De cómo el PRD vendió el alma al Diablo

Casa de Citas

Baltazar López Martínez

“La política es la segunda profesión más antigua de la historia. A veces creo que se parece mucho a la primera».

-Ronald Reagan

“El poder corrompe sólo a quienes están predispuestos a corromperse”.

-Katherine A. DeCelles

El Partido de la Revolución Democrática surgió de un proceso que abarca uno de los períodos más oscuros de la historia contemporánea de México. Fue producto de una larga cadena de luchas sociales que desembocaron en la unión de las agrupaciones de izquierda, primero en el Partido Socialista Unificado de México (cuyo antecedente directo fue el Partido Comunista Mexicano), y después en el Partido Mexicano Socialista, producto de la fusión del PSUM con el Partido Mexicano de los Trabajadores, que en 1988 postuló a Heberto Castillo como candidato a la presidencia de la república.

Un par de años antes Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano encabezó un movimiento de disidencia dentro del PRI, partido en el que militó desde los inicios de su carrera política, y al cual abandonó a finales de 1987, al darse a conocer la postulación del candidato Carlos Salinas de Gortari. Con él se fueron del tricolor personajes como Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez, para formar el Frente Democrático Nacional, que incluía partidos como el Partido Auténtico de la Revolución Mexicana, el Partido Popular Socialista, el Frente Cardenista para la Reconstrucción Nacional y una variopinta pedacería de partidos de izquierda disidentes del PMS, con los que se integró el Frente que tuvo como candidato en 1988 al propio Cuauhtémoc Cárdenas.

En junio de ese año, en plena campaña electoral, Heberto Castillo, en un acto de absoluta congruencia, declinó su candidatura en favor de la de Cuauhtémoc Cárdenas. “AI tomar esa decisión pensé, claro, en los cientos de miles (…) que me habían apoyado. (…) Y pensé también en todos aquellos que se quedaron en el camino luchando por las causas que yo lucho, en quienes murieron aquel 27 de octubre de 1967 cuando buscábamos apoyo económico para Genaro Vázquez -reducido entonces a la prisión-; y también en los cientos de muchachos y muchachas que cayeron el 2 de octubre de 1968 y el 10 de junio de 1971. Escuché los ecos de sus voces que coreaban consignas de libertad en las marchas heroicas de entonces. (…) Y creo que nunca antes en mi vida había tomado una decisión mejor”.

La que siguió a continuación es una historia más conocida. En la noche del 6 de julio de 1988 Manuel Bartlett Díaz, entonces secretario de gobernación, el mismo que ahora dirige a la Comisión Federal de Electricidad, operó la famosa “caída del sistema”, que le dio la vuelta al resultado electoral después de una clara tendencia en favor de Cuauhtémoc Cárdenas. De nada sirvieron las protestas posteriores, ya que el resultado oficial le dio el triunfo a Carlos Salinas de Gortari con el 50% de los votos, 31% para Cuauhtémoc y poco más del 17% para Manuel J. Clouthier, que había sido candidato del PAN. Meses después el atraco electoral, en mayo de 1989 el Frente Democrático Nacional y el Partido Mexicano Socialista se unieron para crear el Partido de la Revolución Democrática, el famoso PRD.

El PRD libró una intensa batalla con lo que en el lenguaje de izquierda llaman “el sistema”, es decir, el gobierno del PRI, y empezó a socavar los cimientos de la estructura política que durante tantos años construyeron los cachorros de la revolución para usufructuar los bienes los bienes de la nación. No fue sencillo; el proceso tomó años y costó más vidas, encarcelamientos, persecuciones. Sin embargo, la unidad interna fue producto de circunstancias, más que de convicciones, y para el año 2000, con Cárdenas de nuevo como candidato, el PRD se hundió, colapsado sobre sí mismo, y obtuvo sólo el 16% de la votación ante el clown que tuvimos como presidente, cuyo nombre es Vicente Fox.

Borges dijo que uno debe ser cuidadoso al elegir a sus enemigos porque termina pareciéndose a ellos. En el caso del PRD no podría ser más cierto: terminó por ser una copia, mala, corrupta, grosera, de su acérrimo enemigo, el PRI, y fue protagonista de un proceso de entropía, uno en el que se fue despeñando poco a poco en el lodazal del clientelismo, las famosas “canicas”, la lucha por los cargos, y el abordaje del poder por el poder mismo. Por eso en agosto de 2003 Paco Ignacio Taibo II, furibundo militante del PRD, escribió un texto titulado “El pacto con el diablo (Notas sobre la crisis perredista)”.

“Nuestra generación, la generación del 68, hizo un pacto con el diablo. No fue un mal pacto. A cambio de sacar al PRI de Los Pinos abandonamos, guardábamos en el clóset a Ho Chi Minh, la revolución socialista, Flores Magón, Durruti y los Consejos Obreros, el programa de transición y la plusvalía. (…) Sin embargo, nunca leímos la letra pequeña del contrato. No teníamos mucha experiencia en esto de pactar con el diablo y no se nos ocurrió ver que abajito del documento, en la letra minúscula escondida, decía: ‘En el proceso de sacar a los ladrones de Palacio, muchos de ustedes se volverán como ellos’”.

Ese pacto con el diablo dio al traste con los objetivos políticos del PRD y lo convirtió en una coima del sistema priista que tanto decía aborrecer. Las tribus, que se cuentan por docenas, desenterraron el hacha de guerra y dieron una fiera batalla por la chamba, las prebendas, el cachito de corrupción tolerable, el pactar con el enemigo en lo oscurito, generando pactos y alianzas de por sí aberrantes, devorando los restos de un cadáver que ya desde entonces olía a descomposición y materia fecal. Taibo dijo: “El PRD se ha convertido en un partido que sólo opera en plenitud en la lucha interna y en la disputa de espacios de poder y cargos burocráticos. En este proceso de descomposición burocratizante la lógica tribal y el reparto de cuotas domina la vida partidaria en buena parte de los comités”.

Este despeñarse en el bajo sumidero de los albañales de la política tuvo su culminación en 2017, con la alianza que estableció el PRD con el PAN en busca de la presidencia de la república, 628 escaños en el Congreso de la Unión y casi la totalidad de las gubernaturas del país, que en cantidad de 30 estuvieron en juego el 1 de julio de ese año. Un botín nada despreciable que se les escapaba de las manos por el golpe brutal que fue para el PRD la conformación del Movimiento de Regeneración Nacional que encabeza Andrés Manuel López Obrador.

Fieles al principio de que vivir fuera del sistema es vivir en el error, la dirigencia y las tribus miraron a su alrededor a ver qué mano se les tendía. Y esa mano fue la del Partido Acción Nacional. ¿Cómo explicar esta unión contraria a la naturaleza de sus principios partidistas, a su forma de lucha, a sus antecedentes sociales, al doloroso parto que los constituyó en  1989? ¿Pensarían estos bribones un momento siquiera en los muertos, como lo hizo Heberto Castillo, en los que sufrieron prisión, tortura, exilio, encarcelamiento, los que dieron su vida por un ideal que terminó por trastocarse?

La respuesta a estas interrogantes la dio Jesús Zambrano en diciembre de 2017, en un artículo que publicó en el periódico El Universal, que lleva por título “Hacer realidad lo imposible”. Para entender a fondo lo aberrante de estas declaraciones, lo monstruosas y deformes que resultan, es necesario recordar que ese Jesús Zambrano, que entonces fungía como presidente de la mesa directiva de la Cámara de Diputados y vicecoordinador de los diputados federales del PRD a la vez, es un cuadro de la izquierda que surgió de un movimiento de guerrilla urbana que se llamó Brigada Roja Liga Comunista 23 de Septiembre -donde lo conocían como “Tragabalas”- y en el que militó junto con los notables perredistas Camilo Valenzuela, Félix Salgado Macedonio y Rosalbina Garavito.

Pues bien, en esta extraordinaria pieza de oratoria, brillante ejemplo de elocuencia política digno de la pluma de un Cicerón, Zambrano se revela como un estilista del discurso, un pensador de ideas depuradas y progresistas, un titán de las utopías, un coloso de la lucha social, un estadista de talla mundial que hace malabares y trucos a la alta escuela para explicar lo inexplicable. Para beneficio de las futuras generaciones, que encontrarán en esta pieza de ciencia política una inagotable fuente de inspiración y un modelo a seguir, rescatamos algunos de sus puntos medulares.

Los párrafos de apertura casi nos arrancaron lágrimas de emoción: “Habemos (sic) quienes hemos luchado toda la vida (es decir, que luchan desde recién nacidos) pensando que es posible hacer realidad los sueños de un México sin pobreza, sin corrupción, sin inseguridad y sin malos gobiernos, y somos quienes hemos ido abriendo caminos para lograrlo poco a poco. […] porque ante la desesperanza de millones de personas y frente a los malos augurios de que el destino fatal es que el PRI siga conduciendo los destinos del país, surge la luz al final del túnel para anunciarnos que sí hay un mañana mejor”.

Don Jesús estaba equivocado. La luz al final del túnel no anunciaba el inicio de una nueva era de felicidad paradisíaca, sino la muerte de ese esperpento en el que se convirtió el PRD al entregarse, como meretriz voluptuosa, al llamado Frente Ciudadano por México, que surgió no por el interés del poder ni por pragmatismo, explicaría don Jesús, sino por “la necesidad de sumar a todas las fuerzas democráticas, de izquierda y progresistas del país para ganar las elecciones de 2018 e integrar un gobierno de coalición”. Leyeron bien, las fuerzas democráticas, representadas de seguro por Movimiento Ciudadano; las de izquierda, que son, por supuesto, las del PRD; y las progresistas que deben ser, por eliminación, las del PAN. Nada de agua y aceite, señores, pura fuerza política fina, de avanzada, progresista y democrática.

Ante las acusaciones de sus aviesos rivales del PRI y de Morena de que el frente ni es ciudadano, ni es por México, y en una de esas ni es frente, don Jesús responde con verdades salidas del “Evangelio según Los Chuchos”: “Con la participación y aportación de lo mejor de la intelectualidad progresista (¡sopas, intelectualidad progresista!), de ciudadanos externos (porque los ciudadanos internos la verdad escasean o no son progresistas), de los partidos políticos, así como de las organizaciones de la sociedad civil (¿pero cuáles), logramos ‘juntar el agua y el aceite’ en una plataforma electoral y un programa de gobierno de coalición para superar la crisis de fin de régimen y reorientar el rumbo del país, vigilar el ejercicio del poder y el cumplimiento de las promesas, porque se trata de democratizar el ejercicio del poder público, de empoderar a los ciudadanos”, bla, bla, bla.

Y a continuación explica que a cambio de todas estas patrióticas conquistas, terminaron por cumplir con las cláusulas de letra chiquita de su contrato con el diablo: “Fue así como llegamos, también, a aceptar que el PAN postule la candidatura a la Presidencia de la República, el PRD lo haga para la Ciudad de México y la postulación plural a diputaciones, senadurías, gubernaturas y los demás cargos de elección popular”, lo que en términos llanos significa “hagamos una buena repartición y quedaremos todos como hermanos”.

Esa aceptación nos dejó la amarga sospecha de que el PRD aceptó un papel de subordinado, de coima pues, ante el PAN. Pero don Jesús “Tragabalas” Zambrano, con esa verba florida que lo caracteriza nos aclara de inmediato que no, que es al contrario. “Por eso se equivocan quienes hablan de que el PRD se desdibuja en esta coalición y que “es un satélite” del PAN. El Programa de Gobierno de la coalición “Por México al Frente” sintetiza los anhelos y necesidades de la mayoría de la gente del país que no está satisfecha con lo que hoy vivimos”.

A continuación este valiente y preclaro visionario nos revela el verdadero plan maquiavélico de la dirigencia del PRD, ese que ni los más perspicaces analistas políticos pudieron anticipar: el PRD infiltró con su ideología al PAN y consiguió que la plataforma de gobierno de coalición estuviese conformada en realidad ¡por los planteamientos programáticos del PRD!

“En esta plataforma están contenidos, en su esencia, planteamientos programáticos del PRD para combatir la pobreza y la desigualdad, el cambio de régimen; un sistema presidencial con mecanismos parlamentarios; la lucha anticorrupción; seguridad; política exterior más activa y diversificada; participación ciudadana”, y de nuevo bla, bla, bla. “Estamos haciendo realidad lo imposible”. Y sí, volvieron realidad lo imposible: vender caro el último pedazo de nalga que les quedaba. Tal parece que Agustín Lara pensaba en ellos cuando escribió “Aventurera”: “Ya que la infamia de tu ruin destino marchitó tu admirable primavera, haz menos escabroso tú camino: vende caro tu amor, Aventurera”. Y lo vendieron.

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