Javier Duarte: el crimen y los miedos

Agazapado, vive sus miedos Javier Duarte. No da la cara, no responde a las críticas, capotea el vendaval bajo la alfombra, oculto en la vergüenza, mientras Veracruz se sacude por el crimen del fotoperiodista Rubén Espinosa.

Triste papel, indigno y aberrante, el del gobernador de Veracruz a quien dentro y fuera de su estado, en México y más allá de sus fronteras, se le acusa de haber propiciado el clima de hostigamiento, las condiciones adversas para realizar el trabajo reporteril, la represión policíaca, el asedio, el espionaje, la amenaza y la intimidación.

¿Qué dice Javier Duarte? Nada. No se le ha escuchado pronunciar una palabra, expresar de frente y con agallas, de viva voz, una explicación, menos un lamento válido, creíble, en torno a la ejecución de quien fuera fotógrafo de la agencia AVC y colaborador de Proceso y Cuartoscuro.

Su silencio es vergonzoso, muy de él, retrato del político improvisado y mediocre, sacado de la chistera como acto de magia política, como conejo de la suerte —o de la mala suerte para Veracruz— con el que su antecesor y padrino, Fidel Herrera Beltrán, quiso imponer un maximato, el fidelato de los 12 años.

Su reacción al crimen de la colonia Narvarte ha sido un mísero comunicado, redactado por la mano de la insensibilidad, expresando un lamento sin sustento, inverosímil pues si alguien ha sido especialmente hostil con la prensa, es Javier Duarte.

“El gobernador de Veracruz, Javier Duarte de Ochoa —dice el texto de dos párrafos—, lamentó los aberrantes hechos ocurridos la noche del pasado viernes en la colonia Narvarte de la Ciudad de México, donde perdieron la vida cinco personas, entre ellas, el fotoperiodista Rubén Espinosa Becerril.

“El mandatario manifestó este domingo su plena confianza en que las autoridades de la Procuraduría General de Justicia de Distrito Federal habrán de esclarecer este caso lo más pronto posible”.

Javier Duarte es de palabras huecas y de ideas aún más chuecas. Lamenta lo que no siente y usa un término, “aberrante”, con el que intenta dimensionar el tamaño de una indignación que le es ajena.

No fue aberrante, seguro, la paliza que le propinó su policía a los periodistas en Plaza Lerdo frente al palacio de gobierno de Xalapa, la madrugada del 13 de septiembre de 2013, y ahí amagaron a Rubén Espinosa, lo zarandearon, fue golpeado, obligado a borrar las imágenes que yacían en la tarjeta de memoria de la cámara fotográfica, el registro de la intolerancia y la agresión.

Nada es peor que la falsa congoja. Javier Duarte la practica bien. Se duele del crimen de Rubén Espinosa que no siente, y hay voces que lo ubican como la mano que meció la cuna. Su relación con la prensa no es mala; es peor.

Tilda a la prensa de manzanas podridas, de tener vínculos con el crimen organizado, de ser la expresión de los delincuentes y les lanza una lección ética —“pórtense bien”— como si en su inmensa anatomía hubiera un gramo de calidad moral para dictar las conductas de los demás.

En seis días, Javier Duarte se mantiene a distancia, sabedor que los fuegos del multihomicidio lo queman y lo abrasan, pues nunca en la historia de Veracruz un gobernador había sido tan arteramente agresivo con la prensa crítica y tan torpe como para suponer que con una legión de textoservidores podía inventarse una fama.

Nadia Vera Pérez, la joven activista social, antropóloga, le llamó ignorante con gran agudeza en aquel video que estremeció a todos, descalificado el gordobés porque, le dijo Nadia, no gobierna él, gobierna el narco.

Y a falta de inteligencia política, de habilidad, de colmillo y experiencia, aplica la mano dura y la treta para reclamar su espacio y replegar a quienes disienten o protestan.

Represor nato, imagina Javier Duarte que el poder no se pierde ni disminuye. Su policía bloquea campesinos camino a Xalapa; les impide ejercer su derecho a manifestarse, violando la Constitución, rompiendo el orden legal. Qué sabe de leyes el abogado egresado de la Ibero si el poder lo suplanta todo.

Y así con maestros y todos aquellos que se concentran para reclamar la indolencia oficial, la falsedad y la mentira, el daño ambiental, el agravio a las leyes.

Eso sí, a los 400 Pueblos los trata como quejosos VIP, las mujeres con sus cueros al aire, grotescas, y los varones de risa. Su protesta es denigrante. Hacen de Xalapa una letrina y los xalapeños los tienen que aguantar por ser el espectáculo favorito del señor gobernador.

Su respuesta al crimen de la Narvarte fue un comunicado de dos párrafos en que lamentó el hecho y dispuso todo esfuerzo para colaborar en el esclarecimiento de ese hecho de sangre. Ajá.

Lo dice en palabras y lo niega en los hechos. Su conducta es otra. Mientras ofrece colaborar con las pesquisas policíacas, lanza a sus textoservidores a lavarle la imagen, a justificar su rol represor, a exonerarlo a priori en un juicio que aún no inicia, a derivar el caso de los cinco ejecutados en la hipótesis del narcotráfico, el mejor montaje para evadir el móvil político, alejarlo de la represión a quien tuvo una labor constante de crítica, como lo fue Rubén Espinosa.

No se sabe dónde anda Javier Duarte. Se le cita en Miami, en España, lejos de toda acción de gobierno, vacacionando lejos del torbellino, faltando a su responsabilidad política, reacio a enfrentar el peor momento de su gobierno, la mayor crisis en lo que va del duartismo, acusado públicamente de estar detrás de la ejecución del fotoperiodista, Nadia Vera y tres mujeres más, o por lo menos de ser el autor intelectual de ese clima de ofensa, represión, espionaje, agresión hacia la prensa crítica y el activismo social.

Sin chistar, sin inmutarse, ve los palos de ciego del procurador del DF, Rodolfo Ríos Garza, que primero dice que el quíntuple crimen obedeció a un robo; luego sale con que es el narcotráfico. Acusa que el objetivo del ataque era la colombiana Nicole, a quien llaman también Simone, pero no se llama ni Nicole ni Simone, sino Mile V. Martín, según difunde en Twitter el columnista Julio Hernández López.

Ríos Garza está peor que Luis Ángel Bravo Contreras, el fiscal del duartismo. Conforma el móvil del crimen organizado y por esa ruta se va, lejos de que a Rubén Espinosa y a Nadia Vera los hallan ejecutado por haber enfrentado al duartismo.

Dicen los genios de la palabra, corifeos de Javier Duarte, que Rubén y Nadia estuvieron en el lugar equivocado, a la hora equivocada, en la circunstancia equivocada. No eran ellos el objetivo, sino la colombiana, a quien dan por hecho que era la “burra de la Narvarte”, una mujer de 29 años quien apenas tenían un mes viviendo en el departamento 401 del edificio 1909 de Luz Saviñón. O sea, que con trabajo la conocían.

Bendita casualidad. Rubén amenazado por el duartismo; Nadia amenazada por el duartismo. Ambos exiliados de Veracruz. Rubén seguido y hostigado en el DF. Los dos con el miedo en la piel. Y mueren ejecutados, torturados, baleados de pura chiripa, en el ataque a la colombiana desconocida.

Ni a “Culín” Bravo Contreras y a su guionista de cabecera, autor de thrillers y novelones poca abuela, Enoc Maldonado Caraza, se les hubiera ocurrido semejante historia.

“No les creemos”, gritó la prensa de Xalapa, en el Congreso de Veracruz, en una irrupción inédita, condenando a Javier Duarte porque su actitud amenazante fue lo que provocó la huida de Rubén Espinosa y Nadia Vera de Veracruz hasta su ejecución en el DF.

¿Que Javier Duarte no es responsable? Lo es y de sobra. “13 periodistas asesinados, ningún condenado por los delitos, dos casos en donde los testigos han dado su confesión por medio de un delito de Estado, la tortura; un récord en el gasto en publicidad oficial a medios locales para silenciarlos, amenazas públicas reiteradas del gobernador, 37 periodistas desplazados de Veracruz… No sé, me suena a una irresponsabilidad defender que como-no-se-puede-probar-que-él-no-los-mató entonces debemos callarnos. Solución: no se dejen llevar por los diabólicos contrafactuales pendejos”, resume Antonio Marvel en su espacio de internet Final de Juego.

No es ajena la ejecución de Rubén y Nadia al pacto de la impunidad en la familia política. Lo plantea Edgardo Buscaglia, especialista internacional en crimen organizado y corrupción. Lo publica el periodista Témoris Grecko, en el portal Cuadernos Doble Raya:

“Toda investigación que intente llegar al meollo de quién fue el presunto responsable y de generar material probatorio es bloqueada por definición. ¿Por qué? Porque en un pacto de impunidad como el de México o el de Rusia, ni bien quieres llegar a un actor político, y ese actor político tiene información sobre muchos otros actores políticos, inmediatamente el sistema judicial se cierra”.

Mientras el gobernador vacaciona. El torbellino gira. Lo atrapa, lo sacude, cimbra a su gobierno y él nada hace.

El silencio dice mucho. Así está Javier Duarte.

(Con información de mussiocardenas.com)

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