Adiós, John Lennon

Casa de Citas

Por Baltazar López Martínez

-“Vivir es fácil con los ojos cerrados, malinterpretando todo lo que miras.”

-“La vida es lo que sucede mientras estás ocupado haciendo otros planes.”

– John Lennon

Hace 39 años, el 9 de diciembre de 1980, a las siete de la mañana, me alistaba para ir a la escuela cuando escuché la noticia en Radio Éxitos: Anoche asesinaron a John Lennon. Primero fue la incredulidad y después la tristeza. Yo tenía 18 años y era admirador absoluto de los Beatles, vicio que adquirí gracias al Capi, un malandrín de la secundaria que tenía para entonces todos sus discos y era experto la obra del cuarteto; vicio que se acentuó después cuando compartí su música con mi amigo Chucho Ceja.

Saberlo muerto a balazos justo cuando su carrera musical empezaba de nuevo (luego de cinco años de mandilón, criando a Sean y padeciendo las ideas esotérico-neuróticas de la Yoko) me parecía inconcebible, tratándose como fue, del caso de un fulano que se dedicó (con poco éxito, hay que reconocerlo), a sembrar la semilla de la paz por todo el mundo, es decir, en Nueva York y puntos circunvecinos. Digo, porque si andas en la guerrilla, en el ejército o el narco y te meten unas balas en la panza, se entiende, son los riesgos de vivir al estilo Rambo, pero ese flaco narizón no le hacía daño a nadie, si acaso a él mismo.

Las rolas de Lennon con y sin los Beatles fueron de reventón y aliviane para los adolescentes de principios de los setenta, a pesar de que no nos tocó vivir el esplendor de la carrera activa de los cuatro de Liverpool, quienes dieron al traste con el sueño en 1970, en medio de peleas poco fraternales, y con tremendos agarrones en los que se decían cosas horribles de sus respectivas mamás y en los que todo giraba alrededor del ego y del dinero, del maldito dinero.

Durante ese día de infame memoria, los locutores de la radio fueron ampliando las escasas noticias que hubo el día 9 por la mañana. Que el asesino, de nombre Mark Chapman, lo esperó durante horas frente al edificio Dakota, donde vivía con la Yoko; que John le había firmado esa misma tarde un ejemplar del disco Double Fantasy, que Mark Chapman se creía John Lennon himself, que el diablo le había ordenado matarlo, y que después de dispararle se quedó en la banqueta, sentado, hojeando su ejemplar de El Guardián Entre el Centeno. Ya por la noche, la televisión transmitió algunos reportajes desde el Dakota, y por todo el mundo hubo homenajes, tristeza, velitas encendidas y mucho rock and roll en su memoria.

John Lennon no fue un Guitar Hero, al menos no como lo entendemos ahora, con muchas florituras, o velocidad o técnica. Fue más bien un compositor de canciones bellas e inmateriales, cantadas con el acento scousse de su adolescencia en Liverpool. También compuso muchas de las estructuras características de los Beatles, oscuras, alucinadas, alejadas de la dulzonería de McCartney y mucho más lejos de la onda mística de George Harrison. El éxito de las canciones de Lennon radica en el poderío evocativo de sus armonías, en el ánimo experimental que alienta muchas de ellas, en sus letras, en la cadencia desgarradora de su bella voz y sobre todo, en una honestidad poco usual en un astro del rock.

Lennon fue pendenciero, orgulloso, rebelde, engreído, genial, ofensivo, envidioso… por ello, y también pese a ello, compuso rolas inmortales desde el fondo del mar helado que llevaba dentro. A pesar del panfleto que enarboló en muchas de sus canciones, de las rolas dictadas por la tacañería, el odio y la envidia (para comprenderlo basta con escuchar las dedicatorias a Paul en el disco Imagine, o los demos de sus parodias de Bob Dylan, cargadas de antipatía y celos, de admiración y desprecio al mismo tiempo), hay centenares de compositores que darían la mitad de sus letras a cambio de una sola de las canciones de John Lennon.

Para entender a fondo la capacidad de compositor del viejo Lennon, que de estar vivo en octubre de este año hubiese cumplido 79 años, hay que ponerlo al lado de uno de ese gigante que es Paul McCartney. Algo me queda muy claro: Paul nunca pudo reponerse de la pérdida de su compañero. Y no me refiero al hecho de que Mark Chapman lo dejara fuera de combate, como dije, por medio del expeditivo procedimiento de meterle unas balas, sino a la ruptura de la pareja de compositores, que se gestó a medida que el ego de ambos fue creciendo en los años 64-68.

A partir del legendario día del Paul-conoce-a-John, y durante unos buenos años, hubo una extraordinaria sinergia que los llevó primero a componer canciones fundamentales de la música pop y después a poner los fundamentos de la música de rock para los años venideros. Sinergia es la palabra adecuada, porque juntos hicieron más, mucho más de lo que pudieron haber hecho por separado.

Respecto a los motivos sólo podemos especular. Al principio compusieron juntos gracias a esa química extraordinaria que hubo entre ellos, a su hambre de triunfo y a la certidumbre de que eran geniales. Lennon y McCartney tuvieron después una etapa de colaboración y mutuo respeto en la cual consolidaron su prestigio como compositores y ampliaron su lenguaje sonoro, aunque las letras de esa época todavía eran, cómo decirlo, productos para el mercado. Después llegó el éxito con todo lo que lo adereza: el reconocimiento mundial, la fama, el dinero, las mujeres, así como la pérdida de la privacidad y el crecimiento monstruoso de la vanidad y el egocentrismo.

Sin embargo, tuvieron un período de extraordinarios logros, que inició con el disco Rubber Soul y culminó con su obra magna, el Sgt. Peppers (con Revolver en medio y las extraordinarias Strawbewrry Fields Forever y Penny Lane poquito antes del Sargento). Nunca funcionó mejor la pareja Lennon-McCartney. De ahí en adelante se estableció una férrea competencia por demostrar quién era el mejor. Pobres, no sospechaban que cada cual por su lado era apenas un compositor mediocre, ni que su verdadero éxito consistía en trabajar juntos. Así, el famoso álbum de 1968 The Beatles se convirtió en Paul o John y su grupo de acompañantes. Y de allí para adelante.

Pienso que Yoko fue una de las variables en la complicada relación de Lennon y McCartney, pero no la fundamental. John y Paul se odiaban, pero se necesitaban, y fue tal su éxito como compañeros de música que no dudaron en adjudicárselo, uno a expensas del otro. De poco le sirvió a Paul ser compositor y multiinstrumentista. Su primer disco no pasa de ser un desangelado monumento al ego, un autohomenaje infumable, como lo es toda su obra posterior, incluidos los bip-bop-bip-bip-bop de una de sus más desafortunadas canciones.

John se perdió también en sus pésimas manifestaciones políticas y en la mediocridad que le dio ser uno de los Beatles y obtener con ello a los mejores músicos de acompañamiento para que te sigan la corriente. Hay en su obra como solista algunas canciones memorables, pero en ninguna de ellas alcanza la altura que alcanzó al lado de Paul McCartney (a quien tanto odiaba y sin embargo circulan grabaciones piratas en las que Lennon canta Yesterday para inspirarse). Paul sigue por la vida como viuda, sabiendo que necesita, que necesitó todo este tiempo, a su compañero John. Le hizo falta el ingrediente de locura, osadía y pachequez que aportaba Lennon. Por su parte, a John le faltó siempre la asombrosa capacidad melódica de Paul, sus arreglos, su disciplina.

Por mi parte les diré que la música de los Beatles forma parte de la banda sonora de mi vida, al grado de que después fui localizando en la red sus ensayos, las tomas alternativas y los procesos de creación de sus discos y canciones, y con ello tuve la oportunidad de presenciar el proceso creativo de una parte de la historia de la música, porque en cada grupo nuevo suena el eco de los Beatles, que llevaron el pop a niveles nunca escuchados y pusieron los fundamentos de la música de rock y todo el movimiento de guitarras de fines de la década de los 70.

Las nuevas generaciones conocen poco o nada de los Beatles, pobres, no saben de lo que se pierden, porque su música es inmortal, a pesar de que Paul vaya por los escenarios del mundo arrastrando las viejas glorias y cantando rolas que compuso con su camarada Lennon, a quien no pudieron arrebatarle la vida las cinco balas que le metió por la espalda el asesino Chapman, porque a pesar de su muerte física John Lennon es inmortal. Ya no llegó a ponerse viejito como Paul y Ringo, y no tuvimos oportunidad de saber qué alturas habría escalado a solas con su música, o si se hubiese juntado de nuevo con Paul a componer canciones.

Aunque ahora lo escucho menos, Lennon es una presencia en mi vida. Paul McCartney compuso Yesterday, pero John Lennon nos dio el regalo de In My Life, que no tiene nada que pedirle, y cuya letra les dejo aquí, con la recomendación de que la escuchen, interpretada por los Beatles, o como un poema, en la voz nada más y nada menos, que de Sean Connery.

“Hay lugares que recordaré toda mi vida, aunque algunos han cambiado. Algunos para siempre, no para bien. Algunos se fueron y otros permanecen. Todos estos lugares tuvieron sus momentos, con amantes y amigos que todavía puedo recordar; algunos están muertos y otros viven; en mi vida, los amé a todos. Pero de todos estos amigos y amantes no hay ninguno que se compare contigo. Y estos recuerdos pierden su significado cuando pienso en el amor como algo nuevo. Aunque sé que nunca les perderé cariño a las personas y cosas que partieron antes, sé que a menudo me detendré y pensaré en ellos. En mi vida, te amaré más. En mi vida te amaré más”.

Como les dije, esa mañana los noticiarios dijeron que Lennon estaba muerto. Eso no es posible. John Lennon nunca estará muerto.

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