Fidel Herrera y Marcelo Montiel: pleito a muerte

Fidel Herrera Beltrán es truculento, mañoso, voraz y despiadado, pero ni cuando estaba “en la plenitud del pinche poder” pudo someter a Marcelo Montiel Montiel. Lo cercó. Lo marginó. Le regateó espacios. Le concedió una alcaldía. Le arrebató dos. Y hoy, por una diputación, se han vuelto a agraviar.

Su pleito es, como dicen los clásicos, a muerte. Y si no, es hasta ver quién despedaza a quién. Proviene de los días en que Fidel Herrera aspiraba a ser gobernador de Veracruz, en 2004, y daba rienda suelta a su hiperactividad política, amarrando, soltando, trabando acuerdos, pactando por cuenta propia, decidiendo por encima de los caciques y los hombres de poder.

Fidel era Fidel. Venía a llenar el vacío generado por Miguel Alemán, un gobernador que nunca lo fue, su poder delegado en achichincles y asesores, un Montano, un López Delfín, y ellos, igualmente neófitos políticos, actuaron movidos por la mano de Flavino Ríos y Edel Álvarez, dos priístas de medio pelo, a quienes la suerte los hizo más ricos de lo que ya eran.
Llegó Fidel Herrera e impuso a los suyos. O avaló los acuerdos finales de Alemán. Fidel Herrera vio el conflicto entre Marcelo Montiel y el Clan de la Succión, los Robles que pretendían que el consorte de la hija, Iván Hillman Chapoy, cumpliera su capricho de ser alcalde de Coatzacoalcos aunque no tuviera con qué.

Caló así Fidel a Marcelo. Cada quien hacía su juego. Infló el alcalde a su director de Obras, Marco César Theurel Cotero, entonces iluso, ingenuo hasta el insulto, incapaz de imaginar que era usado, manipulado, proyectado para ejercer presión y permitir que Montiel Montiel sacara provecho y beneficio político.

Por las calles de Coatzacoalcos se observaron marchas, expresiones de repudio a Iván Hillman, respaldo a Theurel. Operaba Marcelo Montiel con toda su estructura. Convocó al pueblo, priístas y no priístas. Obligaba a los comerciantes, a los ambulantes, a los dueños de bares y cantinas, a los meseros y hasta a las teiboleras, pues se trataba de movilizar contingentes. Las putas en campaña también cuentan.

Creada la insurrección, negociada entre las sombras, había que sofocarla. Theurel fue desinflado a la misma velocidad que Marcelo lo hizo crecer. Cedió el espacio a Iván Hillman. Se dejó humillar. Acudió a levantar el brazo de su rival. Y Marcelo portó la playera de Iván, vituperado, insultado, objeto de mofas, mentadas y procacidades que expresaba un grupo político, el ivanismo, que a la postre no sabría cómo gobernar Coatzacoalcos, viles ladrones por cuyas manos pasaron 2 mil millones de pesos, los agotaron y no dejaron una sola obra de valía. Hoy son acaudalados gasolineros.

Fidel le arrebató esa alcaldía a Marcelo Montiel. Y a cambio, Marcelo obtuvo dos candidaturas a la diputación en los distritos Coatzacoalcos I y II, para Theurel y para él, respectivamente, que en el último instante desdeñó y forzó a una nueva negociación. Marcelo fue diputado por Coatzacoalcos urbano y a Theurel se lo llevó Fidel, a regañadientes, a su gabinete.

Tres años después, en 2007, Marcelo Montiel volvió a Coatzacoalcos. Apuntaba en las encuestas en la cúspide de las preferencias. Y en el reporte que tuvo en sus manos Fidel, decía que si jugaba por la oposición también ganaría. Fidel lo hizo alcalde.

Tres años después, Fidel Herrera le cobró la soberbia a Marcelo Montiel. 2010 fue escenario fidelista. Prefabricó dos candidaturas: la de Gonzalo Guízar Valladares y la de Joaquín Caballero Rosiñol. Y a los dos les dio cuerda.

Avanzaban los meses y Guízar se afianzaba en la candidatura, diseñada para él, ofrecida por el fidelismo, destapado por Javier Duarte, entonces diputado federal, enfilado el gordobés a la gubernatura de Veracruz.

Marcelo postulaba a Joaquín Caballero. No sería candidato, y lo sabía, pero le servía para negociar, regatear espacios, asegurar la siguiente presidencia municipal.

En la recta final, iniciado el ritual priísta, la selección de su candidato, Fidel descartó a Gonzalo Guízar y a Joaquín Caballero. Eligió a un tercero en discordia, Marcos Theurel, escondido y agazapado desde que un camión cayó del puente Bicentenario, en Xalapa, y exhibió la porquerías construidas por la Secretaría de Comunicaciones, que él encabezaba.

Así ha sido la pugna Fidel-Marcelo. Se retan, aprietan, distienden, se arreglan o se agravian.

Ausente Fidel Herrera, en 2012 Marcelo Montiel impulsó a Joaquín Caballero Rosiñol y lo hizo diputado federal. Y de ahí lo trajo a la alcaldía de Coatzacoalcos.

Tres años después pretendió poner en esa ruta a Víctor Rodríguez Gallegos, su brazo derecho, subdelegado administrativo de Sedesol federal en Veracruz.

Vía Javier Duarte, Fidel Herrera volvió a generar un escenario de encono. Enfrentó la propuesta marcelista con el marcelismo irreverente. Marcelo postulaba a Víctor Rodríguez, Joaquín Caballero al director del DIF, Jesús Moreno Delgado, un peón de Marcelo, ambivalente, de espíritu traidor, asiduo al destrampe y la botella, que solía tirar el trabajo por una noche de juerga, así tuviera que ser anfitrión de la élite de Sedesol nacional.

No fue Víctor Rodríguez ni Jesús Moreno. El escenario fidelista sirvió para imponer la candidatura del ex panista Rafael García Bringas, médico, oftalmólogo, ex alcalde sustituto, ex diputado local dos veces, por el que los priístas sienten un especial rechazo y un marcado repudio. García Bringas le debe su reinserción política a Fidel Herrera.

Fidel Herrera se salió con la suya. Reventó a Marcelo Montiel y le minó el camino. Ni diputación ni próxima alcaldía de Coatzacoalcos, escenario de guerra, de encono, de conflicto, de cuentas por cobrar, pugna en alta entre el marcelismo y las otras corrientes del PRI.

Robar no le es ajeno a Fidel Herrera. Robarse una candidatura menos. Su conflicto no está ahí. Está en la impopularidad del candidato García Bringas, su bajo perfil, la nula identificación con la militancia, su carencia de estructuras electorales, así presione el alcalde Caballero a sus empleados, así amenace con el despido, así use los recursos municipales para resucitar a un muerto. El que está muerto, muerto está.

Marcelo Montiel tiene la operación electoral del distrito. Había trabado alianzas con el alcalde de Agua Dulce, Daniel Martínez, y mantiene un nivel de confianza con el cacique petrolero de Nanchital, Ramón Hernández Toledo. Coatzacoalcos es su feudo. Posee la mayor estructura para promover y cuidar el voto. Y también para votar en contra.

Agraviado, el marcelismo repudia a García Bringas. Lo ven intruso, enemigo. En 2007 lo enfrentó Marcelo Montiel, cuando el hoy candidato del PRI era panista y quería ser alcalde. García Bringas exhibió el “libro negro” que contenía al detalle corruptelas financieras, desvío de recursos, pagos irregulares de obra pública, la desaparición del impuesto por traslación de dominio cobrado a las petroquímicas.

García Bringas exhibió esa prueba y arremetió contra Marcelo. Y eso hoy es lumbre para el marcelismo.

García Bringas es un enemigo del marcelismo. Torpedeó a su líder. Lo enlodó. Agravió a todos, incluido al hoy alcalde Caballero, por los tiempos en que fue subdirector de Desarrollo Urbano.

García Bringas, el candidato de Fidel Herrera, intentó borrar del mapa a Marcelo Montiel. Lo tildó de abusivo, de mentiroso, de corrupto. Su publicidad se fincó en las transas de Marcelo y en lo que prometió y no llegó a cumplir. Pero no lo pudo derrotar.

Y así quieren Fidel Herrera y Javier Duarte que el marcelismo lleve a García Bringas al Congreso federal. O sea, primero te escupo y luego te beso.

Marcelo Montiel y el marcelismo están en pie de guerra. Dicen que van a operar, que el PRI es prioridad, que en política hay que saber olvidar. Pero el conflicto ahí está.

Marcelo y Fidel traen pleito a muerte. Y el marcelismo se la va a cobrar.

(Con información de mussiocardenas.com)

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