevo de las crisis recurrentes y hay desempleo y pobreza, y gente que muere de enfermedades curables, y nos acechan la falta de solidaridad, el desamor, el desdén por el prójimo, la indiferencia… En la película “El Paisaje Después de la Batalla” (Krajobraz po Bitwie, Andrzej Wajda, 1970) los sobrevivientes de un campo de concentración nazi descubren que en esencia nada cambió: el totalitarismo alemán fue sustituido por un totalitarismo nuevo, pero de diferente origen. Pues eso.

Vivimos además con la amenaza de la epidemia y no sabemos cómo actuar. Las circunstancias de la pandemia hicieron aflorar lo mejor de las personas, pero también lo peor. A lo largo de estos meses, cinco casi desde que se declaró el primer caso en México, hemos visto actos heroicos y atroces, de solidaridad y de indiferencia, de amor y desdén, y presenciamos un desfile de toda clase de opiniones y actitudes, algunas tan peligrosas que rayan en la temeridad o en los actos suicidas, y frente a la indiferencia, la ignorancia y la buena o la mala fe del gobierno, respondemos como sabemos hacerlo, desde lo más profundo de nuestros prejuicios. Por primera vez en la historia reciente de nuestro país enfrentamos separados esta tragedia.

Estoy cansado. Será que estoy envejeciendo, será que con el paso del tiempo me volví escéptico, pero no creo que tengamos remedio. Hay quienes dicen que el virus es una especie de herramienta de control de no sabemos quiénes para eliminar a la gente que sobra en este mundo, en especial a los viejos, que son una carga improductiva. Qué necedad. Enfrentamos a un enemigo sin corazón, que ni siquiera está vivo. Es una partícula microscópica consistente en unas cadenas de material genético envueltas en una vesícula de proteína. Este enemigo no sabe nada de nadie, no discrimina, no tiene odio. Somos las personas los que lo convertimos en un arma mortal; es por nuestras acciones que el virus actúa como un ciego con una pistola.

Y bien, tampoco quería falta una vez más a esta Casa de Citas. Desde hace ya varios días me dio por recordar (¿qué sería de nosotros sin nuestros recuerdos?) los ya lejanos años de mi adolescencia, de los acontecimientos de aquellos días y de cómo transcurría la vida. Luego me percaté que desde los años más remotos de mi vida la música estuvo ahí, en ocasiones como de fondo y en otras como protagonista, así es que me di a la tarea de poner por escrito cómo fue que me enfermé de música y de qué manera cada parcela de mi vida tiene una canción que le es propia. Esas canciones, encadenas una tras otra, forman la Banda Sonora de mi Vida. Espero no aburrirte con las memorias deshilvanadas que hoy te comparto. Te abrazo desde la distancia; te deseo lo mejor.

En la primavera de 1974 yo tenía doce años y estaba en la secundaria. Mis amigos eran Tarsicio Morales Zúñiga y Alfonso Vargas Gómez, uno de barrio, como yo, y el otro más fino, más burguesito, al menos para nuestros estándares. Tarsicio era de familia de herreros. Por las tardes ayudaba a la familia en el negocio. Se fletaba duro. Alfonso en cambio era más niño bien y estaba en aquella secundaria de barriada por burro, ya que lo habían dado de baja en otras escuelas debido a su bajo aprovechamiento y a que era muy vago. Y bueno, bajo su influencia Tarsicio y yo nos volvimos vagos y burros también. A la salida de la escuela caminábamos a lo largo de las vías del tren buscando petardos y luces de bengala de las que usan los ferrocarrileros. Con Alfonso empezamos a fumar y a interesarnos en la música. En aquellos tiempos los pobres sólo escuchábamos la radio; Alfonso podía comprar discos.

En realidad, Alfonso era grueso por fuera y fresa por dentro, porque de lunes a viernes lo traía de la oreja estudiando (cosa que nunca hizo bien) y los fines de semana lo mandaba a las clases de catecismo y a las misas para adolescentes, con la remota esperanza de que Dios lo hiciera volver al buen camino o por lo menos le abriera la inteligencia para estudiar un poco de álgebra. Supongo que sus estrategias no tuvieron mucho éxito porque cada dos meses la boleta de Alfonso lucía números rojos. Su mamá lo miraba enojadísima, y no era para menos, porque el muy holgazán no ponía nada de su parte, vaya, ni para copiar en los exámenes. Los maestros suponían, basándose en la evidencia, que mi amigo era un caso perdido. Mis calificaciones eran un poco mejores que las de él, pero no mucho. Un día la maestra Gema, que daba matemáticas y era además la asesora del grupo, le dijo a mi mamá que yo podía ser mejor, pero que no entendía la razón de mi mediocridad. Era muy simple: me interesaba todo y nada a la vez.

Alfonso vivía en Jacarandas, una colonia de clase media cercana a la parroquia de Santa Mónica, feudo y señorío del padre Mota, un cura enorme con aspecto de oso de peluche que ejercía el cargo de pescador de jóvenes descarriados. Una mañana el padre Mota amaneció con la convicción de que la música de rock podría ser el medio ideal para difundir el mensaje del Evangelio entre la juventud de su feligresía, de modo que pidió cooperación para comprar en la segunda mano un kit básico de instrumentos y bocinas, y reclutó de entre los jóvenes de su parroquia a los que tuvieran cierto conocimiento musical como para interpretar alabanzas con sus guitarras eléctricas. Fue un gran acierto. A las pocas semanas consolidó por lo menos a dos grupos, y puso a los más avanzados a trasponer las canciones de estudiantina y a adaptarlas a banda de rock. No sabemos si a Jesús le fue grato que le rindieran veneración con ese ruido horrendo, pero lo que sí sabemos es que las misas fueron un éxito total, y que asistían a ellas decenas de muchachos y muchachas provenientes incluso de las colonias vecinas.

Alfonso estaba entusiasmado con las misas del padre Mota, y a cada rato me invitaba para que fuera a Santa Mónica los domingos por la mañana a probar lo que es canela. Yo odiaba las misas, después de varios años de servirle de monaguillo al padre Nacho. Alfonso asistía en parte porque su mamá lo llevaba de la oreja, hasta que la música en vivo terminó por conquistarlo. Por lo general los lunes llegaba extático a la escuela, contándonos del solo de guitarra y del bajista y de los tarolazos y de lo emocionante que era el rock en vivo. Tarsicio y yo nada más lo escuchábamos. En realidad, ni caso le hacíamos. Ambos habíamos abrevado de las rancheras y las tropicales que se escuchaban en nuestro entorno y no mostrábamos mayor interés en la música de ningún tipo. Yo dibujaba como loco todas las tardes, pero nada más.

En una ocasión Alfonso me obsequió un casete que había grabado la mañana del domingo anterior. Tenía una etiqueta: Misa de Juventud. Escúchalo, me dijo, para que veas (así me dijo) qué padre tocan. Yo pensé que nunca podía ver lo que tocaban, pero sabía que la gramática tampoco era el fuerte de mi amigo. Agarré el casete con desgano. Me daban flojera ya las historias de las misas del padre Mota. Flojera e indiferencia. Como quiera guardé el casete en mi morral y de inmediato lo olvidé. Al otro día mi amigo me lanzaba miradas expectantes. “No tuve chance de escucharlo”, le dije a modo de excusa, “pero hoy en la tarde, neta”.

Por no dejar, esa misma tarde, martes 9 de abril de 1974, agarré la grabadora de mi papá y puse el casete. Se escuchaba rumor de personas y a lo lejos la música del grupo, interpretando las mismas canciones que el padre Nacho presentaba los domingos con la estudiantina de la colonia. Escuché con atención unos minutos antes de bostezar de aburrimiento. Saqué el cuaderno y los lápices y me puse a dibujar. Media hora después el casete se detuvo en automático. De manera mecánica le di la vuelta y oprimí el botón de play. Lo que escuché me dejó atónito. Aquello estaba a millones de años luz de las Misas de Juventud. Había una guitarra con mucha distorsión y una batería tan poderosa que dejé de dibujar y me quedé pasmado escuchando. La siguiente canción me hizo saltar de la silla y me sacudió de tal manera que incluso ahora, casi cincuenta años después, me emociona recordarla. Abría con unos golpes de batería letales por naturaleza y después pasaban muchas cosas, guitarras al cien y un tipo con una voz impresionante cantando no sé qué cosas.

Al otro día Alfonso me preguntó si había escuchado por fin el casete. Le dije que sí, y que dos canciones me habían gustado muchísimo. Alfonso se emocionó pensando que al fin el Dios de la Misas de Juventud había abierto mi corazón y ganado un adepto para la causa del padre Mota. “No, eso no me gustó para nada”, le dije sin importarme su gesto de desencanto, “tocan de la chingada; pero hay dos rolas del lado B que son impresionantes”. “Ah, esas”, me dijo. “Ese era el casete de un primo. Lo agarré para grabar encima las misas. Creo que el grupo se llama Led Zeppelin”. En efecto, semanas después supe que se trataba de las canciones que abren el cuarto álbum en estudio de la banda inglesa, Black Dog y Rock and Roll. Y así fue como me enfermé de música y adquirí el abrasivo vicio de Led Zeppelin. Yo no podía dejar de escuchar esas dos canciones. Las puse una y otra vez y otra, y las sigo escuchando ahora que escribo estas memorias disparejas, así como las escuché centenares de ocasiones a lo largo de mi vida.

En efecto, Rock and Roll es la segunda canción del álbum sin nombre que Led Zeppelin dio al mundo en 1971. La banda estaba en Headley Grange, atorada con la grabación de otro de los números del disco, Four Sticks, en la que El Baterista John Henry Bonham, agobiado por la dificultad técnica de la canción, empezó a improvisar con la ya clásica apertura de caja y contratiempos, lo cual derivó en una improvisación de Jimmy Page con la secuencia de acordes I, IV y V, clásica del blues de doce compases, tocada en el tono de La a 170 golpes de metrónomo por minuto. El resultado fue una de las rolas más cañeras, ponedoras y rompe madres del heavy metal. Después de escuchar esa canción ya nada en mi vida fue igual. Como dije, me enfermé de música. Dios bendiga a los Zeppelin.

A los pocos días acompañé a mi mamá al mercado sobre ruedas que se ponía en Santa Cecilia. Mientras ella hacía la compra y regateaba con las marchantas me entretuve curioseando por entre los puestos de chácharas. En uno de ellos vendían discos, nuevos y usados. Sí, eran los tiempos de los discos de vinilo, que se ponían en una tornamesa girando a 33 más un tercio de revoluciones por minuto. Casi todos eran de rancheras y música tropical, aunque también había muchos autores que yo desconocía. Por no dejar le pregunté al encargado si tenía discos de Led Zeppelin. Me dijo que sí, que tenía uno, y tras unos minutos de búsqueda puso enfrente de mis incrédulos ojos el primer disco de los Dioses del Rock, ese que tiene una imagen en alto contraste del globo aerostático Hindenburg en llamas. No podía creerlo, así como no pude creer tampoco el precio: diez pesos de la época. Una pequeña fortuna para un estudiante de barriada como yo.

Ahorré los diez pesos por el método expeditivo de regresarme caminando de la escuela todos los días, y un par de semanas después volví al tianguis y compré el Led Zeppelin I. No podía contener la emoción. Llegando a casa pedí prestada la consola y puse el disco. Aquello era energía pura, empezando por la canción de apertura Good Times Bad Times, esa compilación de riffs de guitarra y extraordinarias percusiones que me golpeó a media cabeza. Embelesado escuché y escuché ese disco sin comprender a cabalidad de qué se trataba. Miren, yo era un niño de barrio pobre, y la única guitarra que conocía era la de mi papá, que tenía un grupo con su hermano y unos primos, con el que tocaba canciones rancheras los fines de semana en las cantinas. Era una guitarra artesanal, de las más baratas, pero mi papá se las ingeniaba para afinarla y cantaba con ella canciones rancheras. Y lo hacía muy bien. Pero lo que quiero decir es que yo no tenía ni la más remota idea de cómo es que los Zeppelin habían armado esas canciones, ni sabía nada de música de rock, ni de pedales de distorsión ni de guitarras eléctricas. Pero había algo indescifrable en esa música, algo tan poderoso que no puedo expresarlo con palabras, que me tenía atrapado y le hablaba directamente a mi alma. Y todavía me faltaba encontrarme con otros gigantes, los Beatles.

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