Diplomacia o espionaje

Bisagra

Por José Páramo Castro

La manera simplista de ver el mundo pareciera ubicarse en la Guerra Fría. El mejor momento para que un pueblo sin ilustración pueda saber quiénes son los buenos y quienes los malos. De otra manera, su visón de la política y del planeta no sería clara.

Desde el triunfo de los aliados, encabezados por Estados Unidos, sobre el nazismo, que lideraba Hitler, dejó a los mexicanos una realidad mundial muy clara. México, por un accidente geográfico más que por convicción, tuvo la suerte, no sabemos si buena o mala, de ser vecino del vencedor. Y los que vencen son los buenos, según la historia de estos tiempos.

En este escenario los pormenores de las batallas no son importantes, lo único real es la victoria de unos, los buenos, cercanos y amigos; y la derrota de otros, los malos, lejanos y diferentes.

La Guerra Fría impuso más de una regla del juego político y muchas versiones sobre la historia de la última guerra. Entre ellas la de la manipulación de la información, pero también afectó -y de manera definitiva- la diplomacia.

Hay quienes ahora protestan por una diplomacia mexicana olvidada o relegada en sus profesionales, que cursaron una carrera diplomática en el Instituto Matáis Romero, creado en 1974, por la Secretaría de Relaciones Exteriores del gobierno federal, todo tiene sus razones históricas y políticas que lo explica, aunque no siempre lo justifica.

Herencia de la Guerra Fría es la infiltración de espionaje extranjero, en todos los países del mundo, de manera importante México, por ser el vecino del vencedor, que se dice el bueno de la película. A partir de esa situación, las carreras diplomáticas se convirtieron en un crisol de asesores de los diplomáticos y no en diplomáticos, que es para lo que estudiaron.

Y es que en materia de dejarse engañar por el espionaje internacional el que no cae resbala. El expresidente Miguel Alemán Valdés, a quien muchos todavía consideran un veracruzano ejemplar, incluso héroe, fue influido por la espía alemana Hilda Krüger, quien fuera su pareja sentimental y tenía la misión de despertar simpatías por Adolfo Hitler en México, país en el que el führer tenía especial interés. Así se hizo novia de otros dentro y fuera de México, y hasta del propio empresario Jean Paul Getty, pasando por personajes como Manuel Ávila Camacho, Cantinflas, Ramón Beteta, entre otros.

La espía, que era parte esencial de la Operación Barbarroja, conquistó no sólo corazones sino simpatías para el movimiento nazi, creando en México posturas ambiguas al respecto, como marca claramente la historia. La postura de personajes como Miguel Alemán fue ambigua, titubeante, imprecisa respecto al nazismo.

La mejor manera de infiltrarse en las entrañas de un país es a través de la diplomacia y la forma más práctica es hacerlo desde los estudios de quienes serían diplomáticos de carrera. De tal suerte que, desde hace más de 60 años, estos no forman parte de la primera línea de la diplomacia mexicana, por la desconfianza que despiertan.

De esta manera, los embajadores de México y de otros países en el mundo, se designan por el presidente de la república a gente de su absoluta confianza, sobre todo en los países con los que mantiene comercio, amistad o discrepancias.

Designar a figuras públicas de probada eficacia es lo habitual en el mundo entero, aunque no sea lo correcto, pero más vale prevenir que lamentar. Esto no quiere decir que deba desconfiarse de los egresados de la carrera diplomática, sino que están en el lugar más vulnerable para la infiltración.

No debe sorprender que los diplomáticos de carrera en México sean relegados a un segundo término en las relaciones exteriores del país. La historia nos muestra que incluso presidentes de la república fueron agentes de la CIA, como Adolfo López Mateos, Gustavo Díaz Ordaz o Luis Echeverría, según documentos desclasificados de esa agencia.

El espionaje no desaparece con la Guerra Fría, es una actividad constante que no disminuye o crece ante la vista de nadie, por eso son espías.

Los diplomáticos son como los politólogos, están detrás del poder por miedo a que estos lo tomen por asalto.

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