El mito de la reelección

Bisagra

Por José Páramo Castro

Existen países que permiten la reelección, por uno dos o más periodos; sin embargo, en México esta figura no sólo es mal vista porque se quedaron con el trauma de la dictadura de Porfirio Díaz que no pueden superar y a toda reelección le llaman dictadura sin reparar en las leyes de los países aludidos.

Así, se considera dictador a todo aquel que se reelige a través del voto ciudadano y esto convoca al rumor de los mal informados o los mal intencionados. Sucedió en Venezuela con Hugo Chávez, sucedió en Bolivia con Evo Morales, sucedió en Estados Unidos con Obama, con Clinton, con Bush. Pero a éstos últimos nadie les llamó dictadores, a pesar de estar al frente de su gobierno dos periodos continuos que permite su Constitución.

Hay países cuyas leyes así lo permiten, pero desde la perspectiva de algunos faltos de cultura toda reelección es sinónimo de dictadura, aunque la ponderación de los votos favorezca al que debía dejar el poder y no reelegirse, según los puristas.

Ante este panorama resulta muy fácil para algunos llamar dictadura a una reelección sin más parámetros que su ligero conocimiento de la historia. O de su muy arraigado resentimiento que se traduce en mala intención a la hora de desinformar.

Acostumbrados en México a los regímenes autoritarios resulta muy difícil escuchar a la población, saber lo que quieren y conocer lo que necesitan. De ahí que una reelección impulsada por el voto popular les parezca grotesco, lo cierto es que sólo desde la perspectiva de la historia nacional no puede percibirse con claridad la historia universal y menos aún la de América Latina, que las escuelas privadas tratan de ocultar como si esa parte del continente no existiera.

La reelección no es sinónimo de antidemocracia, siempre y cuando lo vote mayoritariamente la población. Eso es la democracia. Lo que no quiere verse claro es que los ciudadanos pobres son mayoría, y son muchos pobres porque aquellos que dijeron defender la democracia sólo gobernaron a favor de una casta de privilegiados que ahora nostálgicos pugnan desde una interpretación decadente de la democracia.

Los pobres no surgen como generación espontánea, son producto de gobiernos que negaron la vinculación a la educación, la salud, la vivienda y la alimentación a la población. Mientras los pobres que multiplicaron los autoritarios sean mayoría habrá gobiernos que despojen de sus privilegios a personajes acostumbrados a la monarquía, porque no puede llamarse democracia a gobernar con tal desigualdad y tantas trampas electorales y triquiñuelas como las que imperaron por un siglo en México.

La ligereza de recoger adjetivos de la basura de la historia es una falta de responsabilidad, sobre todo cuando se desconocen las leyes de los países de los que son clasificados como sucursales del infierno.

Las diferencias sociales están más cerca de una dictadura que una reelección, siempre y cuando ésta esté permitida en las leyes. Hacer de cada reelección una dictadura implica un retroceso en las leyes electorales que ahora permiten esta figura electoral en diferentes cargos de elección popular y que ponen a prueba la eficiencia de los funcionarios públicos, porque de no ser aceptados y avalados por la población la reelección sería sólo una opción electoral innecesaria.

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