La Licuadora

Por: Baltazar López Martínez

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Con Antonio Herrera, que fue director de Educación y Cultura en esos años en Tuxpan, Veracruz, organizamos lo que Toño bautizó pomposamente como “Primera Feria Nacional del Libro en Tuxpan”. Así como lo leen. Fue la primera, sí, pero estaba lejos, muy lejos, de ser “nacional”. Les cuento que Toño era incansable y buscaba apoyo por un lado y por otro para llevar a cabo sus eventos culturales. El asunto es que a base de insistir e insistir, obtuvo del presidente municipal, Salvador Moctezuma, el anhelado permiso para la feria del libro. Era un despropósito, lector, lectora, porque si hoy Tuxpan carece de lectores, hace veintitantos años los había en menor cantidad, si esto fuera posible.

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En fin, Toño hizo mil llamadas, convenció a libreros, se peleó con la gente del Conaculta, se reconcilió con la gente del Conaculta, y después de cientos de gestiones, corajes, berrinches y episodios de desánimo, la feria tomó forma. Los expositores convinieron en hacer un pago más que simbólico por el espacio que se les brindaría en el Parque Reforma. Además del lugar, el Ayuntamiento de Tuxpan, mediante Toño, les proveería de carpas, electricidad, estanterías (que prestaría el Conaculta), y se encargaría de organizar eventos culturales para atraer gente a la feria. Todo muy bonito. Para formalizar el pago y evitar sospechas de mal uso del dinero, los expositores deberían depositar en la cuenta de la tesorería municipal, quien les extendería su recibo.

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Pasaron los días y la cantidad de expositores que habían pagado ya su sitio iba en aumento. Toño estaba feliz. Una semana antes había ya unos sesenta participantes, que además convinieron en hacer descuentos y remates de libros, con tal de que aquello fuera un éxito. Llegado el momento, Antonio fue a retirar el dinero de la tesorería para adquirir las carpas, contratar la electricidad e iniciar el montaje de la infraestructura de la feria. La respuesta del tesorero acabó con el entusiasmo de mi a amigo: no estaba autorizado para darle un solo peso. “¿Pero cómo?, preguntó Antonio, si se trata del dinero que ingresó por la Feria”. La respuesta fue la misma. Subió a hablar con Salvador Moctezuma, quien se negó a darle el dinero, y liquidó la conversación con una frase que debería tener su sitio en la historia: “ustedes deberían estar haciendo eventos que le dejen dinero al Ayuntamiento, no que le cuesten al Ayuntamiento”.

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Total que el Ayuntamiento se quedó con el dinero y la pomposa Primera Feria Nacional del Libro en Tuxpan resultó ser un desmadre, porque hubo que improvisar toldos de plástico tipo mercado ambulante, para medio cubrir los estantes, con el encabronamiento de los expositores, que estaban que trinaban de ira por el incumplimiento de la autoridad, mientras Toño recorría la ciudad de punta a punta tirándoles sablazos a sus amigos y apelando a la buena voluntad de los regidores para que le financiaran siquiera lo del costo de la electricidad. Para colmo, la tarde de la inauguración sopló un viento de esos salvajes que arrastró las tolderías de plástico y terminó por arruinar la feria. Con todo y eso, Toño se dio ánimos y al año siguiente hubo feria del libro y la hubo durante varios años hasta que la indolencia de la autoridad terminó por descontinuarla, al fin que en Tuxpan nadie lee.

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Conocí a Toño Herrera cuando tomó posesión de la dirección de Educación y Cultura municipal, después de que Oliverio Moya se fue de Tuxpan. Toño me llamó para invitarme a un grupo que estaba formando, llamado “Tuxpeños en la Cultura”, en el que amontonó a una buena parte de la gente que medio le entendía al asunto o se dedicaba a la creación. Con Toño tuvimos una época muy buena de promoción cultural. Debo confesar que su entusiasmo rebasaba mis expectativas, y que en su afán de abrir puertas descuidaba un poco la calidad de lo que presentaba, pero era mejor pecar de excesos que estar en la nada, como ocurriría después. Montamos exposiciones de pintura, de fotografía, de filatelia, hubo noches de ópera en los entonces incipientes discos compactos, creamos un cineclub que se llamó “Luis Buñuel” y que terminó en películas de ficheras y de los hermanos Almada. Hubo encuentros de canto, de guitarra, concursos de baile, todo a base de pura magia, porque dinero no había.

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Con Toño tuvimos un desencuentro que enfrió nuestra amistad. Después de mucha insistencia suya accedí a exponer algunos de mis dibujos y pinturas en lo que era el Museo de Arqueología, ya cuando era presidente municipal Alfredo Huerta. Recuerdo que Aley, un amigo de la Casa de Cultura de Poza Rica, vino a seleccionar los cuadros y se pasó un día completo, acomodando las mamparas y las macetas, tomando medidas y pasando niveles con una manguera como hacen los albañiles, hasta que ya entrada la noche colgó el último cuadro y se dio por satisfecho con su curaduría. “Será un recorrido mágico por tu obra”, me dijo, “un viaje espiritual, un descubrimiento de la belleza cuadro a cuadro”. Estaba más entusiasmado que yo el pobre Aley.

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Total, que inauguramos la exposición entre puros cuates, porque autoridades no hubo. Toño le pidió a una muchacha guapa de entre el público que cortara el listón, y ya, empezamos el recorrido mágico por mi obra, que no tenía nada de mágico y otro poco ni de obra. Debo decir que hubo muy buenos comentarios, generosos con aquellos dibujos y pinturas de los que ya ni me acuerdo. Eso fue un domingo, el lunes, después de salir de mi trabajo en la Termo fui al Museo a estar de chismoso en la exposición. Cuando entré casi me fui de espaldas. Aquello era un desmadre. Las mamparas estaban puestas de cualquier manera. Alguien las movió del sitio donde las puso Aley, lo mismo que los cuadros y los dibujos, que estaban colocados al madrazo y lo peor, lo que terminó de encabronarme fue que estaban todos manoseados y tenían marcas de grasa, de mugre y de algo como pintura de cal. Toño no estaba. Hablé con el vigilante y me dijo que en la mañana tuvieron una plática de algo en la sala y que desmontaron la exposición y que después la habían montado de nuevo. Pensé en el trabajo de Aley, y en mi propio trabajo. Pedí un taxi, descolgué mis cuadros y me los llevé a casa.

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Toñó me llamó por la noche para preguntar por el origen de mi encabronamiento, haciéndome ver como que no era para tanto, ya que el regidor comisionado en limpia pública le exigió que quitara esas porquerías de cuadros para que alguien impartiera una plática a niños de primaria sobre la cultura del reciclado. Me pidió que volviéramos a montar la exposición. Le dije que no. Era una cuestión de respeto y amor propio, porque si yo no me respeto, ¿quién me va a respetar entonces? Además, soy un artista, no cualquier pendejo. Toño se resintió muchísimo conmigo y ya no volvió a invitarme a nada de sus eventos. Yo tampoco procuré acercarme de nuevo. Muchos años después de lo que ahora cuento, Toño Herrera murió de manera cruel e inmerecida.

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La promoción cultural es una tarea ingrata. A la autoridad no le importa y ocupa un sitio muy inferior en la lista de las necesidades de las personas. Atrapados en lo inmediato, en la mera sobrevivencia física, millones de mexicanos ignoran la riqueza que hay en los libros. Esta situación es culpa de los gobiernos. Adolfo López Mateos (presidente de México de 1958 a 1954) reconoció la enorme necesidad educativa de los mexicanos, que intentó subsanar mediante el Plan de los Once Años, que estaba enfocado en abatir el analfabetismo y la situación precaria del sistema educativo nacional, con maestros poco preparados y escuelas insuficientes, al grado de que unos tres millones de niños en edad escolar se quedaron fuera en ese año de 1958. López Mateos, además, aprobó la propuesta del secretario de Educación, Jaime Torres Bodet, de crear el libro de texto gratuito.

Fuera de ese esfuerzo que trascendía al sexenio, poco se ha avanzado. Igual que en los tiempos de López Mateos, hay analfabetismo, deserción escolar, bajo aprovechamiento, analfabetismo funcional, maestros y estudiantes mediocres, escuelas en ruinas que son una vergüenza ya que carecen de servicios básicos como el agua entubada y sanitarios limpios. Y esto es culpa de los pinches gobiernos que tenemos, no hay más, que ponen en hombros de los padres de familia el mantenimiento de las escuelas mediante las cuotas voluntarias que nadie da, y que arroja en los hombros de docentes y administrativos la tarea de sacar adelante al futuro de la patria, a mano limpia, sin mayores recursos, mientras en los discursos oficiales las cifras millonarias pasan raudas por la imaginación de la gente. En papeles tenemos el sistema educativo de Suiza, en la realidad el de Burundi.

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Estamos en pleno repunte de la tercera ola de contagios del nuevo coronavirus. Como los viejitos ya estamos vacunados, ahora el virus se aloja en los más jóvenes, y a algunos los abate con crueldad y los pone al borde de la muerte. Ahora brilla la indiferencia de las autoridades. Hace un año Tuxpan estaba alerta, y el gobierno encabezó una serie de medidas dolorosas pero necesarias, como dicen los clásicos, para evitar los contagios masivos. Ahora no. Tal parece que morirá quien tenga que morir, porque interés por parte de las autoridades ya no lo hay. Mientras, sigue el debate sobre la necesidad de utilizar el cubrebocas o no. Por mi parte seguiré usándolo. Quizá tenga cinco por ciento de efectividad, pero algo es algo. Además, impide que me toque la nariz o la boca, y como uso lentes, tampoco me toco los ojos. Alguna vez me voy a enfermar, lo sé, pero no por mi propia negligencia. Lo malo es que hay quienes se contagian y llevan la muerte a casa. Pero bueno, estamos en el momento de sálvese quien pueda.

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Algo que me deja pensativo es saber que otras tragedias, terremotos, ciclones y huracanes, hambrunas, los mexicanos las afrontamos juntos, con una solidaridad bien chingona, bien bonita, nos olvidamos de nuestras diferencias y nos concentramos en ser solidarios, y fluye la ayuda y la empatía y estamos juntos… excepto en esta tragedia del nuevo coronavirus, que nos encontró partidos en dos, muy lejos de los seres humanos solidarios y generosos que solíamos ser. Estamos divididos, odiándonos, reprochándonos unos a otros, cada cual en su madriguera, viendo por sí mismo. Los responsables de esta división tienen nombre y apellidos. La historia se encargará de ellos.

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