La Legión de Idiotas

Casa de Citas

Baltazar López Martínez

“En la actualidad, los científicos y los médicos se ven superados en número y en potencia de fuego por nutridos ejércitos de individuos que se sienten autorizados a emitir juicios sobre asuntos que son una simple cuestión de evidencia (…), pero sin preocuparse siquiera por adquirir un nivel básico de comprensión de las materias por tratar”.

-Ben Goldacre, en Mala Ciencia

“El verdadero objetivo del método científico es asegurarse de que la naturaleza no lo ha engañado al hacerle pensar a usted que sabe algo que en realidad no sabe”.

-Robert M. Pirsig, en Zen y el Arte del Mantenimiento de la Motocicleta

“El mundo atribuye sus infortunios a las conspiraciones y maquinaciones de grandes malvados. Entiendo que se subestima la estupidez.”

-Adolfo Bioy Casares, Breve Diccionario del Argentino Exquisito

Debo confesar que cada vez soy menos afecto a participar en eso que ahora se llama “redes sociales”. Antes de que procedan a pensar que estoy chocheando déjenme decirles que me apasionan las computadoras y todo lo que tenga que ver con ellas, desde 1992, cuando tuve oportunidad de empezar mi aprendizaje, hasta el día de hoy, a unos pocos días de cumplir 57 años. De modo que mi rechazo a las “redes sociales” no tiene relación con que sea un viejito cascarrabias, sino con el hecho de que estamos presenciando el pleno cumplimiento de las profecías de San Umberto Eco, quien a mediados de 2015 vertió fuertes declaraciones al diario italiano La Stampa respecto a este fenómeno.

Lean ustedes: “Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los necios”. Para preparar el terreno, tres meses antes dio estas declaraciones al periódico español ABC: “La televisión promovió al tonto del pueblo, con respecto al cual el espectador se siente superior. El drama de Internet es promovió al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad».

Así es. De pronto, hay millones de expertos en todo, desde la variación del precio de la tortilla, los agentes que provocan cáncer, el advenimiento de seres extraterrestres, las conspiraciones de los Illuminati, quienes día a día analizan y pontifican sobre cualquier materia del conocimiento humano, de la cual, por cierto, no tienen la menor idea. Borges, uno de los grandes escritores del siglo XX, erudito y políglota, dijo: “¿Por qué suponer que la mayoría de la gente entiende de política? La verdad es que no entienden, y se dejan embaucar por una secta de sinvergüenzas, que por lo general son los políticos nacionales. (…) Si mañana me llamasen para ocupar un puesto político, porque me eligiesen o impusiesen, yo sé lo que haría: renunciaría inmediatamente. No entiendo de política, de igual modo que no entiendo de medicina, no entiendo de música, no entiendo de ingeniería, ni entiendo de cultura”. En cambio, gente que nunca en su vida abrió un libro está convencida de saberlo todo, y de que puede opinar con toda autoridad.

Pocas veces se discute sobre ciencia o matemáticas en las redes sociales, porque se trata de materias que están regidas por el método científico y por un lenguaje diseñado para evitar ambigüedades. Sin embargo, he visto cómo se discute sobre problemas de aritmética simple, ni siquiera de álgebra, que deberían forma parte del arsenal matemático de un estudiante de sexto de primaria. Por ejemplo, un usuario solicita a sus amigos que indiquen el resultado de la siguiente operación: ¿Cuánto es 7 + 4 + 2 – 5 x 7 x 0 – 10 / 4 + 8?

Este problema, que se resuelve de manera sencilla e inmediata, se vuelve tema de interminables discusiones, en las que brilla, refulge la ignorancia. Para evitar que el resultado sea asunto de opiniones o apreciaciones personales, la matemática se rige por principios. En este caso la Regla de Prioridad de las Operaciones Matemáticas: Deben resolverse primero, en el orden de derecha a izquierda las potencias, después las multiplicaciones y las divisiones, y por último las sumas y restas. Si en la expresión matemática hay paréntesis hay que comenzar resolviendo los paréntesis, y si dentro de los paréntesis hay otros paréntesis, hay que comenzar resolviendo los paréntesis interiores.

Esta regla es ignorada olímpicamente por los usuarios, y cada cual obtiene su propio resultado y lo defiende como si en ello le fuera la vida; ni siquiera se trata de mostrar desdén a las normas, simplemente no las conocen. Y eso que se trata de matemáticas. Es peor cuando el tema es la política. Ahí tenemos expertos para rato, analistas de gran estatura, líderes de opinión, especialistas en economía, finanzas, comercio internacional, políticas públicas y un largo etcétera. Y sus opiniones son como las de un dios, inamovibles, tajantes, y ay de aquel que se atreva a emitir una opinión diferente y mucho menos contraria.

Hace muchos años me dijo un señor que vendía frituras que Francisco Labastida llegó a ser candidato del PRI porque había comprado la candidatura. “Así son las cosas en la política de los partidos”, me dijo, “la candidatura se vende al mejor postor”. “Pero, don Juan”, le dije, “Miguel Alemán tiene mucho más dinero que Francisco Labastida, ¿por qué no compró él la candidatura?” Don Juan dudó un poco mientras me veía como si yo hubiese llegado de otro planeta: “¡Ah, es que Labastida llegó primero!”. Es como escuchar al vecino borracho en la barra de la cantina. Ni más ni menos, pero ahora disfrazado de sabio y muchas veces escudado en el anonimato.

Hace unos días sufrí lo indecible para silenciar las notificaciones de un usuario de Facebook que publica pastiches de apoyo al presidente López Obrador desde que era candidato, así como al partido Morena y a todo lo que tenga relación con el tema. Ni siquiera son ideas propias, porque, aunque fueran balbuceos incoherentes tendrían más valor que lo que hace este señor, que es copiar y pegar las publicaciones de otras personas o medios de comunicación. Y lo hace por centenares al día en todos los grupos donde lo aceptan y toleran, que son muchos, porque la democracia lleva en sí misma el virus que termina por derrotarla: a nadie se le puede negar que emita su opinión.

Pues bien, recibí cada día centenares de notificaciones y mensajes electrónicos de las publicaciones de ese usuario en particular, un tipo al que no conozco ni me interesa conocer y con el que no conversaría ni aunque estuviéramos en una isla desierta. Es mi vecino borracho en la barra del bar, y lo cierto es que no tolero a los borrachos. De modo que me di a la tarea de bloquear estos avisos y resultó ser más difícil que los trabajos de Hércules. Lo bloqueé, establecí reglas de correo para mandar a la basura sus notificaciones, cambié mi nivel de privacidad en Facebook y nada funcionó; derrotado, acudí al servicio de ayuda, y después de una larga batalla pude al fin silenciarlo y con ello mi alma atribulada obtuvo un poco de descanso.

El problema tiene varias aristas, una es que esas opiniones carecen de respaldo. Es gente que no lee, no es profunda, no escribe, no investiga ni se preocupa por verificar siquiera la validez de sus fuentes: sólo tiene acceso a Internet. Otro aspecto es que personas incluso con una mediana preparación son víctimas fáciles de las noticias falsas. No es mi intención lucubrar sobre una posible explicación al respecto porque ya lo hizo mucho mejor que yo Ben Goldacre, en el capítulo 13 de Mala Ciencia, intitulado “¿Por qué hay personas inteligentes que dan crédito a cosas estúpidas?”, sino señalar el hecho de que las redes sociales son una fuente inagotable de noticias falsas y de falso conocimiento.

Al respecto dijo Umberto Eco: «No estoy seguro de que haya mejorado el periodismo, porque es más fácil encontrar mentiras en internet que en una agencia como Reuters. En el viejo periodismo, por muy asqueroso que fuese un periódico, había un control. Pero ahora todos los que habitan el planeta, incluyendo los locos y los idiotas, tienen derecho a la palabra pública». Y continuó tajante: “Con internet no sabes quién está hablando. Incluso Wikipedia, que está bien controlada. Usted es periodista, yo soy profesor de universidad, y si accedemos a una determinada página web podemos saber que está escrita por un loco, pero un chico no sabe si dice la verdad o si es mentira. Es un problema muy grave, que aún no está solucionado».

Internet es una enorme fuente de conocimiento, de eso no tengo la menor duda. Cualquier persona puede aprender lo que quiera, desde cocina hasta matemáticas avanzadas. Yo soy usuario de la red desde antes del surgimiento de los buscadores, cuando debías tener tus mapas de sitios que podías visitar, y creo que nunca como ahora estamos tan cerca de tener conocimiento libre. Sin embargo, Internet tiene un lado oscuro, en el que reinan las intenciones aviesas tendientes a la manipulación de las personas. Ese es el gran riesgo, y las redes sociales son el laboratorio de la manipulación, además de ser los más grandes ladrones de tiempo de que se tenga noticia.

Ya no hay regreso posible. La tecnología cambió el modo como interactuamos las personas. Estoy seguro de que las nuevas generaciones estarán en un entorno muy diferente al mío cuando fui joven. Por ejemplo, ya no ven la televisión abierta, y pasan más tiempo en línea que en la vida real. Esto es así. Pero por el momento yo tengo la posibilidad de abandonar las conversaciones de borrachos en las redes sociales y dedicarme a la lectura sin escuchar el rumor de esa inmensa Babel. A final de cuentas, las opiniones son como el trasero: todos tenemos una. Pero claro, esto también es una opinión.

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