Golpe civil a Venezuela

Escenarios

Por Francisco Blanco Calderón 

La locura o estupidez del gobierno de un país invasor, controlador de sus recursos y de sus procesos democráticos, cobra en esta ocasión la posibilidad de desencadenar una conflagración mundial.

Estados Unidos, con John F. Kennedy, invadió Cuba en Bahía de Cochinos, acompañado de gusanos cubanos y su fuerza militar. Un fracaso completo. Ronald Regan intervino, financió, movilizó expertos militares, drogó a sus propias tropas, y contrató a mercenarios locales para ahogar y aniquilar a la naciente revolución sandinista en Nicaragua, resultado un fracaso también. Lyndon B. Johnson llevó a Estados Unidos al gran fracaso bélico en su intervención en Vietnam. Richard Nixon junto a Kissinger dieron el golpe de estado en Chile para anular a Salvador Allende. Más adelante, los Bush, padre e hijo, en su mediática guerra del Golfo, destruyó a Irak y su bastión histórico cultural en Bagdad. Hoy Donald Trump, con nueva estrategia al incorporar no sólo a los ciudadanos locales descontentos, sino integrar a países hermanos, se presta a desatar un proceso bélico sin dimensiones, en Venezuela.

Bernie Sanders, senador demócrata instó a Washington: «No debemos apoyar golpes de Estado… no estar en el negocio del cambio de régimen o del apoyo a golpes de Estado, como EE. UU. lo ha hecho en Latinoamérica».

La locura del poderío gringo se lanzó contra Fidel Castro, Daniel Ortega, Ho Chi Min, Salvador Allende, Saddam Husein y ahora está obsesionado con Nicolás Maduro, sucesor de Hugo Chávez. Los pueblos intervenidos lucharon por su soberanía e independencia apoyados por una ideología diferente a la imperante en el coloso del norte. En todas han fracasado con un común denominador: el petróleo, no sin dejar devastación y muerte. Sólo en Chile, por el cobre, se impuso el dominio militar local, con Augusto Pinochet.

Esta semana se consolida un golpe de estado contra la presidencia de Nicolás Maduro en Venezuela. Un golpe no militar, moderno y distinto a los acontecidos en centro américa y américa del sur, desde mediados del siglo pasado con la fuerza militar estadounidense y los ejércitos locales ya adiestrados: Guatemala, Nicaragua, Panamá, Ecuador, Bolivia, Uruguay, Chile, Argentina, El Salvador, Perú, Venezuela y Brasil.

Países con gobiernos progresistas como Cuba, Uruguay, Bolivia, Nicaragua y Venezuela se mantienen en el poder.

En Venezuela, el reciente golpe institucional da inicio con la movilización de una clase media opositora y un fallido golpe militar en tiempos de Hugo Chávez. Posteriormente en cerrar el abasto de medicinas, alimentos incitando a las huestes ciudadanas inconformes, finalmente, en el seno de la Organización de los Estados Americanos, con un secretario general golpista, Luis Almagro, miembro de la recalcitrante derecha uruguaya, se incorporan a las naciones afines del continente americano: Colombia, Paraguay, Panamá, Costa Rica, Guatemala, mañosamente dirigidos por México con  Enrique Peña Nieto y Luis Videgaray, al abordar sanciones, en las Cumbres de las Américas, contra la revolución bolivariana. La respuesta se frenó con la presencia de los gobiernos progresistas en Cuba, Ecuador, Bolivia, Brasil, Argentina, El Salvador, Nicaragua, Uruguay, Perú y Chile.

La nueva estrategia golpista norteamericana, inicia el desmembramiento de las economías de izquierda latinoamericanas, a través de un nuevo esquema de golpe de estado: el jurídico. Logrando que la derecha controlara naciones fuertes como Argentina, Chile, Brasil, Ecuador y Perú. El proceso legal de artimañas jurídicas hizo caer a Cristina Fernández, a Lula da Silva y a Dilma Rousseff, Michelle Bachelet y Rafael Correa e intentan desbancar a Daniel Ortega.

Ahora, el golpismo institucional requirió un coctel especial para propiciar la caída de Maduro: Donald Trump, USA, Jair Bolsonaro, Brasil y Luis Almagro, OEA como ingredientes principales, sumando a la renaciente derecha latinoamericana con Sebastián Piñera de Chile, de Mauricio Macri de Argentina, con Iván Duque en Colombia, Lenin Moreno en Ecuador, Mario Abdo Benítez, en Paraguay, Juan Carlos Varela de Panamá y Martín Vizcarra de Perú.

El lugar ideal para confabular intereses en la estrategia golpista fue la reunión anual del Foro Económico Mundial en Davos, Suiza, que, en este año, el tema central es Globalización 4.0: Cómo diseñar una arquitectura global en tiempos de la cuarta revolución industrial.

Una nueva visión de crecimiento en la economía de mercado, a través del petróleo, el oro, el agua, la electricidad, conducidos por el gran capital trasnacional y el desarrollo tecnológico sin freno.

Durante su estancia en Davos, Juan Guaidó se reunió con los presidentes de la derecha latinoamericana y a su regreso juramentó como presidente encargado de la República de Venezuela, de inmediato recibió el reconocimiento del presidente estadounidense Donald Trump. Las reacciones de apoyo fueron de Bolsonaro, Brasil y Almagro, OEA, la triada golpista.

La ambición, la rapiña, el despojo de toda esa incalculable riqueza ha propiciado, mediáticamente, que este golpe de estado civil en su nueva modalidad.

Venezuela es uno de los principales productores de energía del mundo, posee las reservas de petróleo más grandes, además de importantes reservas de gas natural, etanol, electricidad y carbón, así como un potencial de producción de energía hidroeléctrica, con el volumen de agua de los más altos del mundo. A ello se suman los recursos minerales de Venezuela, entre ellos están hierro, oro, bauxita, níquel, titanio, zinc, cobre y diamante.

El nuevo gobierno de México, con Andrés Manuel López Obrador anuncia que sigue reconociendo a Nicolás Maduro como el legítimo presidente de Venezuela. Y es que con Enrique Peña Nieto, México trabajó para convencer a otros países de que abandonaran el apoyo al gobierno de Maduro, López Obrador retomó la política exterior de no intervención. La doctrina Estrada había sido la norma de oro que orientó la política exterior de México durante la mayor parte del siglo XX que, aunque fue dejada de lado en el periodo neoliberal, ahora está de vuelta.

Por fortuna, la sociedad civil venezolana, los altos mandos militares, la Asamblea constituyente y los Tribunales de Justicia se pronunciaron en apoyo irrestricto a Nicolás Maduro, junto al pronunciamiento de países como Rusia, China, Irán, Cuba, Bolivia, Turquía en defensa de la revolución Bolivariana declarando que no permitirán una invasión militar, y si ello sucede el riesgo de una conflagración mundial está a la puerta.

La Unión Europea, México y Uruguay reconocieron a Maduro, y se inclinaron por respaldar el proceso que conlleve a una negociación sana, pacífica y de respeto para encontrar una solución a la crisis venezolana.

La moneda está en el aire:  O Intervienen para apoderarse de la incuantificable riqueza venezolana invadiéndola militarmente, o se desata una conflagración que sería muy superior a la segunda guerra mundial, pero que ahora estará en el continente americano. Estos días serán decisivos. La muerte acecha a Latinoamérica.

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