Confiar o desconfiar

Casa de Citas

Por Baltazar López Martínez

“Muchos de nuestros políticos son incapaces. Los restantes son capaces de cualquier cosa.”

— Boris Makaresko

“El noventa por ciento de las actividades del gobierno moderno son perjudiciales, por lo tanto, mientras menos se lleven a cabo, mejor.”

— Bertrand Russell

“En la política es como en las matemáticas: todo lo que no es totalmente correcto, está mal.”

— Edward Kennedy

El sexenio de Enrique Peña Nieto empezó a terminarse la infame noche en que las fuerzas del mal, representadas por las corporaciones policiacas de los tres órdenes de gobierno, atacaron a una caravana de autobuses en Iguala, Guerrero, donde viajaban estudiantes de la Normal Rural Isidro Burgos, de Ayotzinapa, y luego de rociarlos de balas y de matar a 9 personas y herir a otras 17 más, cometieron la desaparición forzada de 43 normalistas. Nunca se imaginó Peña Nieto, quien estrenaba reformas y hasta había aparecido en la portada de una revista gringa con la leyenda “Saving Mexico”, que esa crisis empezaría a demoler su sexenio, y que muy pronto el escándalo de su lujosa mansión, así como los casos de funcionarios corruptos terminarían por hundirlo en el descrédito. Tan no se lo imaginaba que actuó tarde. No fue sino hasta varios días después que se fue a dar una vuelta a Iguala, cuando el daño ya estaba hecho y estaba ya en marcha una enorme operación de encubrimiento que convirtió el caso en un barrizal, al grado de que hoy en día uno de los principales protagonistas de esa investigación, Tomás Zerón, está prófugo de la ley precisamente por el desaseo con que se condujo y las sospechas de estar encubriendo a los responsables.

El presidente López Obrador enfrenta un desafío similar con la crisis que generó en México la pandemia del virus SARS-Cov-2, que en unos pocos días burló el cerco sanitario chino y empezó a expandirse con pasmosa celeridad por todo el mundo. No es poco lo que está en juego. Desde el inicio de su mandato, que fue al día siguiente de que ganara la elección, el presidente López Obrador indicó que su programa de gobierno tenía la ambiciosa meta de un cambio de régimen, ni más ni menos, y la llamó la Cuarta Transformación, una revolución por la vía pacífica que habría de ponernos a todos en un país libre de corrupción y en el que todo mundo tuviera para comer e ir a la escuela y viviera feliz, feliz. Pues bien, ahora ese proyecto amenaza con irse a la mierda.

Nunca pensó el presidente López Obrador que un agente infeccioso microscópico pudiera poner de cabeza su gobierno y amenazarlo de tan fea manera. Y no sólo a él, sino a millones de mexicanos indolentes que andan en las calles como si nada, desafiando a un enemigo invisible, letal y despiadado que puede mandarlos al Valle de las Calacas. A principios de este 2020 muchos nos tomamos las noticias del nuevo virus y el tumbadero de gente que estaba haciendo como una noticia más. Pensamos que se trataba de una enfermedad pasajera y que sólo les pegaría a los chinos por su afición culposa a comer animales exóticos, esta vez en la forma de un guatape de murciélago al chiltepín.

Pero no. El virus demostró una vez más que las fronteras son artificiales, que todos somos ciudadanos del mundo y que el mundo es cada día más pequeño. A los pocos días el SARS-Cov-2 ya se estaba esparciendo por Europa, después llegó a Japón y a Estados Unidos, luego al resto de América, a África y así, de modo que sólo en Groenlandia están a salvo, por el momento. Sobre la reacción del gobierno hay por lo menos dos versiones: que fue oportuna y que no lo fue. Y es ahí donde empezó el problema.

Es cierto que las conferencias matutinas son un hecho inédito en la historia nacional y que no tiene parangón en ninguna parte del mundo. El hecho de que el presidente López Obrador dedique dos horas de su jornada diaria, de lunes a viernes, a reunirse con reporteros y periodistas para informar a la gente de sus actividades tiene varias consecuencias, una de ellas es el desgaste de la figura presidencial. Desde las primeras “mañaneras” el presidente López Obrador dividió a la gente en dos bandos, los conservadores y los progresistas. En la primera definición caben todos sus adversarios, ya sean periodistas y empresarios de los medios, intelectuales, políticos, y en general todos los que se atrevan a criticarlo; en el otro bando están el pueblo bueno, sus amigos y gente que lo apoya. Así de simple.

Cierto que esa exposición lo benefició desde la primera conferencia, pero con el paso del tiempo empezó a minarlo, ya que el discurso se volvió repetitivo y el presidente tenía la misma respuesta siempre, sin importar cuál fuera la pregunta: es de que los conservadores, es de que en el período neoliberal, es de que el régimen corrupto del pasado. Con todo y eso seguía montado en la creta de la ola, y se salió con la suya de cancelar el aeropuerto de Texcoco, de construir el otro en la base aérea de Santa Lucía, de iniciar una refinería en Tabasco y darle marcha al proyecto del Tren Maya. Pero el virus no tardó en tocar a nuestras puertas y ahí fue, como diría doña Eloísa, donde la puerca torció el rabo y los puerquitos la cola.

La respuesta del presidente López Obrador fue, como decirlo, cautelosa. Al principio se le veía relajado, tranquis, y andaba de un lado para otro como si nada, y no había señales de alarma en el gobierno. Ahora nos dicen que el gobierno de la república tomó medidas desde finales de diciembre del año pasado, y que ese colchón de tiempo (que no tuvimos en 2009, por ser el epicentro de la pandemia de influenza por el virus AH1N1) nos dio tiempo para aprestar el acero y el bridón, y que si bien el SARS-Cov-2 venía tumbando caña por todo el mundo a nosotros no nos haría nada. Hubo quienes pidieron al presidente que cerrara los aeropuertos y las fronteras, y que dictara medidas preventivas ante el azote que se avecinaba, pero el presidente decidió esperar.

El argumento del presidente fue muy sencillo: esas medidas drásticas hundirían de inmediato a las personas que viven al día y que en este país se cuentan por millones, y aseguró que el gobierno iría implementando medidas conforme fuera necesario. Y en realidad ese fue uno de sus primeros desafíos, ¿cómo precaver a los mexicanos que día con día salen a sobarse el lomo en las fábricas, la obra, la maquiladora, el trabajo doméstico, en el changarro y el comercio informal? Esta precaución fue tomada con mucha ligereza, y en el fin de semana largo previo al 21 de marzo la gente salió a pasear como si nada, cuando el SARS-Cov-2 ya se estaba incubando en decenas de mexicanos.

Quizá el primer aviso de que la situación estaba fea, muy fea, fue cuando las autoridades determinaron que el período vacacional escolar empezaría desde el 21 de marzo y se prolongaría durante casi un mes, hasta el 19 de abril, con la advertencia de que no se trataba de “vacaciones” sino de una primera etapa de aislamiento social. Ahí se empezaron a encender los focos de alarma, pero en las mañaneras el presidente López Obrador lucía ecuánime, mesurado, y todavía se atrevió a mostrar una imagen religiosa y un billete de dos dólares, que junto con un trébol de seis hojas que exhibió a la mañana siguiente, forman parte de los amuletos que le obsequia la gente.

En realidad, a los mexicanos ningún chile nos embona. Si el presidente hubiera desaparecido de las mañaneras, si cancelara sus giras para refugiarse en un búnker igual lo hubiéramos criticado, pero tal vez esa manera de actuar nos hubiese alertado de la gravedad de la pandemia. Al fin el 23 de marzo empezó la Jornada Nacional de Sana Distancia, una medida que pretende reducir la movilidad social y con ello romper las cadenas de contagios, pero el jefe López Obrador andaba como si nada y no fue sino hasta el siguiente fin de semana, el viernes pasado para ser más precisos, que anunció su gira de fin de semana y pidió a la gente que no se le acercara. “El que se me acerque es conservador”, dijo.

A lo largo de estos días el presidente López Obrador y en general el gobierno de la república ha sido el blanco de ataque con noticias falas, con verdades y también con verdades a medias. Se le critica que actuara con demora y parece que hay quienes están esperando a que la cantidad de defunciones se vuelva monstruosa para festinar. Una de las noticas que más repercute en la estrategia del gobierno, y que tiende a minar su credibilidad es que hay órdenes, provenientes de los más altos niveles del gobierno, de que los casos de COVID-19 (acrónimo en inglés para Enfermedad por Coronavirus), sean reportados como neumonías”, reduciendo con ello las estadísticas de contagios por SARS-Cov-2 y por tanto las de fallecimientos.

No entiendo qué puede ganar el gobierno con una orden de ese tipo y cómo es que pretenden avasallar de esa manera la ética de todos los médicos del país. No dudo que haya muchos doctores simpatizantes de la 4T y que por ello estén dispuestos a cambiar sus diagnósticos, pero hay cientos de miles que no lo son y que no torcerían un acta de defunción por nada del mundo. Y en el remoto caso de que así sea, ¿en qué se beneficia el gobierno? A final de cuentas la realidad es como es, y ocultar los datos sólo puede hacer más grande la tragedia. Lo triste es constatar cómo estamos acostumbrados a que el gobierno nos mienta.

La noche del 28 de marzo, sábado, el doctor Hugo López-Gatell dio un mensaje a la nación. Dijo que era imperativo quedarse en casa, que era nuestra última oportunidad para aplanar la curva de crecimiento de los contagios, los casos graves y las defunciones, y señaló que según sus mediciones en el área metropolitana hay un 70 por ciento de la gente en la calle. Es verdad que la COVID-19 tiene un bajo índice de letalidad, que la mayoría de los casos serán asintomáticos, etcétera, pero somos 130 millones de personas en este país, y por ende estamos en el grave riesgo de que la cantidad de enfermos graves supere la capacidad de los hospitales y entonces la gente empiece morir sin la menor posibilidad de auxilio.

Yo estoy de acuerdo en que el presidente López Obrador recibió un país con enormes carencias, entre ellas las del sistema de salud pública. El sistema hospitalario es una mierda producto de la corrupción que durante años los llevó a la ruina y que sólo sirvió para que muchos políticos se enriquecieran haciendo negocios ilícitos con el sistema de salud, el abasto de medicinas, el arrendamiento y venta de equipo y la construcción de infraestructura hospitalaria. Tan estaba en ruinas que el presidente creó muy al vapor el INSABI, con la idea subsanar poco a poco estas deficiencias. Para ello dio por tierra con el Seguro Popular y emprendió una tarea que lo llevó a la crisis de desabasto de medicamentos, incluso en áreas tan delicadas como los tratamientos contra el cáncer. Sin embargo, la pandemia del SARS-Cov-2 toma al gobierno con un INSABI a medias, y con el desolador panorama de hospitales a medio construir y otros en ruinas.

El llamado del médico López-Gatell no deja lugar a la duda. O nos guardamos en nuestras casas o vamos a hacer una contagiadera que Dios guarde la hora. Es verdad que como ciudadanos tenemos una enorme responsabilidad a cuestas, la de romper la cadena de transmisión del SARS-Cov-2, y que sólo podemos hacerlo reduciendo la movilidad social. Hasta ahora el gobierno lo dejó en nuestras manos y con ello nos echó el alacrán al espinazo, porque seremos nosotros, y nadie más que nosotros, los mexicanos necios, los incrédulos, los indolentes, los valemadristas, aquellos a quienes nos importa un carajo el prójimo, los que contribuiremos a que el virus, ese pequeño demonio invisible, se propague por todos los estratos sociales y haga una matazón de proporciones incalculables, de la cual, por supuesto, le echaremos la culpa al gobierno.

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