De periodistas asesinados, desaparecidos y reprimidos

Javier Duarte es rejego y lo que le sigue. Suman 11 periodistas asesinados y cuatro desaparecidos. Lo agobia la muerte de Moisés Sánchez Cerezo. Y en la víspera del aniversario del levantón a Gregorio Jiménez de la Cruz, ultimado por informar, su policía reprime a los periodistas de Coatzacoalcos.

Su hostilidad hacia la prensa es proverbial, propia de su nula formación política, de su improvisación en la esfera pública y de su incapacidad para ejercer el poder.

Y como el gobernador de Veracruz es hostil a la prensa crítica, los súbditos de su corte hostigan y reprimen, intimidan y agreden, atacan y embisten con la saña de quienes habitan en el reino de la impunidad.

Sucedió el 4 de febrero. Esa tarde, un grupo de periodistas se apersonaron en los terrenos cercanos a la playa de Coatzacoalcos, en los alrededores de Lomas de Barrillas y la colonia Veracruz. Cubrían el hallazgo de cuerpos en fosas clandestinas, tres encontrados el día anterior.

Acordonada, la zona advertía la presencia de elementos del Ministerio Público, Servicios Periciales, Naval. Trascendía que el predio era un cementerio de bandas del crimen organizado, atestado de víctimas, “más de cien”, según portales en internet.

Dos días antes, el lunes 2, la policía halló a dos personas, Julio César Morales Rodríguez y Armando Moreno Campos, quienes cavaban su propia tumba obligados por un grupo de delincuentes que los habían sustraído de un bar tras una discusión.

A punto de ser arrojados en la fosa clandestina, una patrulla pasó por el lugar. Los criminales huyeron. Morales Rodríguez y Moreno Campos pidieron ayuda, se refugiaron entre los policías. Fueron llevados a la comandancia naval y ahí revelaron algo más.

Refirieron que sus captores les habían dicho que “harían compañía a otras víctimas”, enterradas recientemente. Permanecieron en la comandancia hasta el día siguiente.

Por la tarde del martes 3, con la información aportada por ambos sujetos, fueron hallados los tres primeros cuerpos. Y con ello se generó una espiral informativa, el escándalo mediático, Coatzacoalcos citado en prensa y redes sociales.

Al día siguiente, el miércoles 4, se intensificó la búsqueda. Decenas de elementos ministeriales, policía, los guaruras de la subprocuradora en la zona sur, Samyra del Carmen Khouri Colorado, navales, todos peinaban la zona.

Fueron delimitados los espacios. Se colocaron cintas amarillas, letreros de “precaución”, advertencia para no invadir el área de la pesquisa.

Se observaba al personal con guantes en las manos, portando bolsas azules y blancas, diseminados en la zona en que se suponía había más cadáveres.

Ahí estuvo la prensa local. Llegó la subprocuradora Khouri Colorado, custodiada hasta la exageración por personal que portaba armas largas y gesto adusto, el trato gélido, seco el hablar.

A duras penas podía andar la mujer, socorrida por las manos zalameras de su personal que la tomaban del brazo para evitar una estrepitosa caída, nada hábil para andar en el campo.

Quiso la prensa captar sus palabras, tener una declaración de los hechos, un indicio del hallazgo que diera la dimensión del hecho criminal. La buscó la prensa con el único afán de informar.

Nada se pudo hacer. Navales y guaruras —gorilas con guayabera, el rifle en las manos— dieron un espectáculo de represión, intolerancia pura, prepotencia aberrante pues ante sus modos salvajes, la violencia por delante, los periodistas sólo podían esgrimir la razón de su oficio.

No lo dejaron pasar. Los bloquearon, les impidieron llegar hasta la subprocuradora Khouri Colorado, una vedet de la justicia, que para no informar se resguarda en las maneras arbitrarias de sus esbirros.

Se refugió la fiscal regional en su auto. ¿Qué pretendía ocultar la mujer si medio México sabía ya que esa zona es cementerio clandestino y no son tres, ni seis, sino quizá un centenar de cuerpos los que hay bajo tierra?

Arrancó su chofer. Impunemente, embistió a los reporteros que se hallaban en el lugar. ¿Acaso intento de homicidio, fiscal Khouri, o cómo lo tipificaría?

En tiempo real se supo del caso. Vía una red de comunicación propia, periodistas de Coatzacoalcos, Minatitlán, Acayucan, Las Choapas, Xalapa, Veracruz, Córdoba, Poza Rica, Puebla, seguían el incidente. Requerían detalles. Pedían gráficas del momento crucial, la evidencia del momento en que la prensa era reprimida, hostigada, vulnerado el derecho a ejercer su oficio periodístico.

Invadió las redes sociales. En Twitter se dio la primera alerta. El gobierno duartista reprimió a la prensa de Coatzacoalcos. Circuló la fotografía del momento en que se impedía violentamente su labor, el guarura estrella de la fiscal Khouri en primer plano, los navales atrás, en medio los periodistas, zarandeados y contenidos cuando buscaban información.

Facebook dimensionó el atraco. Permeó el repudio al clima de hostilidad duartista a la labor periodística, las críticas al gobernador Javier Duarte, a su gobierno que acumula 11 comunicadores asesinados durante su gobierno, a la intolerancia que atropella derechos constitucionales de libertad de expresión y de libertad de prensa, la garantía de informar.

Uno de los periodistas agredidos, Jorge Domínguez, de Olmeca TV, viajó a Xalapa, planteó su caso en la Comisión para la Atención y Protección de los Periodistas y acudió a la nueva Fiscalía Especializada en Delitos contra la Libertad de Expresión y ahí denunció a la fiscal regional y a sus gorilas.

Mereció Javier Duarte una crítica monumental, el caso de Lomas de Barrillas situado en espacios noticiosos, justo en la víspera del primer aniversario del “levantón”, tortura y asesinato del reportero Gregorio Jiménez de la Cruz, el 5 de febrero de 2014.

Javier Duarte ha sido así. Lo irrita la prensa crítica. Lo altera el periodismo de compromiso social.

Su hostilidad es consustancial a su desgobierno y a la vez es norma de acción para la corte duartista. Si el gobernador de Veracruz es intolerante con la prensa, su gabinete, los mandos medios, la burocracia de cualquier nivel, imita su repudio enfermizo, psiquiátrico, a los periodistas críticos.

Su gobierno reprime. Los guaruras de la subprocuradora, una ex secretaria de juzgado federal, reprimen. El chofer de la fiscal regional embiste a la prensa, a riesgo de una tragedia, esa sí con temeridad, premeditación, alevosía y ventaja.

Javier Duarte enfrenta un descrédito cíclico. Cada vez que secuestran a un periodista, el escándalo lo alcanza. Cada vez que el periodista es hallado muerto, la condena lo sepulta.

Ocurrió con Noel López Olguín, Milo Vela, Misael López Solana, Yolanda Ordaz, Regina Martínez, Gabriel Huge, Guillermo Luna Varela, Esteban Rodríguez, Víctor Manuel Báez, Gregorio Jiménez de la Cruz y ahora Moisés Sánchez Cerezo.

Son cíclicos los desencuentros con la prensa. Y variados.

Unos porque a los periodistas críticos son asesinados. Otros porque su gobierno reprime a los periodistas que sólo cumplen su misión de informar.

Eso le ocurre por ser hostil y represor.

(Con información de mussiocardenas.com)

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