La encuesta de Héctor Yunes y la de Peña Nieto

Torvo y testarudo, tratándose del gobierno de Veracruz, Héctor Yunes Landa no admite réplica. El candidato es él. Lo dicen sus números, el sentir de los priístas. Valen sus encuestas. Las otras no. Ni siquiera la del presidente Peña Nieto.

En esa dinámica anda el senador veracruzano, acelerado y transgrediendo la ley, en una campaña adelantada, usando el cargo para el pavoneo desenfrenado, tirando aceite y pregonando que representa el proyecto que le conviene a Veracruz.

Tiempo atrás rajaba y despotricaba contra el gobierno de Javier Duarte, infinita su demagogia, pues sirve el rollo político, la intriga y el golpe bajo para acercar a los enemigos, ceder, arrebatar y pactar, si a cambio se obtiene, no un proyecto real sino un sueño demencial.

Así es Héctor Yunes. Decía no creer en el gobierno de dos años y aún ahora jura que no es lo que a Veracruz le conviene pero de no cesa en su intento de ser microgobernador aunque se trate de llegar, calentar la silla, jurar cumplir la ley y preparar el terreno para la entrega del gobierno a su sucesor.

Dos años no son nada en política. Uno, el primero, es como en el boxeo: raund de sombra. El otro obliga a tender la sucesión.

Políticamente senil, acabado, frustrado por no haber logrado ser gobernador en su juventud, menos en madurez, Héctor Yunes Landa pasa del ataque a sus rivales y sobre todo a sus enemigos, a una doblez vergonzosa, a la vista su entrega al duartismo con el que nunca comulgó, el que robó la candidatura en 2010, el que lo desplazó cuando decía tener, como ahora, al priísmo de su lado, hartos todos de la concentración de poder que hizo de Fidel Herrera el autor de un fidelato que acabó con Veracruz.

Vituperado, en diciembre de 2014 decían los miembros preclaros de la pandilla duartista que Héctor Yunes no pintaba en el escenario y que su apuesta contra el minigobierno de dos años, según la reforma que planteó Javier Duarte, era un esfuerzo desesperado por crearse una causa y empuñar una bandera.

Lo superaba entonces su ex sobrino político José Francisco Yunes Zorrilla, también senador, en el ánimo de los priístas, no porque fuera mejor, no porque tuviera mejor imagen, sino porque se le veía menos maleado, menos tramposo y menos curtido.

Despotricaban ambos contra el minigobierno con el que el duartismo los obligó a entrar en un juego que ninguno deseaba. Nadie aspira a un gobierno en el que sólo sirven para abrir y cerrar la puerta del palacio de gobierno. Y marcharse sin dejar huella.

Decían los Yunes rojos que aquello iba contra el bienestar de Veracruz. Y lo mismo enarbolaban los Yunes azules —Miguel Ángel y su hijo Fernando— que advertían una debacle porque nadie querría invertir, ni se podría dar solución a los problemas sociales, ni se podría operar políticamente, ni se podrían cristalizar proyectos. El daño sería terrible para Veracruz.

Y luego, cuando la reforma a la Constitución de Veracruz quedó aprobada, todos, los Yunes rojos y los Yunes azules, decidieron que había que ir por la gubernatura porque no hay político que se resista a detentar el poder. Para saquear, para medrar, para lucrar, dos años no los desperdicia nadie.

Diciembre de 2014 tuvo un mal cierre para Héctor Yunes. Comenzó a despeñarse en las encuestas. Perdió adeptos en el PRI. De cartuchos quemados, reventados, sin pólvora ni posibilidad de estallar, están sobrados. Y él era uno más.

Héctor Yunes decayó en los sondeos de opinión. Carecía de discurso. Perdía credibilidad. Era más entretenido un disco rayado. Apareció entonces el golpe de audacia, el impacto efectista, el alarde que sacudiera al priismo.

Ambos, Pepe y Héctor Yunes, abandonaron el acto en que se celebraba el primer centenario de la Ley Agraria, en Veracruz. Ahí estaba el presidente Enrique Peña Nieto, alertado de que dejarían el lugar. Salieron y demeritaron al gobernador Javier Duarte.

Luego se convirtió Héctor Yunes al duartismo. Una reunión en corto, una promesa de cogobernar, sus amigos en el gabinete del caos, un pacto de no agresión, la impunidad y la complicidad.

Suave, dócil, entreguista, Héctor Yunes dejó el discurso áspero hacia un gobernador al que tildó de caprichoso, insensato, miope pues no veía que dos años de gestión era un agravio a Veracruz.

Y ocurrió lo increíble. Se dio la insólita paradoja. Cuando suavizó el discurso, creció Héctor Yunes en las encuestas. O eso le hicieron creer. O ese fue el ardid.

Crece Héctor Yunes en el ánimo de los paniaguados priístas que han sido pasivos espectadores de cómo la pandilla duartista se apropia de la riqueza de Veracruz, detenta todos los cargos públicos, se apropia de las candidaturas.

Desde que lo vieron acercarse al gobernador que le robó la candidatura en 2010, Héctor Yunes creció en la preferencia de los militantes del PRI. Ajá.

Convertido al duartismo, sometido, transformado en comparsa de los candidatos a diputados federales de Fidel Herrera Beltrán y Javier Duarte, Héctor Yunes cayó en el gusto de un priísmo al que poco se le da y cuando tienen, se les quita. Vaya lógica tan ilógica la del senador.

Presume que las encuestas lo favorecen. Dice que los sondeos no se equivocan. Sostiene que el priísmo le está revelando que su proyecto es que el requiere Veracruz.

Hace saber que el presidente Enrique Peña Nieto se guiará en la preferencia de los ciudadanos para definir quién será el candidato del PRI al gobierno de Veracruz.

Invocan los yuneslandistas a su líder nacional, César Camacho Quiroz, quien toma las encuestas con extremado cuidado. Dice que reflejan un sentir, que no deben provocar exceso de confianza y que “no son el Evangelio”.

Pero Yunes Landa tiene sus encuestas. Y en ellas es el rey.

Peña Nieto tiene las suyas. No las exhibe ni las pregona.

Manlio Fabio Beltrones, el poderoso diputado, ex senador, futuro líder del PRI, adelanta que el candidato a gobernador de Veracruz no será Yunes Landa. Y eso es mucho decir. Beltrones es el padrino del senador oriundo de Soledad de Doblado.

Saben los priístas cómo es el poder. La encuesta que vale, la única que vale, es la de quien ejerce el poder desde lo alto. Las demás no cuentan. No existen. No tienen ningún valor.

Y eso piensa Peña Nieto. Pero Yunes Landa no.

(Con información de mussiocardenas.com)

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