Javier Duarte merece ser linchado

¿Merece ser linchado? Sí. Merece enfrentar a la justicia, no usarla. Merece Javier Duarte ser linchado por la violencia provocada, por los crímenes de activistas sociales, de líderes campesinos, de ambientalistas, de 14 periodistas, por la ejecución de Rubén Espinosa y Nadia Vera. ¿Merece el linchamiento público? Obvio que sí.

Muy sentido, muy insensato, dice el gobernador de Veracruz que no cree en el fuero, pero “tampoco en los linchamientos públicos que lejos de crear valor, alejan de la verdad y encubren a los verdaderos culpables”.

Son las palabras de un ardido, llevado ante la ley por la muerte de Rubén Espinosa Becerril, fotoperiodista, corresponsal gráfico de la revista Proceso y de Cuartoscuro, fotógrafo de la agencia AVC, y de la antropóloga Nadia Vera Pérez, activista social, productora cultural, impulsora de la protesta contra el desgobierno duartista.

Son las palabras de quien no sabe. No se trata de no creer en el linchamiento público. Se trata de sentirlo, de afrontarlo cuando el uso del poder se vuelve irreflexivo y torpe, usada la policía para reprimir, para agredir, para espiar, para amenazar, usada la Fiscalía para fabricar culpables o para liberar criminales y darles impunidad.

Javier Duarte se queja y reclama. Dice allanarse a la ley y con la misma trasluce el rencor por la felpa mediática diaria a su responsabilidad en el crimen de Rubén y Nadia.

“Tampoco creo en los linchamientos públicos”, expresa, visiblemente agraviado, mancillado por la oleada de repudio que activó la ejecución del periodista y la activista social, el 31 de julio, en el departamento 401 del edificio 1909 de la calle Luz Saviñón, en la colonia Narvarte, en el Distrito Federal.

Su problema es de percepción. Es linchado públicamente por el hartazgo social, la condena a un régimen que quiso —y quiere— resolver el conflicto con la sociedad a punta de golpes y amenazas, de espionaje y acoso.

No revisa Javier Duarte el origen ni el efecto de su debacle, en caída libre por la muerte de Rubén y Nadia y las otras tres mujeres ejecutadas en el DF, mancilladas ellas, golpeada la activista social y luego ultimada a balazos, tundido a golpes el fotoperiodista y luego ultimado con el tiro de gracia.

Le indigna el linchamiento público sin reparar que sus métodos franquistas, el uso del garrote, la violencia institucional, la policía capacitada, adiestrada, equipada con alta tecnología para reprimir al pueblo, le van dando a la sociedad el derecho de linchar.

Le dicen “fuiste tú”, le llaman “asesino”, le imputan “fue Duarte”, en una reacción calculada, provocadora, legítima, que pudo no darse si Javier Duarte, el gobernador, hubiera abierto cauce a las demandas sociales.

Su gobierno es otra cosa; es desgobierno. Su policía reprime, amenaza, hostiga, levanta personas y las desaparece, secuestra y extorsiona, cobra venganza, tortura, usa el poder para embestir a sus críticos o a los mismos policías.

Vive un desastre político por no ser político. Improvisado, inventado por Fidel Herrera Beltrán, su antecesor, no entendió para qué era el poder. Creyó que era para agraviar y someter, y no para el equilibrio de fuerzas políticas. No imaginó que el gobierno es una válvula de escape, la vía para matizar conflictos.

Le indigna ver a la prensa, a los amigos de Rubén Espinosa y Nadia Vera en las calles, clamando justicia, repudiando la simulación, el engaño.

Ahí los ve porque la actuación de la Procuraduría del Distrito Federal es tendenciosa, falaz, cómplice. Dice incluir todas las líneas de investigación, pero no lo hace. Centra el móvil del quíntuple crimen en el robo o, si acaso, en una lucha por el poder entre bandas colombianas dedicadas al narcotráfico.

Acusan los coadyuvantes, abogados que representan a los familiares de Nadia Vera y Rubén Espinosa, que la Procuraduría del DF filtra información a los medios de comunicación, que confecciona una historia paralela a la verdad y que en ella no incluye la actividad profesional, brava y crítica, de Rubén y Nadia.

No explica la PGJDF cómo pudo ser asesinada Nadia Vera a las 21 horas del viernes 31, cuando que oficialmente, los sicarios perpetraron el ataque entre las 2 y 3 de la tarde. Y luego se retiraron.

Lo sórdido, lo tendencioso, provoca suspicacia, recelo y rechazo social. De ahí que arrecie la embestida contra Javier Duarte, que lo tilden de encubierto por el gobierno de Miguel Ángel Mancera, que se dispare la sospecha.

No quiere ser linchado públicamente Javier Duarte pero su policía persiste en la agresión y el acoso contra los grupos que demandan el esclarecimiento del crimen de la Narvarte.

Lo acusan la Defensoría y Estrategia integrales para los Derechos Humanos y Territoriales (Decide), el Comité 5 de Junio, La Asamblea Veracruzana de Iniciativas y Defensa Ambiental (Lavida), colectivo independiente Voz Alterna y la periodista Norma Trujillo, de La Jornada Veracruz.

Son asediados desde que salen de casa. Los siguen. Los intimidan. Les aplican la misma táctica que a Rubén Espinosa, quien hoy está muerto.

Acusan que el ataque a los estudiantes universitarios, la madrugada del 5 de junio, y las agresiones a periodistas y activistas en marchas y mítines, en 2012 y 2013, “debieran ser el punto de partida para indagar las razones de Espinosa y Vera para huir de Veracruz”.

Sobre ellos hay persecución. Ignacio Córdoba, uno de los universitarios agredidos la madrugada del 5 de junio, en Xalapa, expuso que el primer periodista en llegar al Centro de Especialidades Médicas fue Rubén Espinosa. Después se trasladó al departamento de la calle Herón Proal, donde había ocurrido el ataque a manos del grupo parapolicíaco, presuntamente entrenado en la Academia El Lencero de la Secretaría de Seguridad Pública de Veracruz.

“Sus fotografías salieron en diversos medios nacionales e internacionales”, expresó.

Julián Ramírez, de la Alianza Nacional contra el Fracking, cuestiona la investigación, la hipótesis de que la masacre tuvo como origen el robo o la droga y un sinnúmero de inconsistencias por parte de la Procuraduría del DF:

“¿Por qué se dice que los hechos fueron entre dos y tres de la tarde y el parte forense afirma que el deceso ocurrió a las nueve de la noche?; ¿qué han aportado de relevante los testigos?; ¿por qué el activismo de Nadia no se contempla como línea de investigación y vulnerabilidad?; ¿Por qué no se toma en cuenta la agresión directa del gobierno de Veracruz a grupos estudiantiles y activistas con los que Nadia y Rubén simpatizaban?; ¿Qué explicación dan a tanta saña hacia las víctimas?

“¿Un arma utilizada por primera vez y con silenciador pudo ser utilizada por un franelero y un malabarista?; ¿Con que afán se filtró información confidencial a los medios de comunicación, pero no se le quiso entregar a los abogados?

“¿Por qué no se le permitía declarar a los amigos y familiares de las víctimas que querían aportar más información?; ¿Por qué se ha priorizado el móvil del robo y se han minimizado otras líneas de investigación? y ¿Por qué se le permitió recoger sus pertenencias a la testigo clave, alterando así la escena del crimen?”.

La percepción es de encubrimiento. Javier Duarte, su policía, su Fiscalía, sus esbirros vestidos de civil, armados, infiltrados en mítines y manifestaciones, en conferencias de prensa, en la recolocación de la placa con el nombre de Regina Martínez en la Plaza Lerdo, no son pista para la Procuraduría del DF.

Ahí, en esos eventos, fueron reprimidos Rubén Espinosa y Nadia Vera. Pero no se arredraron. Se engallaron. Siguieron su camino. Enfrentaron al gobierno con las únicas armas de la razón y su valentía.

Hostigados, cuando ya era insoportable el asedio, decidieron salir de Veracruz. Nadia dijo que hacía responsable de lo que le ocurriera a Javier Duarte. Rubén dijo que prefería morir de un balazo que ser torturado en Veracruz.

Nada de eso investiga la Procuraduría del DF. Y ante el contubernio y el disimulo, la sociedad toma las calles. Grita “fuiste tú”. Acusa a Javier Duarte de “asesino”. Van a Casa Veracruz y colocan flores y retratos del fotoperiodista y la activista.

Se duele Javier Duarte del linchamiento público. Dice que no cree en el fuero, pero tampoco en el linchamiento. Pero se lo ha ganado. Y lejos de mitigar la presión, continúa el asedio. Ahora contra los amigos y compañeros de Nadia y Rubén.

¿Merece ser linchado? Sí.

(Con información de mussiocardenas.com)

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