Divididos por la tragedia

Casa de Citas

Por Baltazar López Martínez

“Equipado con sus cinco sentidos, el hombre explora el universo que lo rodea y a sus aventuras las llama ciencia”.

-Edwin Powell Hubble

“El aspecto más triste de la vida en este preciso momento es que la ciencia reúne el conocimiento más rápido de lo que la sociedad reúne la sabiduría”.

-Isaac Asimov

“La ciencia está hecha de datos, como una casa de piedras. Pero un montón de datos no es ciencia más de lo que un montón de piedras es una casa”.

-Henri Poincaré

Hace muchos años mi amigo don Fernando tuvo una experiencia cercana a la muerte. Se los cuento como él me lo contó: un dolor agudo en el vientre y una espantosa sensación de ahogamiento lo despertaron a las dos de la mañana de ese día aciago y lo obligaron a ponerse de pie, presa de una aguda sensación de que estaba en trance de morir. Como pudo se puso de pie, encendió la luz y fue al baño, urgido por el dolor y se horrorizó al comprobar que había defecado cuajarones de sangre fresca. Como pudo volvió a la recámara y despertó a Pita, quien, alarmada al ver el aspecto de su marido, llamó a una ambulancia de las Cruz Roja para que trasladaran al hombre a una clínica. En el camino don Fer se desmayó y ya no supo cómo fue que lo ingresaron a urgencias con un diagnóstico poco favorable: se le había perforado la úlcera del estómago y estaba perdiendo sangre a raudales.

Lo siguiente que le ocurrió fue levantarse de la plancha del quirófano donde los médicos trataban de transfundirle sangre y estabilizarlo para salvarle la vida. Su cuerpo era muy ligero, tanto que flotaba por la habitación, y veía con claridad cómo una enfermera le daba masaje al corazón a su cuerpo, el original, que yacía desmadejado sobre la plancha, mientras otras dos personas se afanaban en canalizarlo para reponerle plasma sanguíneo. Vio a los dos médicos dar instrucciones y afanarse alrededor de la plancha, pero no escuchaba nada, aquello era como una película muda que él veía con desapego, como si el protagonista fuese un desconocido. Poco a poco siguió elevándose, hasta abandonar el hospital y marcharse lejos, hacia arriba, hasta perderse en una oscuridad como nunca había visto.

Pronto sucedió que la oscuridad fue cediendo el paso a una escena luminosa, y don Fer llegó a un bosque de extraordinaria belleza, y experimentó una paz que lo sacudió hasta el último rincón de la conciencia, un bienestar imposible de describir con palabras, que lo invitaba a adentrarse en aquel valle donde todo era verde y oro y el aire era quieto y de una contenida tristeza. A lo lejos una persona lo llamaba. Don Fer transitó por un camino cuesta abajo, acercándose a ese hombre que lo llamaba a señas. Por fin, después de una breve caminata, se encontraron. El hombre se acercó a él y le dio un abrazo, luego lo tomó por los hombros y le dijo que estaba ahí para darle la bienvenida, pero también para indicarle que todavía no era el momento. Así dijo: el momento.

A don Fer le parecían conocidas las facciones de ese hombre. Lo miró con detenimiento, la cabellera rebelde a contraluz, la frente amplia y aquellos ojos de luz pura. Era Ludwig Van Beethoven. El gran Beethoven se percató de que don Fer lo había reconocido y le sonrió. “Todavía tienes mucho que hacer”, le dijo, “y aunque nos complace que estés aquí es necesario que vuelvas”, y le pasó un brazo por los hombros y lo hizo mirar hacia el lugar por donde había llegado. “Regresa. Cuando vuelvas te estaré esperando, y entonces seremos hermanos por siempre”, dijo Beethoven. De inmediato y sin que mediara su voluntad don Fer emprendió el camino de vuelta, sintiendo un gran pesar por dejar a su amigo, y en vertiginosos segundos cruzó la oscuridad, se despeñó cuesta abajo hacia el hospital, se reincorporó a su cuerpo y lanzó un quejido. Después abrió los ojos. Las enfermeras estaban llorando junto a él, y uno de los médicos, desencajado y sudoroso, le dijo que había estado muerto por espacio de ocho minutos.

El día que don Fer me contó su experiencia ante la muerte estábamos conversando sobre la objetividad y la subjetividad. ¿Qué es lo real? ¿Qué podríamos decir que es la realidad? Mientras más lo piensas menos certezas existen. Don Fer me insistió en que no es posible afirmar nada. “Por ejemplo”, me dijo, “supongamos que en realidad fallecí esa mañana y que esto que estoy experimentando ahora es nada más la actividad de mi cerebro antes de apagarse”. “No puede ser”, le dije, “porque yo estoy aquí, y yo tengo una vida independiente a usted”. “A mí no me consta”, replicó, “para mí eres un personaje más que mi mente inventa para contarme cosas”. “Pero puedo levantarme y tocarlo, puedo poner música para que usted la escuche”. “Y yo digo que no existes; que eres una creación de mi mente agonizante… podré sentir que me tocas, o puedo escuchar la música, pero eso no implica que sea real… serán sensaciones procesadas por mi cuerpo, nada más”.

El tema de esta conversación que podrá parecerte pueril o insustancial forma parte de una de las encrucijadas más desconcertantes de la física de partículas y la mecánica cuántica. ¿Qué es real? Puedo decir que veo un árbol, por ejemplo. ¿Pero cómo lo veo? Se entiende que estamos inmersos en una alberca de radiación electromagnética, y que la luz, que es energía electromagnética, es sólo la parte visible, una parte muy pequeña, por cierto, de todo el espectro. Hay radiación por debajo del color rojo y por encima del color violeta. Bien, la luz toca la superficie de los objetos y con ello ocurren dos fenómenos, el objeto absorbe parte del espectro y refleja la otra. Esa parte reflejada es lo que interpretamos como el color de los objetos. Es decir, si el objeto absorbe todos los colores de la luz, excepto el verde, diremos que ese objeto es verde. Suponemos pues que el árbol está ahí porque percibimos el efecto de reflexión de la luz.

La luz que reflejan los objetos se percibe con los ojos. Primero llega a la córnea, que es una capa transparente y curvada que está delante del iris y actúa como por una lente que concentra el haz de luz en la retina, entra por la pupila, atraviesa el cristalino que puede cambiar de forma para enfocar los objetos, y llega después a la retina, que está compuesta de células fotorreceptoras que están conectadas, cada una, a fibras nerviosas. ¿Vemos entonces con los ojos? No, porque la luz que percibe la retina se convierte en señales nerviosas que viajan por los nervios ópticos y otras fibras nerviosas hasta la parte posterior del cerebro, donde se percibe e interpreta la visión. ¿Es real entonces lo que veo? No, porque el cerebro es capaz de procesar señales que ni siquiera están conectadas con eso que llamamos “realidad”. Como muestras les diré que desde hace varios años tuve una lesión (al menos eso suponen los médicos) en la estructura del oído derecho, y desde entonces escucho ruidos y la mayor parte del tiempo un zumbido que en ocasiones no me deja vivir. Pero ese ruido no existe, no forma parte de la experiencia de la realidad. Por alguna razón mi cerebro lo fabrica y me hace escucharlo. ¿O es real porque lo escucho?

Hasta principios del siglo pasado la Física pasaba por sus mejores momentos. Después del salto gigantesco que fue la Física clásica fundada básicamente por Isaac Newton, los científicos estaban seguros de que sólo era cuestión de ir refinando los experimentos y las mediciones, porque ya todo estaba descubierto. Pero había ciertos comportamientos y fenómenos inexplicables por medio de las herramientas de la física, uno de ellos era el de la noción de masa (sí, la cantidad de materia que tiene un cuerpo) y la asombrosa conclusión de que la masa es energía -equivalencia expresada por la famosa fórmula de Einstein, E=mc2– y el otro, por extraño que parezca, la combustión del sol. Hasta entonces se pensaba que el sol era una gran bola de fuego que se estaba quemando como si fuera de leña, o de gas. Pero este fenómeno era incompatible con la edad calculada del sol, porque para los millones de años que se supone llevaba consumiéndose ya debería de haberse quemado por completo. Vaya, la cantidad de combustible, por enorme que fuese, no alcanzaba para arder durante tanto tiempo.

¿Qué pasaba dentro del sol y cómo funcionaba ese gigantesco horno? Bueno, la respuesta escapa del alcance de lo que deseaba platicarles hoy, pero la equivalencia de la masa en energía, y el descubrimiento de los procesos físicos involucrados en la combustión del sol, entre otros descubrimientos fundamentales, llevaron al descubrimiento de las partículas subatómicas. No se espanten. Les diré que hasta esos años había la seguridad de que el átomo (que los griegos consideraban indivisible, de ahí su nombre) estaba formado por electrones que giran alrededor de un núcleo y que ese núcleo está formado por protones y neutrones. Y ya. Toda la materia está formada de esos componentes básicos. Piénsalo, toda la materia está formada de electrones, protones y neutrones. Y muchos tenemos la imagen del modelo de Bohr del átomo, donde los electrones giran como pequeños planetas alrededor del núcleo.

Pero a partir de 1924, cuando Louis de Broglie descubrió la naturaleza corpuscular y ondulatoria de los objetos físicos, la ciencia de Física entró en un terreno que desafía a la experiencia cotidiana y es contrario a lo que indica el sentido común y nuestro conocimiento de los fenómenos de la naturaleza. Las conclusiones son muy extrañas. Por ejemplo, hay cualquier cantidad de partículas subatómicas, es decir, que forman parte del átomo, que son difíciles de conceptualizar y mucho menos de capturar en los experimentos, y que no se sabe bien qué son y dónde están, y cuya vida además es muy breve. Otro de los principios más sorprendentes es que entre un átomo y otro hay una distancia enorme (en el nivel atómico, claro) y que si pudiéramos vernos a nosotros mismos con uno de esos microscopios súper potentes veríamos que estamos vacíos, es decir, entre cada uno de nuestros átomos hay una distancia enorme, lo cual en principio nos permitiría atravesar las paredes, que por cierto también están igual de vacías.

¿Qué es la realidad entonces? No lo sabemos. Tampoco sabemos por qué una persona piensa como lo hace. Todos, de cierta manera, utilizamos los sentidos, y en último caso el cerebro, para construir nuestro propio mapa de la realidad. No tenemos otra manera de conocer el mundo. La experiencia de un ciego de nacimiento es radicalmente diferente de la mía, así como lo es la experiencia del daltónico frente al color. Por eso es necesario reconocer que nuestros mapas pueden diferir, que tú y yo podemos tener opiniones encontradas, que se basan en nuestro conocimiento y nuestra experiencia, pero que no implican que alguien esté en lo correcto. Lo único que podemos inferir es que somos diferentes, y eso no es ni bueno ni malo. Nuestros cerebros añaden, suprimen, interpretan, corrigen y distorsionan lo que perciben, y con eso alimentan los que se supone que somos, aunque no sepamos muy bien qué es.

Pensaba en eso ahora que la pandemia de coronavirus nos tiene encerrados, y en la gran diversidad de voces que hay al respecto. Hay quienes quieren ver para creer, quienes piensan que es una estrategia del gobierno para mantenernos encerrados, quienes creen que esta enfermedad se cura con nanomoléculas de cítricos, quienes padecen terror por la amenaza a la seguridad y de ansiedad por el confinamiento, quienes creen pero les vale madre y andan en la calle pensando que les tocará a otros; hay quienes son solidarios y quienes son terriblemente egoístas, quienes se refugian en la espiritualidad y quienes busca ansiosos una plancha de cerveza; hay quienes aseguran que el gobierno miente y quienes creen con fe ciega en él, y todos elevamos nuestras voces en este coro desafinado de lamentaciones y reclamos.

Pero lo más triste es que por primera vez en muchos años, en muchos, los mexicanos estamos divididos ante la tragedia. Algo pasó. Solíamos afrontar juntos nuestras desgracias, pese a nuestras diferencias, y ahora, por vez primera, estamos separados. Una barrera de odio nos tiene aislados y solitarios, buscándole explicaciones al mundo mientras la naturaleza indiferente se abre paso, ajena al ruido del mundo.

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