El oficio de escribir

Casa de Citas

Por: Baltazar López Martínez

 “Salvo que sea un genio excepcional que aparezca de pronto, no se puede hacer buena literatura si no se conoce toda la literatura. Hay una tendencia a menospreciar la cultura literaria, a creer en el espontaneísmo, en la invención. La verdad es que la literatura es una ciencia que hay que aprender y que existen diez mil años de literatura detrás de cada cuento que se escriba y que para conocer esa literatura sí se necesita modestia y humildad”.

– Gabriel García

 

«Tienes que amar la lectura para poder ser un buen escritor, porque escribir no empieza contigo».

– Carlos Fuentes

 

“La escritura no es producto de la magia, sino de la perseverancia”.

– Richard North Patterson.

 

Alguna vez Gabriel García Márquez dijo que de haber tenido a la mano una computadora hubiera escrito el doble. Puede ser, porque era un maniático de la mecanografía, y consideraba que los errores de transcripción eran equiparables a los errores ortográficos o gramaticales, de modo que al equivocarse no dudaba en arrancar la hoja del rodillo de la máquina y empezar de nuevo, a pesar de que estuviera a punto de terminarla. La primera novela que escribió en procesador de textos fue El General en su Laberinto, y se maravilló de poder mandarla a su editor en un disquete de 3 y media pulgadas, quizá recordando aquella remota ocasión en que se vio precisado a enviar sólo una parte del manuscrito de Cien Años de Soledad a la Editorial Sudamericana: el paquete era enorme y no le alcanzaba el dinero para pagar el porte completo.

Cierto, la computadora favorece al escritor, si es que le escritor dedica el tiempo suficiente para aprender los rudimentos del sistema operativo y el modo como opera el procesador de textos. Pero tener una computadora no garantiza que puedas escribir. La escritura es un proceso mental, en el que echas mano de tu experiencia para saquearla y hacer de ello la materia de la literatura. Si tu vida está vacía, y si no sabes encontrar lo maravilloso en los pequeños detalles de la vida, entonces el procesador de textos podrá hacer muy poco.

Sobre el arte de saquear la realidad, el mismo García Márquez aseguraba que todas las historias de Cien Años de Soledad tenían su origen en la vida real, todas, por muy fantásticas que parecieran, y que lo único que había hecho era transcribirlas con la misma cara de piedra con que se las contaba su abuela. Cuando le preguntaron sobre el episodio de Mauricio Babilonia, un hombre al que acompañaba siempre una nube de mariposas amarillas, dijo que en una ocasión su abuela exclamó, refiriéndose al hombre que tomaba la lectura de la electricidad: “¡siempre que viene ese hombre lo siguen las mariposas amarillas!”.

Con el procesador de textos y en ocasiones a pesar del procesador de textos, escribir requiere de una disciplina mental que sólo se obtiene tras la práctica obstinada y, sobre todo, como ya dijimos, de la lectura. Así como el músico conoce de memoria decenas de partituras, y practica con la música de quienes lo precedieron, el escritor debe conocer a las generaciones de escritores anteriores a él. “Creo que si no lee, no puede tener lenguaje; si no tiene lenguaje no puede pensar y no puede pensar en los problemas de este país. No quisiera ensañarme con ningún caído, pero me parece una absoluta y auténtica tragedia no de este señor, sino de México”, dijo José Emilio Pacheco refiriéndose al entonces candidato Peña Nieto, y abundó “si los límites del lenguaje son los límites del pensamiento, entonces lo veo no como un fracaso de él, sino de todos los que hemos trabajado en la cultura mexicana”.

Aunque esas palabras duras como la metralla fueron las dirigió Pacheco sobre una persona en particular, aplican a cualquiera otra, sobre todo si tiene la intención de escribir de manera más o menos coherente, aunque hay miles de desfachatados que sin haber leído ni media docena de libros se sienten escritores, o peor, intelectual. Sin leer no aprehendes el lenguaje, y sin lenguaje estás mudo como escritor. Así de simple: tu caja de herramientas estará vacía y no pasarás de ser un mediocre de la escritura. Porque el arte tiene reglas que los mediocres desconocen, o no quieren seguir, por eso son mediocres.

También hace falta mucha disciplina, como la de León Tolstoi, que escribió a mano las mil 900 páginas de Guerra y Paz, en condiciones tan precarias que el sólo trabajo físico se antoja titánico, con pluma y tinta, literalmente, sin luz eléctrica ni las comodidades de las que se rodea uno en estos tiempos. Además, Guerra y Paz revisa unos 50 años de la historia rusa, y es un tratado metódico de las guerras napoleónicas, lo cual es en sí mismo un notable triunfo intelectual, por la capacidad de Tolstoi para mantener la concordancia histórica y además coordinar la entrada y salida de escena de centenares de personajes.

Se dice que en un lapso de cinco a seis años Tolstoi rehízo unas siete veces el original, lo cual sumaría unas 13 mil páginas, a razón de 2 mil 600 páginas por año, es decir, 221 páginas al mes, y por tanto 7 páginas y media por día, suponiendo que escribiera a diario, sin excepción. Además, su esposa Sofía pasó en limpio con su detallada caligrafía rusa las mismas 13 mil páginas. Toda una hazaña. Por si fuera poco, Tolstoi escribió unas 25 obras más, entre las que destaca Ana Karenina.

El escritor argentino Jorge Luis Borges, uno de los más grandes escritores de la lengua española, se quedó ciego desde los 39 años, a causa de un golpe que se dio en la cabeza contra el marco de una ventana abierta. Esta circunstancia lo obligó a memorizar cada línea de sus relatos y poemas, y luego esperaba a que alguien le tomara el dictado. Borges se pasaba la mayor parte del tiempo ideando sus ficciones inmortales y sus ensayos, y en toda su obra se percibe el intenso trabajo intelectual que llevó a cabo. “Demócrito de Abdera se arrancó los ojos para pensar. El tiempo ha sido mi Demócrito”, escribió al respecto.

Con todo, Borges se dio la libertad de ser un tipo políticamente incorrecto, aunque sus pésimas opiniones literarias y políticas le causaron problemas y tuvieron como consecuencia que la academia sueca del Nobel se lo negara durante incontables años, hasta su muerte, acaecida en junio de 1986. Cuentan que en un ríspido debate literario entre Jorge Luis Borges y un joven escritor, el joven le dijo: “Y bueno, en política no vamos a estar de acuerdo, maestro, porque yo soy peronista”. Borges contestó: “¿Cómo qué no? Yo también soy ciego”.

Por frases como esta fue que el escritor argentino fue nominado durante años al premio Nobel y durante años la Academia Sueca se lo negó. Sin duda Jorge Luis Borges es uno de los más grandes escritores de la lengua española y para sus seguidores siempre fue lamentable que vez tras vez el premio fuera a dar a manos de escritores realmente menores y se lo escamotearan a Borges por razones políticas y extraliterarias. Cuando le preguntaban a qué se debía que no le dieran el Nobel contestaba lacónico: “a la sabiduría sueca”.

Por último, diré que a mucha la gente, sobre todo a los mexicanos, les encanta creer en la leyenda del talento natural, quizá para justificar la desidia y la pereza. “Es que ya nació con ese don”, dicen, o afirman que Dios o la naturaleza dotan a unas pocas personas de una extraña y misteriosa habilidad que los demás mortales no poseen. Están equivocados. La habilidad en cualquier campo del conocimiento, la cultura, las artes o las manualidades es el producto de un largo período de aprendizaje. Incluso aquellos a quienes podríamos denominar genios pasaron por largas y tediosas etapas de entrenamiento, como Leonardo Da Vinci, que entró adolescente al taller de Andrea del Verrochio y después de unos diez años pudo, al fin, crear una obra que fuera suya sin lugar a dudas. Se trata de uno de los ángeles en la pintura “El Bautismo de Cristo”, que fue terminada alrededor de 1475, cuando Leonardo rondaba ya los 25 años de edad.

No hay algo que de manera instantánea te lleve a crear una obra de calidad. No hay talento natural, ni heredado, ni proveniente de Dios. Incluso los albañiles necesitan años de entrenamiento para crear obras de arte con sus revocados, sus pisos, sus paredes aparentes. Hay, quizá, una inclinación natural de las personas, hacia la música, la pintura, la mecánica de automóviles, que está determinada por sus características físicas, como el oído absoluto que posee Steve Vai. Pero, aun así, es necesario desarrollar esa inclinación natural. Eddie Van Halen estudió durante años más de 10 horas al día. Steve Vai también, y lo sigue haciendo.

Así es que si deseas destacar en lo que haces ponte a trabajar, no hay atajos, no hay dones celestiales. Hay el producto de un esfuerzo sostenido, continuo y aplicado en dominar un arte o un terreno del conocimiento. Escribir es igual de difícil y requiere de años de persistencia. Pero los mediocres prefieren creer que ya saben, por eso estamos así de jodidos en nuestros indicadores de lectura, y peor, con el coro desafinado de voces que sólo hacen ruido mediático en lo que se conoce como “redes sociales” y que no es más que el micrófono abierto para el estúpido del pueblo.

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