Bloqueo

Casa de Citas

Por Baltazar López Martínez

“Los escritores viven de la infelicidad del mundo. En un mundo feliz, no sería escritor”.

– José Saramago

“Para mí escribir no es una cuestión de libre albedrío; es un acto de supervivencia”.

– Paul Auster

“Escribo por el placer de contradecir y por la felicidad de estar solo contra todos”.

– Milan Kundera

Estoy bloqueado. Llevo casi dos meses sin poder escribir. Hace mucho tiempo, sin poder precisar cuánto, que no me sentía así, pasmado por el desgano y la indiferencia frente a la página en blanco del ordenador. No le tengo miedo a la página en blanco, ni al papel. Son ventanas para explorar al mundo. Más bien siento que me quedé sin ideas interesantes que compartir. Llevo ya más de veinte años escribiendo casi a diario para los periódicos, desde 1997, cuando empecé en un suplemento de La Jornada, que estaba a cargo de Mayán Santibáñez, hasta hace unos dos años, cuando dejé de colaborar en El Despertar de Veracruz.

Ese período específico de La Jornada fue el que formó, por así decirlo, el que me dio la disciplina para escribir a diario y hacerlo bien, por el alto nivel de exigencia en cuanto a la longitud de los textos y los temas a tratar, que eran escogidos por la redactora. Lo más difícil es ser breve, por ejemplo, meter una idea completa en mil caracteres, ni uno más, ni uno menos. Aprendí a hacerlo porque aprendí de los mejores, de modo que mi problema de bloqueo no se debe a la falta de oficio, porque en estos veintitantos años me gané ya el derecho de escribir de un tirón y casi a la primera.

El problema es que estoy harto, en verdad harto, de que la realidad de todos los días, la tuya y la mía, sea tan diferente a la de los discursos políticos. Estoy fastidiado de escuchar la metáfora del elefante reumático, mañoso y mala facha que según representa al país que los gobiernos anteriores, neoliberales, etcétera, le dejaron al presidente López Obrador. ¿O sea que se le va a ir el sexenio justificando la falta de resultados? A ver, el don estuvo de candidato dieciocho años, durante los cuales recorrió el país para allá y para acá, sin que sepamos de dónde salía la lana para hacerlo, visitó cada municipio y cada ranchería casi, ¿y lo sorprende recibir un elefante echado? ¿En serio? ¿No acaso escribió como mil libros en los que analizaba la situación del país como para que ahora manifieste a cada rato que le entregaron una piltrafa disfuncional? ¿Acaso no sabía la bronca en que se estaba metiendo, neta?

Estoy fastidiado de los políticos de temporada, de los mesías de rancho que en cuanto hay período electoral salen de hasta debajo de las piedras, esgrimiendo varitas mágicas y ofreciendo pócimas milagrosas para todos los males que nos aquejan, desempleo, inseguridad, pandemia, pie de atleta y Dientes de Hutchinson, esos políticos de quinta y miserable categoría que no dudan en tomarse fotos con viejitas, niños con discapacidad, señoras fodongas, viejitos mal encarados, y que lanzan a diestra y siniestra las promesas más inverosímiles y profieren las más escalofriantes mentiras con un aplomo y una convicción dignas de admirarse. No importa el color, no importa la plataforma ideológica, si no se pudo en la derecha será en la izquierda. Un día eres del PRI y al otro día amaneces en el Verde y desde ahí buscas seguir medrando, o en el PT, o en cualquier partido chatarra, la cosa es que el electorado vuelva la mirada hacia el candidato, porque saben muy bien, lector, lectora, que si los electores fuésemos caballos, votaríamos por los jinetes.

Tal parece que el tiempo diera vueltas en redondo, y que nuestras experiencias del pasado quedan sepultadas por esta temporada de gente buena, generosa y altruista que quiere dejar la zalea en el servicio a otros, que sabe cómo cambiar nuestra mísera situación y está dispuesta a hacerlo a cambio de nuestro voto, porque su bondad generosa, su magnanimidad están grande que hasta nos dan oportunidad de votar por ello. Carajo, no entiendo cómo no se nos derraman las lágrimas de emoción ante semejantes manifestaciones de altruismo y amor al prójimo.

Así, la película se repite, la telenovela, con diferentes protagonistas, algunos reciclados y en su mayoría los rostros de siempre, que asumen el papel de tierna abuelita, de irredimible villano, de chica coqueta, de empresario exitoso, de irresistibles galanes e ingenuas damiselas en espera del amor verdadero, mientras se rodean de innumerables patiños, de gente sin la menor vergüenza, que se presta para bailar como perros, actores chambones y de relleno que no le temen al ridículo ni a cargar maletas, que llevan en segundo plano el rol bochornoso de dejarse patear el trasero para que los galanes brillen como estrellas en el firmamento de la política de rancho, quintopatiera, desalmada y sin corazón.

¿Qué puedo decir que no esté ya dicho? En este momento, y nada más porque estoy aburrido y para molestar a más de uno de mis detractores, citaré en griego las palabras del Congregador: “δεν υπάρχει τίποτα καινούργιο κάτω από τον ήλιο” (no hay nada nuevo bajo el sol). Es por eso que las ideas vuelven también en redondo, y cada que trato de superar el bloqueo, no sé, siento que todo eso está dicho, que en los últimos veintitantos años el panorama del mundo en general y el de mi rancho en particular es el mismo, con diferentes nombres, pero con las mismas aviesas intenciones y el mismo pinche atole con el dedo, el mismo, y escribir sobre ello sería estar como perico, dale y dale con lo mismo.

También intenté diversificar mis lecturas, tratando de abrir la mente a otros temas que no sean los salvadores del mundo y las alianzas que van en contra de la naturaleza política, o como se les llame a los amasiatos de los partidos grandes con sus coimas. Trato de convencerme de que hay vida más allá, y temas alejados de tanta porquería, pero me asaltan las dudas y me paraliza pensar que no te interesen, lector, lectora. Leí mucho sobre física cuántica, estudié matemáticas, me asomé a novelas abismales como “Una Odisea”, de Daniel Mendelsohn, “Cómo Maté a mi Padre”, de Sara Jaramillo Klinkert, o “En la Tierra Somos Fugazmente Grandiosos”, de Ocean Vuong. También aprendí un poco de ajedrez y dibujé rabiosamente en estos dos meses de bloqueo de escritor.

Sé que hay un mundo de ideas allá afuera, esperando llegar al papel, esperando su momento. Sé que puedo diversificar lo que escribo, que hay vida después de la miserable política provinciana de nuestros no menos míseros y diminutos políticos, pero aquí estoy, en este atasco, en esta situación, después de tantos años de escribir y precisamente cuando me vuelvo viejo y padezco minuciosamente las afrentas de la vejez. Alguna vez me sentí ciudadano del mundo y ahora estoy circunscrito a las cuatro paredes de mi estudio, desde donde puedo fugarme en ocasiones a la terracita y contemplar el espinazo de la ciudad que duerme y se estremece como un perro con pesadillas.

En el fondo soy el mismo anarquista de cuando tenía 14 años y escuchaba a los Sex Pistols gritar que no había futuro. Creo que deberíamos de disfrutar de la libertad y la conciencia suficientes como para prescindir del gobierno. No necesitamos esa desgracia de políticos cleptómanos, mentirosos y gandallas. Pero sé que es demasiado pedir y que mi sueño de que un día podamos vivir sin gobierno es irrealizable, porque eso de la conciencia de grupo no se nos da muy bien que digamos, y eso de pensar en el bienestar del prójimo mucho menos, basta con saber que la desgracias de los 140 mil muertos (al menos en el recuento oficial) por la epidemia se deben en gran medida a la actitud de las personas, a la falta de empatía del “pueblo bueno” de los discursos presidenciales pero que en la práctica manifiesta el más culero de los egoísmos.

En tiempos tan aciagos como estos, sólo el arte nos puede salvar. En estas circunstancias, hoy más que nunca necesitamos de la belleza. Yo leo, escucho música, veo pinturas en los museos virtuales y puedo dibujar y prender el amplificador y hacer música, mientras las horas transcurren, imparables conforme a su propia naturaleza, y vuelvo luego a la computadora y observo la página en blanco del procesador de textos y me siento incapaz de escribir una sola línea más. Basta. No puedo seguir.

00
Compartir