El privilegio de la voz

Postigo

Por José García Sánchez

Los ricos en México toman conciencia que lo único que tienen ahora es dinero. Y con eso, a pesar de su costumbre, no es mucho. Ante esta situación progresiva advierten finalmente que las voces que pueden ellos reproducir en los medios, tradicionalmente conservadores, no equivalen a votos.

Esta intención puede interpretarse como la vieja idea de hace casi un siglo de Joseph Goebbels de que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad, pero aquí sería una voz repetida mil veces no puede convertirse en su equivalente en votos; sin embargo, los ricos del país, conformes con los resultados electorales y sus resultados, quieren darle el valor a la voz, propia de un grupo reducido, el equivalente en su número como si fueran votos.

En México, a pesar de los esfuerzos realizados, sólo una minoría tienen voz. Es decir, la voz, que no deja de influir en la sociedad por absurda que sea, es propiedad de quienes tienen acceso a los medios. Por ello, ahora en los medios muchos pueden ser parte de las primeras noticias, vengan del mundo de los deportes, del espectáculo, “expertos”, de la cátedra. Pero esto no es producto de la democratización de los medios sino del acuartelamiento de ideas afines a las que dan cabida a los medios. Las otras, simplemente están expulsadas de sus espacios.

Las redes sociales comienzan a democratizar la información, pero no se han democratizado los medios. Al parecer nunca lo harán y menos aún en nuestro país. Los medios han sobrevivido cuestionando a Hidalgo desde el inicio de la lucha por la Independencia, lo siguieron haciendo con Juárez durante la Reforma, algunos de los periódicos de la Revolución, todavía sobreviven y no les gustan la revoluciones ni los cambios, menos ahora que esta transformación pacífica les ha reducido la publicidad considerablemente.

Pero eso no se detiene ahí. Los agentes que operaban en los medios sirvieron durante décadas de puente entre los hombres del dinero y los hombres del poder. Era una especialidad en relaciones públicas con rasgos de aprendices de espionaje disfrazado de periodismo de investigación, cuyos datos raras veces aparecían ante el público, pero servían de mucho para establecer complicidades.

La parte conservadora de la sociedad creó un grupo sin saberlo, hilvanado por las cámaras empresariales, por los partidos políticos de derecha o bien por los anuncios que los medios tenían como prueba de su compromiso y amistad.

La radicalización de este tipo de grupos, todavía desarticulados en México, intenta crear un liderazgo contra el actual gobierno. Su endurecimiento crea victorias poco planeadas en los regímenes progresistas, sobre todo cuando no existe la conciencia de que las voces no son votos y los votos no les favorecen.

La crisis del coronavirus no la aprovecharon los conservadores para organizarse sino para crear simulacros de ofensivas anunciando la derrota del enemigo, es decir, de la actual administración pública a al que no han logrado desestabilizar ni en el discurso. No están acostumbrados a trabajar en equipo.

Los conservadores son reacios a la autocrítica debido a que deben rescatar sus intereses, le piden al tiempo que les devuelva su democracia, y esa prioridad les impide ver más allá de su propio individualismo. Ahora, pelean varios el liderazgo de un movimiento que asegura afilia a millones y que derrocará al actual Presidente de la República, pero ya hay varios empresarios que encabezan su lucha sin que haya uno solo que pueda ser apoyado por el resto.

Ahora los ricos quieren su país de regreso, quieren que el tiempo vuelva, que las voces se conviertan en votos y que sean reconstituidas sus canonjías, la gran mayoría ilegales, para que puedan tener el país que quieren.

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