Agua Dulce: agresión policíaca contra periodista

Se agolpan en la mente de Jair Negrete los recuerdos. Se ve inerme, indefenso. Siente la ira, el odio, impotente, sin qué hacer, agredido, insultado, vejado, escupido, y la amenaza, la amenaza que no se olvida, la sentencia que ladran los tres malditos rufianes, policías municipales, delincuentes con licencia para matar.

De no ser periodista, a Jair le habría ido mejor. Pero lo es. Fue reportero de TV Azteca Coatzacoalcos y ahora es jefe de prensa de un área de la iglesia católica: Obras Misionales Pontificio Episcopales de México.

Por eso estaba ahí, el viernes 22, en Agua Dulce. Acudió a visitar familia y amigos. Estuvo en el Seminario Menor de la diócesis de Coatzacoalcos.

Ya tarde, entre las 10 y 11 de la noche, circulaba en su auto sobre la avenida 16 de Septiembre, entre el CECYTEV y “La Gravillera”. Lo manejaba un seminarista de nombre Fernando Salazar Casango, procedente de Toluca. Se dirigían a la gasolinera cuando una patrulla policíaca los encontró de frente. Invadió carril. Obligó a que frenaran. Se plantó frente a ellos.

Era la patrulla 16 del municipio de Agua Dulce. De ella descendieron sus tres ocupantes. No hablaron; insultaron y agredieron, intimidaron con voces que imponen, que obligan y amedrentan.

Abordados con lujo de fuerza, sometidos a una autoridad que se comportaba como delincuente, con odio en sus labios, con mano de hierro, supieron ambos que la violencia en Veracruz ataca desde varios frentes: la generan los criminales y la practica la policía.

Jalonados, fueron conducidos hacia la batea de la patrulla. Vociferaban los policías que les imputarían cualquier cargo, que si no había dinero, los habrían de consignar.

Jair Negrete y Fernando Salazar insistían en su inocencia. Y los tres policías subían el tono, el nivel de la agresión.

Destilaban ponzoña. Los acusarían de ingerir bebidas alcohólicas y alterar el orden, pero sin prueba alguna. Jair Negrete les hizo revisar el auto, sin rastro de licor.

Entonces fue otra la acusación: orinar en la vía pública y, por tanto, faltas a la moral.

Jair Negrete portaba una gorra. Uno de los policías se la tumbó de un manotazo. Algo en él le inquietaba. “Te conozco —le dijo—. Alguna vez te detuve”. Jair respondió que tenía más de cinco años de no residir en Agua Dulce.

Seguía cavilando el policía. Hurgó en sus recuerdos y le llegó la luz. Era el periodista de Azteca Coatzacoalcos que había ventilado denuncias contra la policía de Agua Dulce.

Montó el cólera. Ofrecía que iba a pagar por todo lo difundido. Y el infierno de Jair fue peor.

Quería dinero el elemento de seguridad. Jair Negrete decía no tener. “Trabajas en una empresa nacional y no me puedes dar dinero. Qué pinches miserables son los periodistas. Piensan que son los dueños de todo”.

Y soltó: “Te voy a decir algo: aquí mando yo y se hace lo que yo digo. Me vas a pagar todas las notas que sacas en TV Azteca. Ahora me toca a mí. Tú vas a dar la nota”.

Nada logró el malviviente. Ordenó entonces que uno de sus esbirros quitara el freno del vehículo, que lo estrellara contra la patrulla. Fernando Salazar lo impidió al poner el freno de mano. Lo pagó con una golpiza. Jair Negrete quiso impedirlo y recibió otra andanada.

Esposados, golpeados, denostados, fueron llevados a la comandancia de policía. En el trayecto le hacían saber que investigarían a su familia, que si decían algo ellos lo pagarían. Todo por las notas difundidas en Azteca Coatzacoalcos, las narcofosas, los cuerpos hallados en su interior, la huella del crimen organizado.

Le podía a los tres uniformados la información relacionada con las fosas clandestinas, con su difusión, el impacto entre la sociedad.

En las instalaciones del DIF los revisó un médico legista. Diagnosticó que no presentaban aliento alcohólico.

Alevosos, infinita su prepotencia, los tres policías advertían que les imputarían faltas a la moral, ser homosexuales, escandalizar en la vía pública y ultrajes a la autoridad.

Quiso Jair Negrete usar su teléfono celular. Pretendió hablar con el integrante de la Comisión Estatal para la Atención y Protección de los Periodistas, Gerardo Enríquez Aburto. A jalones se lo impidieron, terminando de destrozar el aparato telefónico.

Pudo Jair Negrete escuchar una llamada de radio. Conminaban a los policías a liberar a sus víctimas. “Me vale madres quiénes sean ellos —respondió el jefe, Luis Alberto López—. Me vale madre el alcalde Daniel. Aquí mando yo. La autoridad soy yo y nadie me va a decir qué hacer. El alcalde me vale para pura madre”.

Un abogado de nombre José Manuel Angulo habló con el juez calificador, Sergio Hernández, quien afirmó que habían insultado a la autoridad y que procedía la multa. Al seminarista Fernando Salazar le aplicaron 700 pesos y a Jair Negrete, 350.

Una vez liberados, acudieron al hospital de Pemex. Ahí diagnosticaron que no presentaban aliento alcohólico. Les hallaron lesiones en la piel y la presión arterial en 140 a causa de la tensión a que estuvieron sometidos.

Consta todo en la denuncia que el martes 26 presentó Jair Negrete en la Fiscalía Regional del Sur de Veracruz. Identifica a los tres policías agresores: Luis Alberto López Rodríguez, alias “El Pinocho”; Juan Carlos Hernández Pérez, y Lauro Cortés Gómez, alias “El Cuajín”.

Jair Negrete logró establecer que los tres policías fueron dados de baja del Sistema Nacional de Seguridad Nacional. Reprobaron los exámenes de confianza y se les excluyó.

Sostiene que la Secretaría de Seguridad Pública de Veracruz ha conminado al alcalde de Agua Dulce, Daniel Martínez González, a que los dé de baja, pero ahí siguen.

Son los esbirros de un alcalde que desgobierna, que se sostiene en una mafia, que agrede a la población, que manda a través de la intimidación y la tortura, que reprime vía su grupo delincuencial.

Jair Negrete hizo responsable de cualquier agresión al alcalde Daniel Martínez y al director de la policía, Omar Girón Fabre.

Jair Negrete iba a ser objeto de un atropello pero cuando los policías supieron que era periodista, se ensañaron. Y fue peor. Lo reprimieron por lo que publicó en Azteca Coatzacoalcos, los abusos policíacos.

Su labor periodística irritó a los tres delincuentes con uniforme. A Luis Alberto López Rodríguez, alias “El Pinocho”, lo puso fuera de sí el asunto de las fosas clandestinas. ¿Por qué?

Dijo que le “valía madres” el alcalde Daniel Martínez. Dijo que “aquí mando yo”. ¿Acaso es el jefe de la plaza?

Queda saber qué hará la iglesia católica. Fernando Salazar es seminarista. La tortura se aplicaron a uno de los suyos. El obispo Rutilo Muñoz tiene que responder.

Un periodista y un seminarista agredidos, vejados, extorsionados, escupidos por tres rufianes que son policías porque así lo quiere el alcalde de Agua Dulce.

¿Qué sigue?

(Con información de mussiocardenas.com)

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