El gobernador que no gobierna…

•Apodado el Conde de Tembladeras, cada vez que Fidel Herrera aparece en Veracruz Javier Duarte, como el avestruz, esconde la cabeza
•“Si Duarte se rebelara, Fidel acabaría con él”

Javier Duarte tenía el historial político suficiente para suceder en el cargo a Fidel Herrera.

Incluso, hacia mediados del fidelato, Antonio Benítez Lucho viajó en el avión oficial de Xalapa a Poza Rica y a la mitad del camino, el góber fogoso y gozoso le dijo, mientras observaba el Golfo de México:

“En Veracruz se hablará mucho de Javier Duarte”.

Así, tal cual, en aquella frase que le sonó a bíblica, Benítez sintió la gran revelación sexenal, y por aquí aterrizó la nave se retiró con discreción de la comitiva y habló a su hermano mayor, Ranulfo Márquez Hernández, para contarle el secreto mejor guardado de cada sexenio.

Incluso, por aquel tiempo, Juan Alfredo Gándara Andrade, entonces director de Comunicación Social, acercaba a Duarte entre algunos reporteros y columnistas de norte a sur y de este a oeste.

En efecto, desde que Fidel Herrera fue declarado gobernador electo y se encerró en la biblioteca de su casa, Duarte levantó expectativas.

Y las levantó porque en una pared colocó una gigantesca cartulina con los nombres de las dependencias donde nombraría a los funcionarios como si fuese un mapa curricular y en donde figuraban, incluso, hasta los conserjes.

Graduado como doctor en Economía en una universidad europea, formado en una universidad católica como licenciado en Derecho, hijo de su amigo Javier Duarte Franco, llegó a la Secretaría de Gobernación de Jorge Carpizo McGregor, donde el fogoso era coordinador de becas.

Entonces, y toda vez que las carteras estaban ocupadas y hasta algunos seguidores hacían fila, Fidel le encargó el monitoreo de los periódicos del estado de Veracruz para desde entonces tener la brújula de la agenda pública.

EL MEJOR ALUMNO DE LA ESCUELA DE LA FIDELIDAD

Todas las mañanas, a temprana hora cuando sólo la conserjería hacía limpieza en la SEGOB federal, Duarte se ponía ante la máquina de escribir a picotear letra por letra, como las gallinitas comen el país, el dictado que desde el norte, el centro y el sur de la tierra jarocha le hacían los comisionados de prensa.

Y no obstante la modestia y la sencillez con que iniciara al lado de Fidel gracias a la recomendación del cordobés Chara Mansur, aplicado y con disciplina, rebasó a todos los compañeros de pupitre de lo que Alfredo Gándara llamaba la Escuela de la Fidelidad.

Incluso, dejó atrás hasta a Ranulfo Márquez Hernández y Antonio Benítez Lucho, los amigos y hermanos putativos de Fidel, quienes entonces se creían merecedores de la sucesión.

Desde entonces, Duarte jugó con mayor estrategia y se vendió bien.

Por ejemplo, siempre estuvo pendiente de la familia de Fidel, desde su esposa, Rosa Margarita Borunda, hasta los hijos, sobre todo, Javier, con quien hiciera más química y buen karma.

Pero, al mismo tiempo, se vendía con resultados ante Fidel, y por tanto, caminaba muchos pasos adelante del resto de fidelistas.

Además, también se blindó ante los amigos del fogoso, entre ellos, Enrique Jackson Ramírez y José Murat Casab, los tres iniciados en el sexenio de Luis Echeverría Álvarez.

Es más, sin descuidar ninguna arista fue el más tolerante con Rafael “El negro” Cruz, a quien muchos de aquel grupo consideraban una especie de bufón por sus ocurrencias y dislates.

Tal cual cercó a Fidel, y cuando el resto del equipo lo advirtió, Duarte ya tenía la candidatura a gobernador ultra contra súper sitiada.

Todavía más: cuando Fidel lo envió de diputado federal por el distrito de Córdoba, mientras unos se pegaron al coordinador de la bancada priista en el Congreso de la Unión, el salinista Francisco Rojas, Duarte se le pegó a Luis Videgaray Caso, desde entonces, el político más cercano a Enrique Peña Nieto, quien despachaba como gobernador en el estado de México.

Meses después, el mismo Videgaray serviría de puente de Duarte para un desayunito en corto y en privado con Peña Nieto en la casa del gobierno de Edomex en la ciudad de México.

“SI DUARTE SE REBELARA, FIDEL ACABARÍA CON ÉL”

Pero, bueno, Fidel le ha cobrado muy caro su paternalismo político, porque nunca, jamás, en los últimos cuatro años con cuatro meses lo ha dejado ser, a tal grado que en el imaginario colectivo se ha vuelto un estribillo decir que el que gobierna Veracruz está en palacio; quien manda, en la avenida Río Pánuco, de la ciudad de México.

Y aun cuando fuera una mentira, quizá una verdad a medias, el caso es que en la percepción ciudadana así parece, no obstante, incluso, que en el tercer informe, efectuado en el viejo castillo de San Juan de Ulúa, Duarte ocupó el mensaje político para pedir a la elite priista la ruptura con el pasado inmediato, es decir, con Fidel.

Y, sin embargo, cada vez que el fogoso aparece deja la sensación de que Duarte esconde la cabeza en el suelo, como el avestruz.

Por eso mismo, hay quienes debido a tanto magnetismo apodan a su antecesor el Conde de Tembladeras, pues ante su constructor político Duarte se proyecta como un hombre débil y frágil, sin la suficiente imaginación política para marcar la raya.

Incluso, hasta recuerdan el caso, por ejemplo, de cuando Fidel Herrera nombró a Carolina Gudiño Corro candidata a diputada federal por Boca del Río, no obstante la guerra implacable que le desatara a Duarte en el año 2010 argumentando que la candidata a la gubernatura era ella.

“Si Duarte se rebelara, Fidel acabaría con él” dice una fuente gubernamental, y por eso ha optado por la prudencia, actuando y reaccionando de igual manera como un hijo obediente ante un padre imperativo.

Duarte, pues, semejando con frecuencia un gobernador que no gobierna como alguna vez escribió Raymundo Riva Palacio de Gabino Cué.

Por: Luis Velázquez

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