El Chapo, libre o muerto

Enfurecidos, agentes de la DEA perciben “narcocorrupción” en la fuga de El Chapo Guzmán. Y así es. No se construye un túnel de 1.5 kilómetros sin logística e ingeniería, salvando obstáculos, drenajes, líneas de agua y mantos freáticos, hasta dar justamente con el área de regaderas donde se vería por última vez al líder del Cártel de Sinaloa.

Tramaron la huida sus cómplices, dentro y fuera del cártel, los de la mafia y los del gobierno, los de antes, panistas, foxistas y calderonistas, y los de ahora, peñanietistas, que en conjunto lo han librado dos veces de la cárcel y lo han encumbrado a lo que es: el narco más buscado, una vez más, del mundo.

No escapa del penal del Altiplano por una acción temeraria o por el riesgo de morir en prisión. Sale en un alarde de ingeniería, el túnel iniciando en una construcción cercana con destino preciso, bajo una regadera, retirando una rejilla y emprendiendo la huida.

Tuvo su gente a detalle los planos del penal de alta seguridad, pues de otra forma no lo podrían haber logrado. Construían justo cuando se realizaban obras en el acueducto Cutzamala, que corre paralelo a la zona de la prisión.

Dicen las versiones que a lo largo de dos horas, desde que se reporta en el sistema de video la última imagen del Chapo Guzmán, hubo un sobrevuelo de un pequeño helicóptero que se escuchaba como el zumbido de un mosco. ¿Acaso un dron desde el cual se vigilaba el área, se alertaba sobre la presencia de patrullas policíacas, se grababa todo?

Guzmán Loera dejó la prisión la noche del sábado 11. Las versiones se agolpan, descabelladas, absurdo el papel del gobierno, generando la incredulidad y la sospecha.

Refieren que después de la 8 de la noche El Chapo fue a bañarse o a lavar sus enseres personales, y ahí desapareció. ¿A las 8 de la noche qué reo se puede ir a bañar en un penal de máxima seguridad?

Salió. Se fue. Dos horas después trasciende la fuga. Minutos después el gobierno lo admite. En las primeras horas del domingo 12, corre en las redes sociales y horas después el presidente Peña Nieto, desde Francia, señala que la huida del narco es una afrenta para México. ¿Para México?

No es así. Es una afrenta para su gobierno, para él mismo, para el priísmo que se solazaba cuando acusaba a Vicente Fox y al veracruzano Miguel Yunes Linares de haber permitido la fuga del Chapo, en 2001, a unos meses de haber asumido el poder el PAN.

Guzmán Loera era un capo, pero no el líder del Cártel de Sinaloa, entonces. Pasó ocho años en prisión desde que en 1993 fue aprehendido en Guatemala. Se fugó y comenzó a encumbrarse, más sanguinario que nadie, sangrienta su lucha contra otros cárteles a los que replegó, sometió, pulverizó, invadiendo y ganando territorios.

Se expandió su poder, sin que esto fuera ajeno al gobierno federal panista y a los gobiernos estatales priístas. Pasó de ser introductor de marihuana en Estados Unidos a proveedor de metanfetaminas y otras drogas sintéticas en todo el mundo. Su fortuna creció, unos dicen a que a mil millones de dólares, otros que a 3 mil millones.

Fue recapturado en febrero de 2014, ya con Peña Nieto en el poder, siendo su primer golpe, publicitado como el sello del nuevo gobierno, con un PRI que venía por la cabeza del narco del foxismo. Agente de la DEA lo habían ubicado, dieron información a la Naval, presionaron y se ejecutó la aprehensión. Pasaría un año y medio en el Altiplano, a diario la sospecha de que se fugaría como finalmente ocurrió el sábado 11.

Nada, sin embargo, fue casual. Como dicen los agentes de la DEA, hubo logística, ingeniería, tiempo para que El Chapo emprendiera la huida, presente la corrupción, la mano de sus aliados, la complacencia del gobierno.

No fue, pues, un plan al margen de los narcopolíticos. Y no lo era porque desde la captura de El Chapo, en febrero de 2014, sectores del Congreso norteamericano presionaban para que el gobierno de Barack Obama entablaran un juicio de extradición. No se hizo. Oficialmente no se tramitó la solicitud que de concretarse habría cimbrado las estructuras del poder en México.

En manos del gobierno mexicano, los secretos del Chapo, sus ligas con el área de seguridad, las policías, políticos de alto nivel, sistema bancario para el lavado de dinero, estaban seguros. Hasta entre la narcocasta, la ropa sucia se lava en casa.

Pero, latente, el riesgo de que se iniciara un juicio de extradición y la presión del Congreso norteamericano sobre Obama, colocaban a Guzmán Loera en una disyuntiva fatal: o se fugaba o podía ser acallado en prisión. Y se fugó.

De ahí la ira y la rabia de los agentes de la DEA, descritas por el reportero Jesús Esquivel, en el portal de la revista Proceso, que evidencian que El Chapo se fugó no por inteligencia ni arrojo, ni destreza ni tenacidad. Se fugó porque lo que atesora en información ponía en riesgo a las estructuras de poder.

Refiere la información de Proceso:

“Los agentes, quienes pidieron no se les identificara por nombre, debido a la sensibilidad del caso, consideraron que la fuga de El Chapo demuestra una vez más los profundos problemas de narcorrupción en el gobierno mexicano y por la complicidad de sus socios:

“El enojo entre los agentes de la DEA se sustenta en que esta dependencia federal del gobierno de Obama, invirtió mucho dinero y tiempo en la captura del líder del Cártel de Sinaloa, ocurrida en febrero de 2014.

“Cuando se dio a conocer la noticia de que se había arrestado a El Chapo, varios legisladores estadunidenses pidieron a la Casa Blanca que presionara al gobierno de Peña Nieto para que les entregara al capo en un proceso expedito de extradición.

“La exigencia de los congresistas federales de Estados Unidos, se basaba precisamente en el temor de que El Chapo se escapara de la cárcel, como ya lo había hecho en 2001 de la prisión de alta seguridad de Puente Grande, en Jalisco.

“Oficialmente el gobierno de Estados Unidos nunca solicitó la extradición de El Chapo al gobierno de Peña Nieto.

“La fuga del líder del Cártel de Sinaloa abrirá un nuevo hueco de desconfianza en el gobierno de México, por parte de dependencias federales estadunidenses como la DEA, aun cuando están obligados a mantener una estrecha cooperación en el combate al trasiego de drogas.

“El Cártel de Sinaloa es prácticamente el dueño del mercado de heroína en Estados Unidos, el narcótico de mayor consumo en ese país”.

Dice Jenaro Villamil, también en Proceso:

“El gobierno de Estados Unidos también comenzó a presionar para solicitar la extradición de Guzmán Loera. Si algo dejaron claro El Chapo y El Mayo Zambada es que nunca aceptarían ser trasladados a Estados Unidos. En territorio mexicano son jefes de jefes, en suelo estadunidense son carne de cañón de los discursos de Donald Trump y de las redes de la inteligencia del gobierno vecino.

“No sólo a ellos no les conviene ser extraditados a Estados Unidos sino a la enorme y compleja red de protectores, cómplices y beneficiarios económicos, políticos y policiacos del poderío del Cártel de Sinaloa.

“Por ésta y otras razones, la segunda fuga de El Chapo Guzmán, ocurrida el mismo día que casi todo el gabinete de Enrique Peña Nieto viajó a Francia para autocelebrar el Mexican Moment, constituye no sólo una burla sino una demostración de la enorme capacidad corruptora del narcopoder”.

Guzmán Loera tiene un salvoconducto: esa red de corrupción, sus aliados, quienes lo han protegido, quienes lo han convertido una industria que produce millones y más millones, a quienes no conviene tenerlo encerrado por el riesgo de que sea extraditado a Estados Unidos y ahí se ventee la identidad de los alfiles de la narcopolítica mexicana.

Libre, sin embargo, El Chapo es un peligro. Y puede tener los días contados. Su silencio vale todo para el narcopoder en México.

Y para eso, como en todo, existe la paz de los sepulcros.

(Con información de mussiocardenas.com)

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