El Cine

Casa de citas

Por Baltazar López Martínez

“A mí del cine me atrajo su componente mágico, yo quería crear en ese mundo”.

-Francis Ford Coppola

“El cine no es un trozo de vida, sino un pedazo de pastel”.

-Alfred Hitchcock

“Cada vez que veo una película en el cine es mágico, sin importar cuál sea su argumento”.

-Steven Spielberg

“No hay otra forma de arte que vaya más allá del conocimiento ordinario como lo hace el cine, directo a nuestras emociones, profundamente al cuarto oscuro del alma”.

-Ingmar Bergman

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Uno de los recuerdos más remotos que tengo es el haber ido al cine. Tendría cuando mucho unos cinco años cuando me llevaron a ver una película mexicana, no sé cuál, pero era de gente a caballo. Ignoro la trama y quiénes eran los protagonistas. Lo que sí recuerdo con claridad es mi asombro en la sala enorme del “Cine Mariscala”, el sonido poderoso, pero sobre todo el milagro de que en la pantalla se movieran los caballos con sus jinetes, enormes, desproporcionados, y me preguntaba qué clase de magia había detrás de la pantalla, que animaba a todos aquellos personajes; qué engranajes había, con qué máquina fantástica se ejecutaba esa maravilla. Nadie supo explicármelo y tuvieron que pasar varios años para que pudiera entender lo que había detrás de ese prodigio.

Yo pertenezco a esa generación que creció con la radio a mediados de los sesenta. Sólo un vecino tenía una pequeña televisión de bulbos, en blanco y negro, y por cincuenta centavos nos permitía la entrada los sábados, para ver alguna película o la función de box, que se transmitía en vivo ya fuera desde la Arena México, de la Coliseo y en menor medida del Toreo de Cuatro Caminos. A mi padre le gustaba ir a ver el box, de modo que seguíamos las peleas de Mantequilla Nápoles, Rubén Olivares, Chucho Castillo, el Mortero Alonso, el Alacrán Torres, Carlos Zárate, Alfonso Zamora y Lupe Pintor, entre otros. Al poco tiempo hubo tele en la casa, una Philco de bulbos que mi mamá le compró a Isolino, un español mal encarado pero buena gente que tenía una mueblería en la colonia y que les vendía en abonos a todos los vecinos.

En esa tele vi lo más infame del cine nacional pero que entonces me parecía lo más extraordinario. Vi películas de Pedro Infante, de Antonio y Luis Aguilar, de Viruta y Capulina, de Tin Tan y de Joaquín Pardavé, por mencionar a algunos. Éramos pobres, y mucho, así es que no había manera de ir al cine, por eso la televisión fue el único contacto que tuve con las películas hasta años después, cuando entré a la secundaria y descubrí que, en el Cine Elvira, en Tlalnepantla, pasaban dos películas por el precio de una en la función del lunes por la mañana. Una de las razones por las cuales mis notas de secundaria son tan mediocres es que me fui de pinta cada lunes de los tres años que estuve ahí.

Había que ahorrar un poco a lo largo de la semana para completar los diez pesos que se necesitaban para los pasajes, la entrada, una coca y unas palomitas. Allí me puse en contacto de nuevo con la pantalla del cine, en esa decadente sala de barriada que casi daba lástima con sus butacas descarapeladas y los asientos llenos de resortes salidos. Otra vez vi todos los churros del cine nacional, a veces tan tijereteados que parecían resúmenes, desde los insoportables autoelogios de Gastón Santos en adelante, pero las que en realidad complacían al respetable eran las del Santo. Creo que en el Cine Elvira pusieron toda la filmografía del Santo hasta ese momento, y la gente, en verdad, coreaba “¡Santos, Santo, Santo!” en las acciones de lucha. Pobres. No sabían que el Santo no los escuchaba.

Entre tanto churro indescriptible, supongo que, por errores de la programación, de vez en cuando pasaban películas más inquietantes, como “El Castillo de la Pureza” (Arturo Ripstein, 1973) o “La Pasión Según Berenice” (Jaime Humberto Hermosillo, 1975), a la que los censores le habían recortado las acciones eróticas. Descubrí entones el otro cine mexicano, uno que entraba en escena con películas personalísimas, a cargo de directores que empezaban a ofrecer propuestas diferentes y provocativas, que habrían de marcar una de las mejores épocas del cine nacional.

De ahí en adelante nunca dejé el cine, aunque asisto ya muy poco a las salas. Estoy amargado y neurótico, y me molesta que la gente vaya a platicar o a estar usando el teléfono. El cine es una de las expresiones artísticas más complejas que se conocen. En él se unen la creatividad de cientos de personas, el talento y la tecnología para crear obras en verdad maravillosas, y no vale la pena presenciar ese despliegue de belleza rodeado de la patanería de quienes son incapaces de enfocar su atención por más de tres minutos. Dios bendiga a Netflix y a los demás servicios de películas por streaming.

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El cine es una de las formas más exquisitas, avasalladoras, complejas y extraordinarias del arte, y al cine terminaron por subordinarse casi todas las manifestaciones artísticas, para convertirlo en una expresión de múltiples niveles, en la que se entrecruzan la música, la literatura, las artes visuales y escénicas, la arquitectura y la escultura. Más aún, con el desarrollo de la tecnología CGI, el cine trae a nosotros mundos que sólo existen en formas de unos y ceros en las computadoras de los estudios cinematográficos, mundos creados por enormes equipos de gente talentosa y visionaria.

Hasta mediados de la década de 1980, el cine como espectáculo tenía sus propias reglas. No había manera de acceder a una película más que asistiendo a las salas de proyección. Pero el advenimiento de los dispositivos de video en forma de discos digitales y cintas magnéticas representó un desafío enorme para los cines, y muchos terminaron por cerrar, ante la ausencia de los espectadores, que preferían quedarse en casa a ver cine en video. Era más económico e inmediato, aunque de ninguna manera podría compararse con la experiencia de ver cine en el cine. Años después la masificación de las computadoras personales terminó por cerrar la pinza. Las películas empezaron a circular por internet y ya no hubo mucho qué hacer al respecto.

Las empresas de cine enfrentan ahora un desafío descomunal ante el fenómeno de la piratería, los costos de mantener las salas funcionales y la disminución de espectadores. Cierto, hay películas como Star Wars – El Despertar de la Fuerza (J. J. Abrams; 2015), que superó los mil 500 millones de dólares en recaudación en sólo tres semanas, pero son la excepción. Muchos de los filmes que llegan a las salas comerciales son incosteable, y obligan a los empresarios a ensayar diversas soluciones. Una de ellas consiste en ofrecer las películas dobladas al español.

Estoy convencido de que las voces de los personajes, sus inflexiones y acentos, forman parte de la actuación, y por tanto es imposible separarlas, a menos que aceptemos como resultado una obra de arte incompleta y en la mayor parte de los casos, adulterada. Entiendo el poderío de los intereses empresariales, pero en la mayoría de los casos doblar la película equivale a mutilarla. Como dato, les diré que el cineasta Federico Fellini jamás autorizó la transmisión de sus películas por televisión, sólo por la posibilidad de que la cortaran para incluir publicidad. “Es como si pusieran mensajes comerciales en tus sueños”, dijo.

Hace un tiempo (iba a poner “antes de la pandemia” pero a estas alturas es ya un lugar común) Pablo se quejó en el sitio web de Cinépolis porque no encontró una sola película en su idioma original. La respuesta fue contundente: comprendían su malestar, pero sus estudios de mercado indican que la gente de Tuxpan no asiste a las películas con subtítulos, sólo a las dobladas al español. Y, por tanto, no había nada qué hacer.

En días pasados, causó revuelo una modificación al artículo 8 de la Ley Federal de Cinematografía, que en su versión original de 1992 decía: “Las películas serán exhibidas al público en su versión original y, en su caso, subtituladas en español, en los términos que establezca el Reglamento. Las clasificadas para público infantil y los documentales educativos podrán exhibirse dobladas al español”. La modificación de marzo de 2021 dice: “Las películas serán exhibidas al público en su versión original y subtituladas al español, en los términos que establezca el Reglamento. Las clasificadas para público infantil y los documentales educativos podrán exhibirse dobladas, pero siempre subtituladas en español”.

Es decir, se permite el doblaje, pero se insiste en que todas las películas deben llevar subtítulos, por un asunto de inclusión de personas con discapacidad. Sin embargo, el artículo 38 del Reglamento de la Ley Federal de Cinematografía, al cual hace referencia la Ley, es más contundente: “Las películas serán exhibidas públicamente en su versión original y, en su caso, subtituladas en español”, pero ya sabemos que esta, como muchas otras leyes en México, es letra muerta.

Detrás del problema legal hay uno más de fondo y de gran calado. Los medios de comunicación abundan tanto, hay tantos canales por ver, tanta televisión, que sólo consiguen mantener la atención del espectador unos pocos segundos. Atender a un filme completo, con subtítulos, es un ejercicio agotador para una mente acostumbrada a divagar. Ver la película y leer al mismo tiempo los subtítulos devino en una actividad altamente sofisticada que pocas personas pueden realizar sin perder parte del contenido. Tenemos también el problema de que la gente no lee. No le gusta ni quiere leer. Es más sencillo presenciar la película mutilada por el doblaje que comprometerse a entenderla por medio de los subtítulos.

Al parecer, la solución al problema de que la gente no lea es ya no ofrecerles nada para leer. A ese paso nunca dejaremos de ser un país de analfabetos funcionales, incapaces de leer un texto elemental sin que se nos tropiecen las neuronas, como hizo Cuauhtémoc Blanco. Ofrecer las películas en español es fomentar el analfabetismo y la pereza. Pero el negocio indica que así debe ser. Y por eso estamos como estamos, votando por los candidatos que votamos.

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