El cementerio que decía Solalinde

Veracruz, decía Alejandro Solalinde, el sacerdote de los migrantes, es un cementerio monumental, fosas clandestinas por doquier. Y es verdad. Hay muertos, muchos muertos, de los que no se volvió a saber. Es el sello de la mano criminal, de la violencia, de la impunidad y del horror.

Y sí que lo es. Las fosas están en Pueblo Viejo, en Alvarado, en Actopan, en Tres Valles, en Agua Dulce, en Acayucan, en Las Choapas, en Cosoleacaque. Y ahora en Coatzacoalcos.

Decenas de cuerpos fueron hallados ahí, de mujeres, de hombres, de niños, mutilados algunos, decapitados otros, ejecutados por la mano del crimen organizado, arrancados de la vida en la espiral de violencia que un día empezó pero que no tiene para cuando terminar en Veracruz.

Seis cadáveres aparecieron al poniente de Coatzacoalcos, entre el lunes y martes, 2 y 3 de febrero. Unos dicen que en la colonia Veracruz y otros que en Lomas de Barrillas, pero para el caso es lo mismo pues el incipiente escándalo tuvo un efecto exponencial ante lo que estaba por llegar.

Ahí, en la zona del hallazgo, celosamente cuidada por navales y militares, por policía del Mando Único y los guaruras de la subprocuradora Samyra del Carmen Khouri Colorado, trasluce la evidencia de que el proyecto de seguridad del gobernador Javier Duarte de Ochoa es un monumento al fracaso y que los logros del combate a la delincuencia son palabrería barata y demagogia peor que inútil.

Seis cuerpos sacudieron a la sociedad. Y es explicable. Dos días después, fuentes de la Subprocuraduría revelaron que la magnitud del hallazgo es para ponerse a pensar: 18 cadáveres, de los que sólo uno, el de una joven de Jáltipan, pudo ser identificado como Sofía de los Ángeles Acosta.

Lo dice la prensa independiente. Lo sostiene la prensa oficialista. Hasta los portales duartistas en internet retratan la magnitud del escándalo. Y entre los fuegos provocados por la revelación, ni la subprocuradora intransigente ni el fiscal de Veracruz, Luis Ángel Bravo Contreras, con el espejo y la cuchara en la mano, han atinado a expresar un desmentido medianamente aceptable. Ni corrigen, ni precisan, ni confirman, atrapados en la contundencia del hecho, pasmados sin saber qué hacer.

18 cuerpos son de escándalo para un municipio donde hay violencia pero no de ese tipo. Coatzacoalcos había vivido hallazgos aislados de ejecutados en sus playas, en el campo, en las congregaciones. Pero un cementerio clandestino en su cabecera municipal no lo tenía.

De los relatos periodísticos difundidos se desprende que los primeros seis cuerpos, hallados entre el lunes y martes, corresponden a cinco varones y una mujer, todos decapitados. Para el viernes 6 encontraron 12 más.

En total había 15 fosas clandestinas. De ellas, cuatro no se usaron. Había tablas de castigo, machetes, palas para cavar y una tabla de apoyo para decapitar, según información del periodista Juan Antonio Valencia, el primer comunicador que difundió el hecho.

¿Grave? No, es peor que grave. Hay la presunción de que falta por encontrar medio centenar más. Dicen los dos obreros que iban a ser enterrados y que lograron escapar, que los sicarios les expresaban que les harían compañía a por lo menos cien ejecutados ahí sepultados.

Oficialmente sólo fueron hallados seis cadáveres. Extraoficialmente 18. Se presume que hay otros 50. Y los matarifes revelaron que son más de 100.

Coatzacoalcos apunta a ser el cementerio clandestino mas poblado de Veracruz, reflejo de la barbarie y signo visible de que ni el Mando Único, ni el Veracruz Seguro, ni la profesionalización de la policía, ni la compra de armamento, ni programa alguno han servido para enfrentar al crimen organizado.

Javier Duarte sigue en su dinámica de fracasos. Arturo Bermúdez, el poderoso secretario de Seguridad Pública, el prima donna del sanchochado duartista, sólo atina a decir que el cementerio clandestino de Coatzacoalcos le provocó un “desorden” a los programas de seguridad.

¿Desorden? No. Los despedazó la realidad. Hizo añicos la habitual verborrea de un gobernador, Javier Duarte, y corte de enanos que hablan sin ton ni son. Les pulverizó el discurso. Veracruz es un barco que naufraga en un torbellino de inseguridad y violencia, solapada la delincuencia, impune el crimen organizado, burlado el orden legal y, consecuentemente, perdida la confianza de la sociedad.

Alejandro Solalinde Guerra, sacerdote católico, ya lo decía, en 2011, y su visión fue premonitoria, crudamente descriptiva, sustentada en información de primerísima mano: Veracruz es el peor cementerio clandestino de México.

“Tiene que abrirse el suelo veracruzano, porque yo creo ha de ser el hervidero de esqueletos por donde quiera”, expresó a Imagen del Golfo el coordinador de la Pastoral de Movilidad Humana en el Pacífico Sur del Episcopado Mexicano y director del albergue Hermanos del Camino.

“Lo que yo pregunto en este momento es qué autoridad va a atreverse a hacer investigaciones en Veracruz para que empiecen a buscar cuerpos humanos, osamentas ahí en Veracruz”, dijo Solalinde.

Y expresó que existe una colusión entre criminales y policías para secuestrar y desaparecer migrantes en territorio veracruzano.

Cuatro años después, Solalinde sigue teniendo razón. Veracruz es un cementerio descomunal. La seguridad está fracturada, los programas de gobierno son maquillaje y fachada, aniquilados por la impunidad como se manejan los criminales.

Lo peor es que hallan cuerpos y los ocultan. Restringen la información, cercan el área de búsqueda, lejos de las cámaras de los fotógrafos y camarógrafos, a distancia de los reporteros. Y cuando requiere la prensa una explicación, se les reprime, son embestidos por el automóvil de la subprocuradora, acaso un delito de quien debe velar que la transgresión a la ley no exista y a quien lo comete, se le castigue.

18 es un número que alarma. 50 más. 100 ni se diga. Es lo que se halló en Lomas de Barrillas, en Coatzacoalcos, y lo que queda por rescatar. Son los cuerpos de las víctimas del narcotráfico, quizá células de una banda rival, quizá inocentes que estuvieron a la hora equivocada, en el lugar equivocado.

Pregona Javier Duarte que Veracruz es seguro. Dice que los índices delictivos se abaten, que hay una mejoría en todos los órdenes. Falso. Veracruz se encamina a ser otro Tamaulipas por el nivel de violencia; un Durango por el numero de fosas; un Coahuila por el número de cuerpos hallados; un Guerrero porque aquí, en Coatzacoalcos, ya se habla de crematorios clandestinos.

Enero fue mes de muertos, de periodistas levantados y muertos como Moisés Sánchez Cerezo. Febrero es mes de muertos y de fosas. Fosas clandestinas y un cementerio monumental, como decía el sacerdote Alejandro Solalinde.

Veracruz, hermanado con la tragedia y atrapado en el horror.

(Con información de Mussiocardenas.com)

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