La Licuadora

Por Baltazar López Martínez

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«—Ya veo que no tiene buena opinión de los políticos.

«—No. En primer lugar, no son hombres éticos; son hombres que han contraído el hábito de mentir, el hábito de sobornar, el hábito de sonreír todo el tiempo, el hábito de quedar bien con todo el mundo, el hábito de la popularidad. Yo no sé hasta qué punto la profesión de político es honrada. Recuerdo que Lincoln, después de haber ganado las elecciones en los Estados Unidos —lo cuenta Harrison en uno de sus libros—, no cumplió con lo que había prometido durante la campaña: liberar a los negros inmediatamente. Entonces una persona le reclamó, y él, sonriendo, por supuesto, le contestó: «Bueno, eso yo lo dije durante mi campaña, pero esas cosas los políticos las prometemos y luego es imposible cumplirlas».

— Jorge Luis Borges, citado por Roberto Alifano.

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Algo hay en nuestra mentalidad tercermundista que nos impulsa a juzgar a las personas, sobre todo a las que ejercen el poder, más por sus errores que por sus aciertos. Viéndolo bien, es un modo muy extraño. Creo que a nadie le gusta que se le mida con el rasero de sus equivocaciones, más bien pedimos todo el tiempo que se nos tome en cuenta lo bueno, lo valioso, aquella vez que ayudamos a una viejita a cruzar la calle, la ocasión en que donamos veinte pesos a la Cruz Roja (y que nos lleva a rechinar los dientes y a maldecirla cuando nos enteramos de que llegó tarde a un accidente o de plano no llegó). Estamos listos para mirar la mancha en la pared y la paja, la viga y el tronco de secuoya en el ojo ajeno,

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Desde ese punto de vista, el de juzgar al prójimo por sus equivocaciones, concluimos que Aristóteles fue una de las más grandes plagas que asolaron a la humanidad, porque sus ideas y pensamientos influyeron en el mundo por más de dos siglos, hasta que un señor llamado Galileo Galilei, ante el que me pongo de pie, tuvo la ocurrencia de comprobar si los dichos de Aristóteles soportaban la prueba experimental. Por ejemplo, se pensaba que el movimiento de caída era lineal y uniforme, es decir, que si un cuerpo un metro en un segundo, el siguiente metro le llevará un segundo también, y así. Galileo descubrió que no, que los cuerpos se aceleran durante su caída. Este descubrimiento es notable incluso porque en aquella época no había relojes japoneses como los tenemos ahora, de modo que medir con precisión un intervalo de tiempo era una tarea titánica.

Galileo también demostró que los cuerpos todos caen a la misma velocidad, con independencia de su masa, lo mismo una pluma de cotorro que una bala de cañón, y con ello liquidó los dos siglos de dominio aristotélico y dio paso a una nueva era en la ciencia, basada en la experimentación y el método científico.

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Por supuesto, Aristóteles nada más hubo uno (no creo que la humanidad pudiese soportar a dos o más plagas similares), y de esta experiencia entendemos que hay de errores a errores, y que no es lo mismo cuando se equivoca alguien como yo, que escribe un par de cuartillas cada ocho días y tiene una idea menos cada semana, a que se equivoque el presidente de la República. En mi caso, no pasará de que mis tres lectores, o cuatro, se pregunten en qué carajos estaba yo pensando, pero si se equivoca el presidente habrá 120 millones de almas padeciendo las consecuencias. Esto nos lleva al otro tema: ¿cuántos de los que ahora buscan el hueso de presidente municipal, en cantidad de trece para el caso de mi pueblo, tienen la capacidad para desempeñarlo? ¿Estarán conscientes de las repercusiones de los errores que puedan cometer estando en el cargo? Son preguntas serias.

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Ahorita estos candidatos y candidatas están muy bien así, en su casa, porque sus equivocaciones sólo repercuten en la señora (en el caso de que la señora les haga caso), en el viejón (en el caso de las candidatas), en los chamacos y el entorno familiar, al menos que hagan como el señor que le prendió fuego a su casa porque llegó borracho y no le abrían, sólo para darse cuenta de que no le abrían porque no había nadie en su casa. Quiero decir que el asunto es serio. Suena romántico estar ahí en el despacho de Juárez 20, atendiendo gente pobre, besándoles sus cachetes a los niños en los festivales, dando órdenes de que se esparzan las buenas nuevas de la modernidad por todas las colonias y rancherías, pero lo cierto es que la mayor parte de las veces hemos padecido gobiernos de ineptos, con cabildos de ineptos, con funcionarios analfabetas funcionales, que sólo saben cobrar, tranzar y hacerse patos. Ah, y derrochar millones de pesos en modificar el Bulevar.

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Nunca antes desde que estoy en Tuxpan, Veracruz, tuvimos tanto aspirante, aunque la elección de 2017 nos dio indicios de que los candidatos se pueden reproducir como los búlgaros, nomás con echarles una poquita de leche. Por supuesto esta fragmentación favorece a unos pocos y perjudica a la mayoría, porque resulta que el ganador lo hará por unos diez mil votos, es decir, la décima parte del padrón, o algo así, de modo que la democracia es ilusoria, porque habrá 35 mil electores que no votaron por el candidato ganador, igualito a como sucedió en 2017. Ahora tenemos a trece gallos en el redondel y nos toca escuchar sus propuestas, sus canciones de campaña basadas en la cumbia o el reggaetón, sus promesas de cambiarnos la vida, etcétera.

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¿Cómo harán campaña, que choro nos echarán que los distinga de los otros doce? Ya empezaron algunas campañas y la verdad no hay propuestas originales, no sólo porque no hay nada nuevo bajo el sol, sino porque es muy difícil ser original cuando hay otros doce aspirantes dirigiéndose al mismo electorado. Porque hasta ahora no hemos visto un solo acto de campaña, o de precampaña, o de echarles mentiras a las personas, que se distinga de los otros, y mucho menos de las viejas maneras de hacer política. Vemos reuniones con señoras fodongas, en las que nadie se cuida a pesar de que la epidemia sigue activa, vemos candidatos llevando alegría a las colonias en forma de pelotas de a diez pesos y bolsas para el mandado, los vemos dirigiéndose a señores desempleados que casi siempre andan en shorts y chanclas, a las amas de casa que salen en bata a recibirlos cuando andan en lo que llaman “de casa en casa”, lo cual es una bonita forma de perder el tiempo porque a ese paso terminarán de entrevistarse con sus posibles electores como en julio de 2045.

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La neta, sólo tres o cuatro de esos candidatos son competitivos. El resto son como el cochinito de la canción de Cri Cri que soñaba que era rey y de repente quiso un pastel. Porque tengo la idea de que una mañana se levantaron con la idea de ser presidentes municipales, sintiéndose bonitos, ocurrentes, carismáticos, de verbo aguzado, finas ideas, alto espíritu de altruismo y sacrificio, y porque además poseen la receta secreta para curarnos de todos los males sociales, desde el desempleo, el alto precio de la tortilla y la histórica deficiencia de los servicios municipales. Muchos de ellos, y hablo de hombre y mujeres en general, no tienen ni la menor pinche idea del desafío al que desean enfrentarse, un camino lleno de baches y con curvas en bajada.

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Me pregunto cuántos de esos candidatos se anotarían para el cargo si ser presidente municipal, o senador o diputado fuese honorario, es decir, sin salario. Que la única paga fuera la satisfacción de servir a sus conciudadanos, el orgullo de desgastarse en favor de los vecinos. Que ofrezcan sus servicios de manera gratuita y al concluir el cargo demuestren que se van más pobres de como llegaron, porque al pagar sus propios gastos de manutención, camionetas, guaruras y comilonas sus cuentas de banco van a mermar. Y que no ocurra como nos ha ocurrido varias veces, que llegan los candidatos en quiebra y salen millonarios, carajo, como si se tratara de recoger el dinero con palas. Y no me digas, hipócrita lector, que no pensante en los mismos nombres que yo.

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Lo cierto es que estas campañas son tan atípicas que deben ser sancionadas más por la Cofepris que por el OPLE o el INE, porque estas señoras y señores que desde el día 4 de mayo recorrerán los caminos de Tuxpan en busca del voto son en su mayoría productos milagro, como esos que te prometen hacerte bajar ocho kilos por mes sin hacer ejercicio ni dejar de comer, o los que van dirigidos no al que no puede, sino al que quiere más. Ojalá se le haya ocurrido al presidente López Obrador un instituto que lleve la cuenta de las promesas de campaña de los candidatos, sólo para contrastarlas con el estrepitoso fracaso del fin de la administración. Podría llamarse El Instituto Para Recordarle al Pueblo las Promesas de Campaña, o algo así. Sería revelador y nos ayudaría a convencernos una vez más de que debemos organizarnos para obligar al que ocupe el cargo a que cumpla, porque prometer no empobrece, y porque de lengua todos, pero todos, nos comemos un plato.

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