El Lobo del Hombre

Casa de Citas

Por: Baltazar López Martínez

Lupus est homo homini (Lobo es el hombre para el hombre).

Plauto

El hombre es el animal más cruel.

Fredrich Nietzche

Los hombres nunca hacen el mal tan completa y alegremente como cuando lo hacen por convicción religiosa.

Blaise Pascal

En 1184 el Papa Lucio III promulgó la bula Ad Abolendam contra los cátaros, los patarinos, los arnaldistas, los josefinos y en general contra quienes “se dan a la predicación libre y creen y enseñan contrariamente a la Iglesia Católica sobre la Eucaristía, el bautismo, la remisión de los pecados y el matrimonio”. Además, el Papa en cuestión instruyó a reyes, barones, condes, beatos y en general a toda la feligresía a que estuvieran vigilantes y denunciaran cualquier práctica de hechicería, homosexualidad, adulterio. Sin embargo, en el año 1229 que el Papa Gregorio IX determinó que la tarea de castigar a los infieles era exclusiva de la Iglesia. De la iglesia católica, se entiende. Para ello creó La Inquisición.

Como los acusados de herejía y otras prácticas contrarias a la fe católica no confesaban de buena gana su culpabilidad, y aquello era dar vueltas y vueltas sin que admitieran nada, unos años después, en 1252, el Papa Inocencio IV oficializó el uso de la tortura para obtener las confesiones: “El oficial párroco debe obtener de todos los herejes una confesión mediante tortura sin dañar su cuerpo o causar peligro de muerte, pues son ladrones y asesinos de almas y apóstatas de los sacramentos de Dios y de la fe. Deben confesar sus errores y acusar a otros herejes, así como a sus cómplices, encubridores, correligionarios y defensores”.

Para cumplir con esta alta encomienda de salvaguardar la fe y obtener las confesiones de los herejes, los inquisidores idearon una serie de procedimientos y dispositivos de tortura que hasta ahora se encuentran entre los más sofisticados y crueles que puede concebir una persona. En efecto, como indica la frase de Pascal, “los hombres nunca hacen el mal tan completa y alegremente como cuando lo hacen por convicción religiosa”. Basta con dar un recorrido por la exposición de instrumentos de tortura y humillación que se exhibe en el Palacio de Minería de Ciudad de México, para comprender el grado de refinamiento al que llegaron la llamada Santa Inquisición y otras autoridades correspondientes a la Edad Media en el terreno de infligir sufrimiento al prójimo.

Para tranquilizar nuestra conciencia concluimos que eso fue en la Edad Media, en los tiempos oscuros de la Inquisición a secas, porque no tuvo ni tienen nada de santa, y tal vez nos cueste trabajo asimilar que, en estos momentos, mientras escribo estas líneas y también mientras las lees, en esos estos precisos momentos, en algún lugar de la tierra, hay alguien perpetrando actos horribles sobre alguno de sus prójimos.

La maldad individual es difícil de negar. A lo largo de la historia hay quienes se ocuparon de someter al prójimo de diferentes maneras, y de aplicarles también a tratos injuriosos y castigos corporales que rebasan en muchas ocasiones los límites de lo comprensible o lo racional. Pero como sociedad también hemos refinado el exquisito arte de ejercer la maldad, y en ese sentido cuesta mucho más trabajo comprender cómo una persona normal, un padre de familia anodino, un burócrata o una cocinera, pueden llegar a expresiones sumamente sofisticadas de maldad.

Como grupo social los hombres y las mujeres somos capaces de las peores atrocidades. Los actos de violencia contra nuestra propia especie abarcan desde las guerras y las invasiones hasta la esclavitud y el racismo. En la guerra, por ejemplo, mueren cientos de miles de personas y se cometen toda clase de violaciones a los derechos humanos básicos, como el robo, la expoliación y el asesinato. Las guerras incluyen las conquistas, las colonizaciones, las migraciones, las destrucciones por cuestiones raciales, así como el sojuzgamiento de los vencidos o su exterminio. Es difícil entender que un pueblo como el alemán, dueño de una vasta tradición cultural y de pensamiento, un pueblo refinado, cuna de grandes pensadores y de corrientes filosóficas de primer nivel, pudiera caer admitir los principios del nacionalsocialismo, y que hayan permitido o visto con naturalidad el exterminio de personas por motivos raciales en Europa.

También somos expertos en genocidio, esa práctica mediante la cual se elimina de manera sistemática a una etnia, raza, grupo religioso, nación o grupo de personas. Genocidios hemos tenido muchos, en Tasmania, en Armenia, en África, en Camboya, Bosnia y Guatemala. Las conquistas y colonizaciones de territorios durante la invasión europea a América tuvieron como consecuencia la desaparición de las tribus nativas americanas, desde lo que ahora es Estados Unidos hasta la Tierra de Fuego. ¿De cuántos millones de seres humanos estamos hablando? No tenemos la menor idea.

De la mano de la religión inventamos el terrorismo. A lo largo de los años los atentados han cobrado miles de víctimas, aunque también se puede aplicar a las personas, como es el caso del escritor Salman Rushdie, a quien el imam Ruhollah Jomeini, guía de la revolución iraní y representante de Alá en la tierra, condenó a muerte como autor del libro Los Versículos Satánicos, al que consideró blasfemo. “Hago saber a los orgullosos musulmanes de todo el mundo que el autor de Versículos satánicos, libro que va contra el islam, el, profeta y el Corán, y todos los implicados en su publicación que eran conscientes de su contenido, han sido condenados a muerte. Pido a todos los musulmanes que los ejecuten allá donde los encuentren”.

El terrorismo incluye también el secuestro y el asesinato, y lo utilizan toda clase de grupos religiosos, racistas, colonialistas, revolucionarios, independentistas y también por algunos gobiernos de dictadura para conservar el poder. El terrorismo no distingue a sus víctimas, es una forma de violencia descontrolada, como un ciego con una pistola. Es muy grave también el terrorismo de estado, que utilizan reyes, ministros religiosos y presidentes, y se vale de medios ilegítimos para mantener el poder. El terrorismo de estado se vale de la coacción, el secuestro, la desaparición forzada, la tortura, el asesinato y la ejecución extrajudicial, utilizando para ello fuerzas policiales, militares, paramilitares e incluso organizaciones clandestinas creadas con el propósito de infiltrar a los opositores y eliminarlos.

La esclavitud es otra forma de violencia que ejercemos con singular alegría. Incluye la trata de personas, la prostitución adulta e infantil forzada, el abuso sexual infantil, la violencia doméstica y la violencia contra la mujer. El homicidio, el infanticidio y el feminicidio, dan muestra del autoritarismo, la homofobia y la violencia real o simbólica que como sociedad estamos dispuestos a ejercer. La historia abunda en ejemplos, y quizá uno de los más terribles, además del holocausto nazi que ya mencionamos, sea la persecución deliberada de opositores que llevó a cabo la Iglesia católica durante seis siglos, empezando en la edad media, contra todos aquellos que profesaban una creencia diferente a la oficial, aunque la historia contemporánea abunda en ejemplos atroces, como el de la mutilación genital femenina, que afecta a más de 200 millones de mujeres y niñas vivas en los treinta países de África, Oriente Medio y Asia donde se concentra esta práctica brutal.

Lo maravilloso, lo sorprendente es que después de dos enormes guerras, una de las cuales terminó con la muerte instantánea de cientos de miles de personas en los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki no hayamos podido exterminarnos. Hacemos el intento todos los días, porque todos los días hay una guerra en curso, hay una atrocidad que se está cometiendo en contra de seres inocentes, y aquí seguimos, quizá para castigo de nosotros mismos. Puede que esto sea el infierno. Bien podría serlo.

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