Gobiernos parásitos

Por Ricardo Homs

La pretensión del presidente de México de convertirse en líder moral de Latinoamérica entraña un grave riesgo: que nuestro país se convierta en el patrocinador de varios gobiernos de Latinoamérica, como son Cuba, Venezuela y Nicaragua, hasta hoy, pues el número puede crecer.

Mientras Cuba se convirtió en el enclave soviético en América y a cambio de ello el gobierno de Fidel Castro recibió del gobierno de la URSS todo lo necesario para mantener su autonomía y los recursos para satisfacer las ambiciones de sus élites políticas, fue un gobierno soberbio.

Cuando la URSS desapareció y con ello su ayuda sistemática, fue que Hugo Chávez, presidente de Venezuela, que era una potencia petrolera, se convirtió en su aval financiero, hasta que esa pesada carga debió haberse convertido en una de las causales de la destrucción de la riqueza de Venezuela.                                              

El discurso zalamero del dictador Díaz-Canel durante el festejo de la independencia de México, queriendo envolver a nuestro presidente… muestra con claridad el objetivo de comprometer emocionalmente al presidente López Obrador.

La actitud soberbia y retadora de Maduro durante la reunión de la CELAC, nos refleja la calidad moral de la persona y del gobernante, quien se dice amigo de México, pero que robó protagonismo a nuestro presidente, que era el anfitrión.

La supuesta izquierda representada por estas naciones está muy lejos de las promesas socialistas, pues han empobrecido a sus respectivos pueblos y no han ofrecido oportunidades a los que nada tienen, pero sin embargo sí empobrecieron a quienes ya habían construido un patrimonio familiar.

Los gobiernos de esos dos países lo único que buscan son beneficios económicos.

Los gobiernos mexicanos “de antes” nunca cayeron en el juego zalamero de Cuba. Apoyaron moralmente a ese país, pero sin comprometer recursos económicos y menos aún su relación con el socio más importante que tiene México: Estados Unidos.

La falta de congruencia de los gobiernos de Cuba y Venezuela es evidente. 

En contraste la estatura moral de José Mujica, expresidente de Uruguay, establece grandes diferencias entre los auténticos socialistas y los que simplemente aprovechan las circunstancias del poder que heredaron de los hermanos Castro, el primero; y de Hugo Chávez, el segundo.

Podremos no estar de acuerdo en su estilo de ejercer la política, ni en su modo desparpajado de comportarse, pero las decisiones de Mujica como presidente de Uruguay siempre se alejaron de la ideología y gobernó para todos, buscando un verdadero beneficio colectivo. Impulsó la productividad para bajar la pobreza y el desempleo y tuvo siempre la sensibilidad para estar cerca de la gente vulnerable.

Y de su modo de vida austero, aun siendo él presidente, habla el hecho de que vivió en una finca rústica en el campo, pues él era agricultor.

Su vida privada, siendo un convencido socialista que incluso formó parte del grupo guerrillero Tupamaros, nos muestra el compromiso con sus ideas y convicciones. Fue herido seis veces y pasó en prisión casi quince años de su vida. La congruencia entre lo que proclamaba verbalmente a la sociedad y su conducta cotidiana, es un ejemplo de respeto a la actividad política.

La congruencia genera respeto primeramente y autoridad moral.

Diferente es la interpretación de la vida por parte de quienes militan en la izquierda, como la que tienen los otros mandatarios latinoamericanos que presumen la medianía que proclamaba Juárez y hasta dan lecciones de moral, pero su familia vive en la opulencia y los lujos, haciéndose ellos de la vista gorda cuando la prensa aborda este tema.

Buscar el liderazgo de Latinoamérica a costa del patrimonio de los mexicanos no sólo es un error, sino una injusticia frente a los recortes presupuestales que este gobierno ha aplicado a rubros como medicinas y hospitales, así como la desaparición de fondos y fideicomisos que, si bien durante los gobiernos anteriores pudieron haber sido administrados en un entorno de corrupción, no ameritaban su desaparición, sino su reorganización y una mayor supervisión financiera.

Desmantelar la estructura gubernamental, que era eficiente para ahorrar dinero, convierte en una aberración regalar recursos a países con gobiernos dictatoriales, que además masacran los derechos humanos, como manifestó el presidente de Uruguay Luis Lacalle, con congruencia y dignidad, así como el de Paraguay. Ellos manifestaron que su asistencia a la reunión de la CELAC no era un espaldarazo a los países autoritarios que masacran los derechos humanos.

Los amigos del presidente en turno no tienen que ser amigos de México, y menos aún tendría que patrocinar nuestro país a sus gobiernos.

¿Qué le parece?

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