Fidel Herrera, lección de cinismo

Cínico, desparpajado, va Fidel Herrera Beltrán a Boca del Río, feudo yunista, ahí donde el PRI se descalabra y se vuelve a descalabrar, trepado en los humos de la soberbia y confiado en que la memoria de los veracruzanos es, por lo menos, volátil. Esa es su apuesta. Cree en el olvido y en la fuerza del engaño.

Irrumpió en la campaña priísta de su alumna, Carolina Gudiño Corro, candidata a diputada federal por el distrito de Boca del Río, el sábado 30. Se paseó, habló y dijo apuntalar a la mejor carta del PRI y que los mejores momentos de México se le deben al PRI.

Eso dijo, pero Fidel Herrera va más allá. No acompaña a Carolina Gudiño Corro; la lleva de comparsa. Simula que respalda su campaña, que refuerza esa proeza de querer vencer al PAN en territorio de Miguel Ángel Yunes Linares, su eterno y enconado enemigo, de odios fraternos, celebérrimos, políticos y personales.

Fidel llega y se roba el escenario, no porque sea un ícono, ni un líder, ni un dechado de virtudes, ni el ejemplo a seguir, ni porque echar aire a Carolina sea su misión, pues la señora provoca triste recuerdos y mayores iras a los jarochos pues su paso por la alcaldía de Veracruz fue una cátedra de incapacidad, ineficiencia y corrupción.

Nada tiene la insípida Carolina en su loca aventura de ser diputada federal, si se recuerda que ejerció la alcaldía de Veracruz con la mano larga y uña fina, y si se advierte que fomentó un contratismo al estilo fidelista, con obra pobre y derroche magnánimo.

Políticamente, pues, Carolina Gudiño es un caso perdido, sin votos que le ayuden a no ser los de los esclavos de los programas sociales, los beneficiarios de la dádiva oficial, el voto duro del PRI. Fuera de ellos, la princesa del fidelismo está a expensas de las tretas y las trampas que no le son ajenas pues con ellas llegó a la alcaldía de Veracruz.

Fidel despierta el morbo, descarado en su regreso luego de tanto agravio al pueblo, de dejar a Veracruz en la quiebra, sin finanzas, con un gobernador a modo, Javier Duarte, cómplice silencioso, callado, atado a su pasado porque si uno saqueó, el otro también.

Repudiado y malquerido, no hay quien obvie, ni justifique, ni olvide que Fidel Herrera entregó a Veracruz al crimen organizado, los territorios usados por bandas que lo mismo trasiegan droga que trafican migrantes, que se dedican a la trata de personas, que reclutan indocumentados y los vuelven sicarios o narcomenudistas y a las mujeres las prostituyen, o a los niños les extraen los órganos en uno de los negocios más crueles que puedan existir.

Representa lo peor Fidel Herrera. Su gobierno auspició la llegada de bandas criminales que le robaron la tranquilidad a los veracruzanos, que se apoderaron de todo, cruzado de brazos el gobierno y su policía mientras la sociedad comenzaba a sentir el poder del miedo.

Fidel Herrera fue omiso y cómplice mayor. No hay organización criminal que no opere con el visto bueno del gobernante en turno. Así ocurrió en Veracruz.

Decía Fidel Herrera que la delincuencia mayor era responsabilidad del gobierno federal y a él debían dirigirse la crítica y los reclamos de la sociedad. Sí y no. Constitucionalmente sí, pero en Veracruz hubo complicidad institucional. La policía, los ministerios públicos, los jueces, el tribunal, las instancias de información clave, incluso la prensa, todas callaron porque hubo un gobernador que instruía a no hablar de Zetas, de violencia in crescendo, del secuestro y la extorsión.

Se le repudia por el daño causado, por la brutal deuda pública y el saqueo vía fideicomisos, vía el manejo arbitrario de los recursos federales, por el rezago social, por haber hecho de Veracruz un escenario de caos.

Perdió Veracruz su derecho a crecer, a abandonar sus rezagos, a explotar sus recursos, a tener una mejor calidad de vida. Fidel Herrera le canceló su futuro, lo sumió en una debacle financiera que cinco años después, con Javier Duarte, no sólo no se abatió sino que se redimensionó.

¿Qué le dio Fidel Herrera a Veracruz? Seis años, los suyos, fueron de embustes y mentiras. Dibujó un escenario de jauja, de alegría, de progreso, de desarrollo. Soltó la lengua con la maestría que suele hablar. Y convenció mientras pudo. Una vez que la realidad se impuso, desmintió y nadie le volvió a creer.

Va a Boca del Río y sólo suscita morbo, mentadas, sorna y maldiciones, no de los acarreados con quienes posa la foto, sino de 8 millones de veracruzanos que lo ven como el peor gobernador que haya pasado por el palacio de Xalapa.

Usa a su pupila para regresar al escenario público, apuntalando una candidatura condenada al fracaso. En Boca del Río, priístas y no priístas tienen la certeza que Carolina Gudiño y el PRI sólo ganarían la elección comprando los votos, cobrándole a los pobres los beneficios de los programas sociales, coaccionando a quienes intenten castigar con su voto al PRI.

Fidel Herrera es marrullero y rapaz. No vacila en usar el presupuesto oficial y la burocracia mayor. Así lo hizo cuando fue gobernador de Veracruz e impuso alcaldes y diputados locales y federales. Decía que en política lo que se pague sale barato. Y si es dinero del pueblo, mejor.

(Con información de mussiocardenas.com)

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