Familiares de pacientes con COVID duermen a la intemperie en espera de noticias

“Yo también era de los que no creía. Hasta que enfermó mi hermano”. Ramón lleva tres noches durmiendo en el exterior del Hospital General de Zona 1A Venados y reconoce que antes era de los escépticos, los que no terminaban de asumir la existencia de la COVID-19. Hasta que tuvo que traer a su hermano en un taxi y dejarlo ingresado sin saber qué va a ser de él. Desde entonces no se ha movido de la puerta del hospital. Y no tiene previsto hacerlo. Tose ligeramente y se protege con un cubrebocas, pero dice que se encuentra bien.

Es miércoles 3 de junio, pasan algunos minutos de las 22 horas y a su alrededor, en el exterior de la zona de urgencias del hospital Venados, hay unas 25 personas. Algunos son familiares de pacientes sospechosos de padecer COVID-19. Otros llegaron por algún problema médico diferente. Todos tienen la intención de pasar la noche a la intemperie.

“Me quedo porque me resulta más sencillo. Así, si salen para informar, estoy aquí”, explica Ramón.

La pandemia por COVID-19 y la posibilidad de contagiarse no ha frenado una práctica habitual en hospitales de la Ciudad de México: la de familiares que pernoctan en las inmediaciones de los centros sanitarios. Aguardan a que los médicos les den el informe diario, les pidan que vayan a comprar medicamentos o, en el mejor de los casos, lleguen con el alta de su familiar.

Las autoridades insisten en que no es recomendable esperar en el exterior de los hospitales. Cuando el paciente llega la primera vez sí se pide que los allegados se queden mientras se realiza el triage, la primera evaluación en la que se determina qué hacer con el enfermo. Sin embargo, luego se ofrece la opción de informar a distancia.

El Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) ha dispuesto el teléfono 800 623 2323 y el correo electrónico atnder@imss.gob.mx para que los familiares puedan recibir el informe sin tener que permanecer 24 horas en el exterior de las instalaciones hospitalarias y arriesgarse al contagio. Sin embargo, hay familias que todavía siguen quedándose en el exterior de centros médicos como el “Venados” o el Hospital General.

Ramón dice que prefiere aguardar ahí porque irse a su casa en Sant Fe y regresar es muy costoso. Además, ha pedido un permiso en su trabajo y no se le ocurre otra cosa mejor que permanecer lo más cerca posible de su hermano.

Él viene preparado, con cobijas y algunas botanas. No es el único. En una de las esquinas junto a las escaleras ya hay tres personas acostadas, cubiertas completamente y en la rampa que separa la entrada al hospital del acceso de las ambulancias, otro hombre se ha tumbado y se prepara para pasar la noche. Hace una semana, una familia se instaló con una carpa durante varios días, pero ya se marcharon.

En la acera, un hombre vende dulces y cigarrillos y dos taxistas advierten del tamaño de las cucarachas que se pasean por el árbol en el que iba a sentarse otra familiar que espera a un posible enfermo de coronavirus.

De repente, la conversación se interrumpe. Llega una ambulancia y todo el mundo guardia silencio. De su interior sacan a uno de los pacientes completamente aislado. Es un posible caso de coronavirus. Los que esperan ya han pasado por este mismo proceso. Algunos en ambulancia. Ramón y su hijo, en un taxi al que tuvieron que apurar porque a su hermano le faltaba el aire. La irrupción del vehículo medicalizado genera un momento de empatía de grupo. Otro enfermo más. Podría ser el hermano, la madre, o el tío de cada uno de ellos. En el aire hay una especie de pésame colectivo.

 

“Nos dicen que está un poco grave. Pero por el momento solo estamos a la espera de que digan algo porque hasta que vean qué onda. No sabemos cuándo podrá salir”, dice Ramón, sobre su hermano.

Según relata, se contagió trabajando como guardia de seguridad en una empresa. Llevaba varios días enfermo hasta que empeoró y tuvieron que traerlo rápidamente. Ahora solo queda esperar.

Alejandra no quiere dar su nombre y está aquí porque dice que no se fía. Se queja de que a su familiar, con síntomas de posible COVID-19, lo trajeron desde el Hospital Troncoso un día antes sin siquiera avisarles. “Lo trasladaron de forma forzosa. Pero tenía que estar algún familiar con él por si le pasaba algo. Sin embargo, cuando llegamos no estaba y nadie nos había avisado de que lo trajeron aquí”, protesta. Nadie le ha explicado por qué le cambiaron de hospital.

“Una doctora salió a comentar el estado, nos dijeron que nos iban a dar otro informe, pero hubo un cambio de turno y ya no dijeron nada”, dice.

La mujer viene con un bolso en el que lleva algo de abrigo, por si acaso. Dice que la zona le genera intranquilidad, que cree que existe riesgo de contagio. “Llevamos todo el día alejándonos, porque la gente no mantiene la distancia. Es un riesgo, porque no se cumplen las medidas y aquí estamos expuestas”, dice.

La misma escena se repite en el Hospital General. Aquí el campamento es más sofisticado. Hay gente que duerme bajo cobijas en los bancos ubicados en el exterior de las urgencias y gente que se trae el coche como alojamiento temporal. Este es un hospital híbrido así que los pacientes que llegan pueden tener síntomas de COVID-19 o venir con los problemas habituales que ocupaban los centros médicos antes del coronavirus.

A finales de mayo, Karina, originaria de Iztapalapa, aguardaba a su suegra, Laura.

“Entró con falta de respiración. Fue un recorrido muy largo. La llevamos a una institución privada y dijeron que traía alta el azúcar. Teníamos que internarla. Fuimos a hospital particular, porque iba mal. De ahí a la clínica 31, pero nos dijeron que no la podían atender, que teníamos que buscar hospital”, explica.

Al final, fue ingresada con síntomas de COVID-19 el viernes 22 de mayo. Según explica Karina, “mientras que ella estaba en urgencias no nos podíamos ir, un familiar debía estar 24 horas”.

Por eso espera la familia en la calle, sentadas en un banco y con el coche para dormir. Junto a Viridiana, que espera a su padre, que cayó enfermo tras beber alcohol adulterado, dejan pasar las horas jugando a cartas y charlando.

Dicen que tienen dos grandes incomodidades: las ratas y los franeleros, que les cobran 40 pesos por mantener el vehículo estacionado cada vez que cambian de turno, aunque no lo hayan movido.

“Ella empezó en su casa con dolor, estuvo 15 días con gripa, dolor de anginas y todo se fue complicando”, explica Karina. La angustia del que espera es cruel. En aquel momento, Laura no había dado todavía positivo y se encontraba en un ala para pacientes con problemas respiratorios pero sin confirmación de coronavirus.

Ahí en el exterior del hospital se tejen grandes complicidades. El dolor por no saber qué ocurre con un familiar enfermo, la incertidumbre hasta que salen los doctores con el informe del día, las conversaciones sobre los medicamentos y lo caro que resultan.

El 1 de junio, dos semanas después de permanecer todas las noches en el exterior del Hospital General, Karina recibió la peor noticia del mundo: su suegra no superó el coronavirus. A su alrededor, otros familiares aguardan. Era una práctica habitual antes de la COVID-19 y la pandemia no ha terminado con ella. Hay miedo al contagio, pero hay quien considera que no tiene otra opción que exponerse.

Con información de Animal Político

 
00
Compartir