Antes se llevaron al abuelo, tres veces Alcalde de Playa Vicente, y nunca más volvió

La madre de Bernardo Benítez Arróniz, uno de los cinco desaparecidos a manos de policías estatales hace 18 días en Tierra Blanca, duerme en el piso de la entra principal del Ministerio Público esperando noticias de su hijo. Hay seis policías consignados por el caso, pero de los jóvenes aún no se sabe nada. “Es un infierno y no otra cosa lo que estamos viviendo”, dice Columba Arróniz González. Pero esta no es la primera vez que la familia Benítez Arróniz vive ese infierno. Hace siete años que Manuel Benítez Sánchez, abuelo del hoy desaparecido y tres veces Alcalde de Playa Vicente, fue secuestrado por un grupo armado. Se pagó rescate. No se volvió a saber nada de él.

Ciudad de México

“Cuando me llamaron para realizarme los exámenes de ADN, estuve a punto de llorar, mi cuerpo se puso frío. Jamás imaginé estar en un momento así. Nunca pensé que me harían estudios para a lo mejor reconocer el cuerpo de mi hijo. Es un infierno y no otra cosa lo que estamos viviendo”.

La señora Columba Arróniz González, desde la desaparición forzada de su hijo hace 18 días, Bernardo Benítez Arróniz, a manos de policías estatales, duerme en el piso, junto a la entrada principal del Ministerio Público de Tierra Blanca. Tiene pánico del sonido de los carros que se estacionan a las afueras, teme que sean portadores de noticias lúgubres.

Una familia cornada en dos ocasiones por los demonios de la inseguridad en Veracruz. Hace siete años, primero, en 2009, fue el abuelo del hoy desaparecido, Manuel Benítez Sánchez, tres veces Alcalde de Playa Vicente, Veracruz. Fue interceptado por un grupo armado, camino a su rancho a la altura de Boca del Monte, perteneciente al municipio de Sochiapa.

Lo único que se recuperó del ex Alcalde, de 70 años, fue su vehículo, una camioneta Chevrolet Cheyenne, color roja, abandonada a escasos metros de su propiedad. El levantamiento se llevó a cabo a plenas horas del día, a las 17:30 horas.

Hubo al menos diez llamadas con los secuestradores, se pactó una negociación por el rescate, se entregó la cantidad exigida, pero ahí se perdió todo contacto. No se ha vuelto a ver a don Manuel Benítez Sánchez, al igual que los 26 mil desaparecidos en México, fue mudado a la tierra del nunca jamás, donde nadie sabe nada.

Veracruz, un estado donde da igual, atracar a bordo de una Lobo doble cabina o escondido en una carroza vende piñas. Aquí da lo mismo someter a punta de cuernos de chivo o con arrechos pica hielos. Te levantan en la noche o en el día. A edecanes o a estudiantes.

En Veracruz, te desaparecen de batazos en el cráneo o con tiros de gracia. Un estado donde asesinar a campo abierto o en plazoletas principales depende del estado de ánimo de los malosos. Oh bendita impunidad, todo esto es un infierno, así lo visualiza Columba Arróniz González.

La señora de las esperanzas agrietadas, con el contorno cenizo en sus ojos, describe la humanidad de su hijo, además de las amargas experiencias buscando pistas entre cuerpos desintegrados en ácido sulfúrico y escudriñando imágenes de cuerpos apilados en cementerios clandestinos.

UN AMANTE DEL FÚTBOL: JUGÓ EN EL PACHUCA

Bernardo Benítez Arróniz, cursó tres semestres de la preparatoria en la Universidad del Fútbol en Pachuca. “Nunca se aplicó como debía de ser, siempre fue de los más gorditos, mi hijo. Cada sábado viajaba a competir en torneos de fuerzas básicas. Le tocó jugar una final en el estadio Hidalgo, me acuerdo que nos lo golearon, pero bueno”. Comparte, entre suspiros.

Un defensa central que destacaba por su toque educado de balón. Solía darle salida al equipo desde la zona baja del campo. Llegó a ser el cobrador oficial de tiros libres, gracias a su potencia en la pierna derecha.

Anotó varios goles con su casaca número tres, número simbólico para él y su novia, quien desde el campamento en el M.P de Tierra Blanca le dice que ya regrese, que lo extraña y que lo ama mucho.

Su metro con 82 centímetros de estatura le ayudó a ganarse la titularidad en las filas del Pachuca. “Su papá le decía, de pequeño, que nada más lo invitaban a los equipos en Playa Vicente para que patrocinara los uniformes”. “El Ber”, como lo llaman sus amigos, en todas las encuestas vocacionales contestaba que su profesión sería futbolista.

Pasa horas jugando en el Xbox con los amigos de su hermano. “Ahí se pierde, cuando llego y le pido algo me dice: “Pérate, pérate, pérate, amá”. Tiene un equipo de fútbol rápido, “Los Parranderos”, juega por las noches con sus primos, cuando sale de trabajar. Su compañero de equipo es Alfredo González Díaz, “El Cochi”, también levantado el pasado 11 de enero de 2016.

La familia de Bernardo suele asistir a los partidos de los Tiburones Rojos de Veracruz. “Teníamos pensado ir al inicio de la temporada, el 15 de enero, cuando jugaron contra el León, pero bueno, ya no se nos hizo”, la madre sólo menea la cabeza con desdicha.

Un joven de 25 años, alegre, amiguero, que le gusta la parranda, comparte su madre. Le fascina cantar música de banda, “sus gritos se escuchan por toda la casa. No es lo mismo si no está mi Ber. Es un niño que no tiene malicia. ¡Qué hubo, Columba!, ¿qué haces? ¿No tienes por ahí que me prestes una feria? destellos en su mente que la llevan hasta las lágrimas.

Bernardo Benítez posee varias cicatrices en la cabeza, su hiperactividad en la infancia le propició una fractura en el brazo al caer de su bicicleta, tiene además desprendida la oreja, a causa de un accidente montando a caballo.

Don Bernardo Benítez Herrera, su padre, a 14 días de la múltiple desaparición, ha declarado que está dispuesto a morir por su hijo. “Damos el cuerpo de cada uno de los padres a cambio de los muchachos”, ha compartido en diversas ocasiones el portavoz de las cinco familias desmembradas. No tienen miedo, tampoco buscan represalias, solo los quieren de vuelta.

LOS DÍAS PASAN, ES HORRIBLE

“Hijo, que Dios te acompañe. Se divierten sanamente. No vayan a andar peleando. Llegando a Veracruz me avisas”, fueron las últimas recomendaciones de la señora Columba Arróniz González, antes de perder a su hijo y a sus dos sobrinos: José Benítez Benítez de la O, alias “el Vaina” y Alfredo González Díaz, “El Cochi”.

“Cochi, me cuidas a mi niño”, pidió en tono de broma, la mamá al más grande de los tres primos viajeros. “Si, tía, yo le cuido a Bernardito”. Sin embargo, se cumplen 14 días de la desaparición forzada. Desde entonces la madre no ha salido del Ministerio Público de Tierra Blanca. Se ofende hasta cuando la gente la despide y le dice hasta mañana. La maestra de preescolar revira diciendo, “Ojalá y no, primero Dios mañana ya nos vayamos de aquí, con nuestros chamacos.

Al séptimo día, el 18 de enero, llamaron a la madre para practicarle los exámenes de ADN, estuvo a punto de llorar, el cuerpo se le erizó. “Jamás imaginé estar en un momento así. Nunca pensé que me harían estudios para a lo mejor reconocer el cuerpo de mi hijo. Es un infierno y no otra cosa lo que estamos viviendo”.

Cada llamada que recibe a su teléfono celular es motivo de angustia. No quisiera escuchar noticias fatales. Su situación emocional empeora; duerme menos, camina por las instalaciones del M.P. sin emitir palabra alguna. “Lloro por ratitos y a escondidas, para que no vea mi esposo. A él le duele mucho, es la segunda vez que experimenta algo así. Primero fue su padre ahora nuestro hijo”.

La madre, confiesa que suele imaginar a su hijo martirizado, atado de manos, con los ojos vendados. ¿Cómo estará yendo al baño?, él padece de sinusitis, ¿podrá siquiera sonarse la nariz? No sé si esté asustado, si me necesite tanto como yo a él.

“Lo que más deseo en el mundo es volver a abrazarlo. Cierro mis ojos y trato de transportarme hasta donde está. Luego reacciono y veo que el tiempo se me está yendo. Siento como si le robaran minutos de vida a los chamacos. Yo, por mi hijo soy capaz de todo”.

Doña Columba Arróniz, al igual que las otras cuatros madres, se apoyan en su fe, cuatro rosarios se realizan al día. Además se ofrecen salmos; el del día 14, desde la pérdida de los cinco jóvenes, corresponde al Salmo 19: “Reprendiste a las naciones, destruiste al malo, borraste el nombre de ellos eternamente y para siempre”, cantan cabizbajas las madres.

“Le pido a Dios que les de fuerza. Si nosotros estamos viviendo un calvario, ellos han de estar peor. Que les de fortaleza para aguantar. Por su parte a los que los tienen, no les guardo ningún rencor, que Dios los llene de bendiciones y fortalezas.

La madre, así finaliza la entrevista. Debe sintonizar los noticiarios en la Televisión. No quiere perderse ningún detalle. Antes de retirarse, emite su última plegaria: “Daría cualquier cosa con tal de poder abrazar a mi hijo nuevamente, así fuera mi vida. Si pudiera verlo de nuevo le diría que lo amo, que desde el día en que nació me hizo la mujer más feliz del mundo”.

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