Escribir o no escribir

Casa de Citas

Por Baltazar López Martínez

«El escritor es capaz de comprender, y de asumir, la soledad o el sufrimiento que otros no comprenden, la soledad del corredor de fondo, el sufrimiento de una mujer enamorada, de una mujer que nunca fue amada. Nadie como el escritor asume la desdicha y lo absurdo de la condición humana».

Juan Manuel Larrumbe

«Escribir es una forma de terapia. A veces me pregunto cómo se las arreglan los que no escriben, los que no componen música o pintan, para escapar de la locura, de la melancolía, del terror pánico inherente a la condición humana».

Graham Greene

“Para mí, escribir no es una cuestión de libre albedrío, es un acto de supervivencia”.

Paul Auster

¿Sí, pero sirve de algo escribir? ¿Acaso el mundo es más tolerable, o menos horrendo por el simple hecho de que haya gente tratando de asumir la desdicha de otros y lo absurdo de la condición humana? Mucha gente escribe. Millones. Pero no todos son escritores. Son los portavoces de La Legión de Idiotas, aporreando teclados, metidos en el procesador de textos, todos ansiosos por dar a conocer su punto de vista sobre la muerte y el amor. Hay millones de voces en este concierto desafinado, esta Babel que produce millones de páginas a diario. Sin embargo, el mundo es una mierda y está sumergido en un baño de sangre que no cesa. ¿Y todavía hay quienes piensen que escribir sirve de algo?

Mi papá, de quien les platiqué un poco hace unos días, pensaba, no sin cierta razón, que escribir es un pretexto de huevones para no trabajar. Cada que me encontraba emborronando cuartillas frente a la Lettera me miraba con lástima, y no perdía la oportunidad para definir lo que éramos los pobres diablos que estábamos escribiendo a esa hora de la madrugada: unos muertos de hambre. Lamento darle la razón a estas alturas de mi vida, porque todo aquel que desee asumir la profesión de escritor debe prepararse para vivir en la pobreza. Por cada escritor millonario como Stephen King hay cientos de miles de escritores viviendo en la miseria, o en trabajos alternos que poco o nada tienen que ver con la literatura.

Sin embargo, puede haber dignidad en la pobreza. La frase “muerto de hambre” implica un profundo desprecio por las actividades artísticas, que causan en quienes las practican una especie de vergüenza por ser improductivos, por dedicarse a algo tan superfluo en medio de tantas carencias. Yo estoy seguro de que la belleza es indispensable para sobrevivir a estos días de horror, porque a final de cuentas cuando los arqueólogos exploran las ruinas de las civilizaciones que nos precedieron no descubren discursos políticos, descubren obras de arte, algunas que datan de tiempos inmemoriales, como las pinturas en las cavernas de Altamira y Lascaux, por ejemplo.

Puede que no sirva de nada (a esa aterradora conclusión llegó Elías Canetti, y por ello le dieron el Premio Nobel, qué paradoja). Pero escribir es un vicio abrasivo, avasallador, un vicio solitario del que es imposible desprenderse. Los motivos para escribir varían, puede que uno lo haga para conquistar con poemas a las muchachas de las que se enamora, para eliminar las máscaras de la sociedad, para lanzar consignas y diatribas, para enmendar al mundo en la medida de lo posible.

Mi papá pensaba que era mejor ganar dinero aunque fuera vendiendo chicles que pasarse las horas interminables frente a la máquina de escribir o frente a la mesa de dibujo. Cuando en 1996 me pagaron 500 pesos por el primer artículo que publiqué en “La Jornada” supe que había sido un triunfo de la voluntad, y que al final de cuentas escribir podía tener cierto sentido práctico y podía servir para llevar el pan a la mesa. Y fue mejor aún porque escribí como quería y pocas veces me corrigieron un texto.

El que escribe conoce de la condición humana. La historia de la literatura abunda en ejemplos que así lo comprueban. La Ilíada, por ejemplo, o El Quijote. Pero también puedes palpar el sufrimiento, el dolor y la rebeldía en los poemas de César Vallejo, o en la obra inacabada de José Carlos Becerra. Cuando los leo, cuando camino con ellos como si fuera acompañado de mis amigos, me doy cuenta de que vale la pena escribir. Pero luego leo las noticias y miro al mundo y me convenzo de que todos esos esfuerzos, toda esa belleza, ese coraje, poco pueden contra la mezquindad humana, y comprendo que da lo mismo, que los hombres siempre tendrán un motivo para avasallar al prójimo, para odiarlo, y que toda la literatura nada puede hacer ante esa aterradora realidad.

Sólo queda seguir con la literatura como una forma de terapia que te salva de la locura y el horror pese a que en ocasiones esa locura, esa cosa horrible que es la vida, sea la materia misma de la literatura. Escribir es un arte solitario. El escritor está solo frente a sí mismo, frente a sus fantasmas y sus tragedias personales. Sabe que es inútil escribir nada, pero de igual manera continúa, sin permitir que la desesperanza o la infelicidad, el tiempo, la adversidad e incluso la alegría de los buenos momentos lo alejen de su cometido.

Como les decía, escribí de manera constante en los periódicos desde que en 1996 me pagaron en La Jornada 500 pesos por una columna. Escribí, debo decirlo, para el olvido. La escritura fue mi ventana al mundo, y ese mundo me dejó hastiado. A principios de este año, después de más de 20 años dejé de hacerlo. No podía más con el asco, la pesadumbre, y con la certeza de que fue inútil. Y en realidad lo fue.

No fue sino hasta hace unas pocas semanas que decidí emprender de nuevo este vicio absurdo, y aproveché la generosidad de Ángel Álvaro para reunirme de nuevo con ustedes. Perdonen que no me ocupe de la política, habiendo tanto qué decir, pero como les dije, quedé hastiado. Ahora quiero escribir sobre lo que me pasó en la vida, siguiendo el consejo de Henry Miller: “No hace falta escribir sobre China, escribe sobre lo que llevas dentro”.

Escribir es arrojar una botella al mar, con un pequeño mensaje personal, irrepetible. Y aunque el mar sea enorme y la travesía azarosa, por más que el pequeño mensaje se pierda en la oscuridad del tiempo, por más que las palabras terminen por desvanecerse en la indiferencia del universo, habrá que seguir. No sé si sirva de algo. Tengo 56 años de edad. Escribo desde que tenía 14, y todavía no sé la respuesta.

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