Javier Duarte: todo para que el PRI pierda en 2016

Lo que sea es bueno para perder. Sea la deuda descomunal o el baño de sangre, sean los asesinatos de periodistas o la corrupción y la impunidad, sea su pleito con los Yunes rojos o con los Yunes azules. Lo que sea le viene a modo a Javier Duarte. Todo sea para ver perder al PRI.

Desdeñado por el priismo real, inventado por Fidel Herrera, su mentor y patrón, en una ocurrencia de consecuencias funestas, el gobernador de Veracruz no es de los que sientan al PRI en el tuétano, en su esencia, ni le importa. Ve al PRI como palanca de poder. Ve al PRI como arma para controlar el Congreso y para imponer alcaldes. Y hasta ahí.

Va de tumbo en tumbo, Veracruz sumido en una crisis que no aminora, destrozadas sus finanzas por una deuda impagable, cercana a los 100 mil millones de pesos, aunque el gordobés se excuse apelando a su propia contabilidad. No son 100 mil sino 44 mil. Vaya consuelo, pues en cinco años de desgobierno no le bajó un peso a la deuda heredada por Fidel y, en cambio la trepó hasta niveles de escándalo.

Su gobierno no camina. O anda en reversa. Veracruz vive una crisis social, derivada del estancamiento, de la falta de oportunidades, del empleo mal pagado, de la fuga de capitales o la suspicacia a invertir en una entidad donde quienes gobiernan debieran habitar en penales de máxima seguridad por ladrones y peligrosos.

Le irrita saberse señalado por la violencia y la criminalidad, el baño de sangre que es el cuento de nunca acabar, el sello de los narcos que convirtieron a Veracruz, desde la pesadilla fidelista, en santuario de Zetas, reducto de Golfos y tierra fértil de bandas que se disputan el territorio a punta de bala y masacre.

Hostil con la prensa, de comentarios ásperos e imprudentes, fue gestando Javier Duarte un clima de represión silenciosa en los medios de comunicación, cómplices los dueños por recibir carretadas de dinero a cambio de callar la realidad de Veracruz, acotando a reporteros y columnistas que suponían que en la prensa duartista había cabida para el periodismo crítico.

Cuando mataron a los primeros periodistas de su sexenio, Javier Duarte no tuvo tiempo ni tino para reflexionar en el impacto que implicaría aplicar una política de censura disfrazada, la mano de Gina Domínguez, su vocera, hablando a los industriales del periodismo, los dueños, para eliminar información punzante, los desatinos de la pandilla dualista, los excesos del gordobés.

Hubo que lo pinta como es: aquel festejo con sus cuates de la Ibero, traídos en vuelo especial, hospedados en Howard Johnson, a todo lujo el paseíllo porque don Javier habría de deleitar a todos con su voz de pito en su primer Grito de Independencia.

Murieron Milo Vela y Yolanda Ordaz, de Notiver, y Regina Martínez, de Proceso. Murieron muchos más. Fueron ejecutando a un sector de la prensa crítica, amenazando a otros, provocando el exilio, huyendo tras las amenazas de agentes policíacos, vestidos de civil, mientras el gordo de palacio disfrutaba en sus adentros el baño de sangre.

Levantaron y mataron a Goyo Jiménez, reportero de Notisur y Liberal; a Moisés Sánchez, de La Unión de Medellín, a Armando Saldaña, de La k-Buena y Crónica de Tierra Blanca, y su gobierno ha venido ocultando la verdad, sin reconocer que los ultimaron por ejercer su oficio periodístico.

Encarceló tuiteros por difundir información que dijo Javier Duarte, provocó caos. ¿Y acaso el caos que él ha generado en Veracruz no ha sido infinitamente mayor? Si ese es el criterio, hace tiempo que debió estar confinado a una celda de castigo en cualquier penal de la entidad.

“Fuiste tú”, le dijeron tras la muerte de Rubén Espinosa Becerril, fotoperiodista de Proceso, Cuartoscuro y AVC. “Duarte Asesino”, le gritaban en las calles, enardecidos los comunicadores ante el asesinato en el DF, donde se exilió, en un departamento de la colonia Narvarte, torturado, ejecutado junto con Nadia Vera, antropóloga y activista social, quien también protestaba en marchas callejeras, quien advirtió que si algo le ocurría el responsable sería Javier Duarte.

Nadie calienta su propia hoguera, se mete en ella y se quema sin piedad. Javier Duarte sí. Reprimir periodistas, consentir agresiones, censurar a las voces críticas y finalmente llamarles “manzanas podridas”, recomendarles que se “porten bien”, decirles que son expresiones de la delincuencia y que están ligados a la mafia, lo llevó a un escándalo internacional, repudiado y condenado por todos, señalado de haber gestado el estado más peligroso para ejercer el periodismo.

Veracruz tiene un gobierno corrupto. Su fama es deplorable. Presumen sus fortunas quienes integran el primer círculo del duartismo, con mansiones, autos, viajes, viejas y viejos, en el peor episodio de impunidad y descaro que le haya tocado presenciar a los veracruzanos.

Ahora es el pleito con los Yunes, sean rojos o sean azules. Se distancia de Pepe Yunes Zorrilla, el senador de Perote, porque no le garantiza protección y complicidad si lo releva en el cargo. Pepe Yunes desdeña el minigobierno que será electo en 2016, pues no se acortó el período de seis años para homologar con la elección federal en 2018, sino para descarrilar sus pretensiones y las del otro senador, Héctor Yunes, su tío. Aún así, va por la candidatura. De otra forma se insertan de nuevo los fidelistas.

Hablar del tema financiero; de la cifra real de la deuda pública —“que no son 44 mil millones”—; del déficit mensual de casi 900 millones, cubierto con más deuda; de instarlo a realizar un ajuste al gasto, provocaron el rompimiento. Y así siguen.

Negocia con Héctor Yunes, quien le pide cargos para sus amigos y comadres, todo un pepenador el de Soledad de Doblado, y termina rompiendo cuando éste anuncia que si llega al gobierno de los dos años, encarcelará “peces gordos”. Javier Duarte le obsequia una caña de pescar y le recomienda que pesque a sus parientes del PAN, Miguel Ángel Yunes Linares y sus hijos. Desde entonces Héctor Yunes se volvió antiduartista. Ajá.

Yunes Linares lo barre a diario. Si no es la corrupción, la narcopolítica y la deuda, son los 2 mil millones de pesos que le debe su gobierno a la Universidad Veracruzana. Dimensiona el caso. Lo trepa a niveles nacionales. Dice Javier Duarte que no es deuda sino subsidio y que cuando tenga disponibilidad el gobierno, aportará. “No es obligatorio”, dice. Todo mundo lo exhibe y finalmente cede el gobernador ante la rectora Sara Ladrón de Guevara, quien había revelado la existencia del adeudo, buena para pelear los dineros pero gris y timorata para defender a sus estudiantes. Cítese, por ejemplo, la agresión a ocho universitarios, la madrugada del 5 de junio, a manos de un grupo parapolicíaco, presuntamente los porros del gobernador, egresados de la Academia El Lencero, donde se practica la tortura y hasta la violación de mujeres cadetes, como acusó el ex policía Mario Iván Terrozo García mientras se manifestaba en un evento cívico, en Xalapa.

Cierra el expediente la rectora con una falacia muy propia: nos subieron al ring los medios de comunicación.

Hoy arremete contra el alcalde de Boca del Río, Miguel Ángel Yunes Márquez, instando a que un grupo de diputados locales lo denuncien por enriquecimiento ilícito, por construirse una mansión de 30 millones de pesos que no corresponderían a sus ingresos de 2004 a 2010. ¿Y los ingresos de sus negocios privados?

La patraña es total. Pero Duarte sigue ahí, abriendo frentes como nadie más, trabado en sus rencores, casado con la idea de que quien manda, manda, y si se equivoca vuelve a mandar.

El costo político es altísimo. No lo pagará él. Lo pagará el PRI, pues Javier Duarte construye el camino para la derrota de “su” partido en 2016.

Decir Javier Duarte es decir PRI. Decir deuda de 70, 80 o 100 mil millones, es decir PRI. Decir caos financiero, déficit, adeudos con pensionados, maestros, becarios, adultos mayores, empresarios, es decir PRI.

Decir corrupción en el gobierno de Javier Duarte, equivale a señalar al PRI. Decir fortunas insultantes y funcionarios cínicos es decir PRI. Decir chalet de Javier Duarte en Arizona, propiedades en Miami, hotel en España, es decir PRI.

Decir conflicto político, los senadores Yunes que lo increpan, Yunes Linares que lo exhibe, Yunes Márquez que lo enfrenta ante la acusación por enriquecimiento, es decir PRI.

Acumula Javier Duarte una cuota de repudio infinita, rechazado en el norte y en el sur, en Xalapa, Veracruz, Boca del Río, Orizaba y Córdoba, por la crisis económico, para la deuda, por el caos político, por el rechazo del mismo priísmo, por el baño de sangre, por las muertes de migrantes, por los 14 periodistas asesinados en su gestión, por manipular las investigaciones, por tildar a la prensa de mafiosa, de no portarse bien, por ser expresión de los delincuentes, por ser manzanas podridas.

Javier Duarte así es y así seguirá.

A menos que en Los Pinos se dé un manotazo, que el PRI nacional lo frene, que se precipite su salida del gobierno de Veracruz, que llegue la gendarmería nacional para acotar al crimen organizado, que se designe un comisionado especial, el PRI va a pagar la factura en la elección de 2016. Es el costo del repudio.

Jodido el PRI. Su gobernador quiere verlo perder.

(Con información de mussiocarcenas.com)

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