El desfile de los desmentidos

SOBRE LA MESA

Por: Laura Cevallos Alcázar

Dicen que la democracia mexicana es muy incipiente, que es muy nueva y que apenas nos estamos acostumbrando a ella. Lo que no dicen es que, desde que somos país, los que simulaban obtener el poder para representar al pueblo y trabajar en beneficio de la nación, poco o nada hicieron para darle a la soberanía la verdadera dimensión, ni al pueblo le explicaron a qué tenía derecho al emitir su voto.

Tan solo en el último siglo, podemos contar historias que, si no fuera porque son reales, podrían muy bien formar parte de una novela picaresca. Eso de que don Porfirio enviaba ya tachadas las boletas para que los electores no tuvieran equívocos al votar por él, o la forma en que los presidentes ascendían al trono por un acto mágico llamado “dedazo”, pero sobre todo, las votaciones que sí celebraban periódicamente, en cada rincón del país, pero en que se simulaban la secrecía del voto y el respeto a los resultados: se fingía que se votaba y se emocionaba el ganador, como si fuera un concurso de belleza donde las participantes saben de antemano quien ganará y la consigna es sorprenderse y derramar algunas lagrimitas al escuchar su nombre. Éstas y muchas otras prácticas de no-democracia eran la constante.

Otra demostración rarísima que ahora nos causa sorpresa y prurito es la postura de los que ahora son la oposición, que como se están estrenando en esos menesteres, aún no se acostumbran a contender, a demostrar con trabajo, lo que realmente es ser una facción que representa a una parte del pueblo: esa que, bien por esperanza, bien en venganza contra el partido que sienten que los ha decepcionado, decide darles el sufragio y para ello, nos exhibieron todas las mentiras de que son capaces y se aliaron de forma escatológica para dar a luz un alebrije de manías viejas y promesas vacías.

En lo único en que se renuevan es en el nivel de bajezas que se atreven a ondear para hacerse de una popularidad urgente, que los regrese al palco desde el que mandaban, robaban, expoliaban a la patria y a su pueblo, explicando estos actos con fórmulas harvardianas de crecimiento neoliberal sin resultados benéficos para el pueblo, de ningún tipo.

Hoy empieza nuevamente la cargada. Están otra vez urdiendo la forma para bajar de la silla presidencial al hombre que llegó a ella con la mayor legitimidad, respeto y cariño del pueblo, en sexenios enteros y enfilan sus insultos, otra vez, contra el representante del soberano, por provenir de un origen de la no-realeza; por haber estudiado en una universidad ajena al círculo rojo, o por no transigir y permitirse los deslices propios de los políticos que se dejan tentar por la avaricia y el abuso del puesto para enriquecer sus arcas personales y familiares.

Calientan la cabeza de esa clase media que, sin saberlo, solo representa un estandarte, pero no son los destinatarios de los esfuerzos del macro-partido conservador y anti revolucionario, amalgamado con un pegote que se dice ser la verdadera izquierda y, que se han unido en una suerte de ícono de las contradicciones, con el que pocos se identifican. Esa clase media que se ofende por ser descrita sin cortapisas, por ser aspiracionista a la mala: querer llegar a la cima de sus ambiciones a toda costa y sin mayor mérito que ser el hijo de la comadre del vecino del primo del jefe que les consigue un puestito de veinte mil pesos. Y los encargados son nada menos que los medios y sus personeros que con el mayor desprecio a sus lectores tergiversan la realidad para hacerla “su verdad”.

Pronto empezará el desfile de los desmentidos en esto que se ha de llamar el “quien es quien en las fake news, la gustada y esperada sección de las mañaneras”, donde podremos atestiguar las pruebas que aseguran que tienen contra el presidente, o la aceptación de que sí, solo eran ardides y chismes de lavadero.

A partir de entonces, veremos restaurada la fe en nuestro derecho a la información, consagrado en el artículo 6° de la Constitución, y que ésta sea emitida por fuentes confiables.

Ojalá…

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