La Licuadora

Por Baltazar López Martínez

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La neta, odio pagar impuestos. Si pudiera evitar pagarlos lo evitaría. Ya sé que todos los mexicanos estamos obligados a contribuir para el sostenimiento de los organismos de gobierno, como indica la fracción IV del Artículo 31 Constitucional, referente a las obligaciones de los mexicanos: “Contribuir para los gastos públicos, así de la Federación, como de los Estados, de la Ciudad de México y del Municipio en que residan, de la manera proporcional y equitativa que dispongan las leyes.” Es decir, del patrimonio propio debemos soltar una lana “de manera proporcional y equitativa”, según dispongan las leyes, ¿Y quiénes dictan las leyes? Pues los legisladores, a saber, los diputados y los senadores. ¿Y cómo lo hacen? Mediante la famosa Ley de Ingresos, que elabora el Ejecutivo, es decir, el presidente, y aprueban las dos cámaras del Congreso.

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La Ley de Ingresos “contiene los conceptos bajo los cuales se podrán captar los recursos financieros que permitan cubrir los gastos de la federación durante un ejercicio fiscal. Los ingresos públicos se dividen en dos grandes rubros: I) los ingresos ordinarios, que son recaudados en forma regular por el Estado, tales como: los impuestos; los derechos; los ingresos por la venta de bienes y servicios de los organismos y empresas paraestatales, etc.; y, II) los ingresos extraordinarios, que son recursos que no se obtienen de manera regular por parte del Estado, tales como la enajenación de bienes nacionales, contratación de créditos externos e internos (empréstitos) o emisión de moneda por parte del Banco de México.”

En palabras llanas significa que el presidente, mediante la Secretaría de Hacienda, echa a volar la imaginación y los sueños y dispone de a cómo nos va a ejecutar en el siguiente año, y los diputados y senadores, que se supone nos representan, hacen como que nos defienden cual leones de melena negra para evitar que el gobierno nos ponga una chinga a la hora de mocharnos el salario.

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La triste realidad es que los diputados y los senadores no nos defienden, defienden intereses de grupo, de bancada, de partido, de conveniencias, de amistades, de proyectos políticos, y pelean lo que sea necesario para ver cómo se va a gastar esa lana, en qué y cómo, anteponiendo, como dije, sus intereses bastardos. Y ya a la hora de venir a dar la cara pues se avientan las mentiras más sabrosas con tal de justificar su despreciable, asquerosa actitud. Por ejemplo, Juan Bueno Torio, que fue diputado panista plurinominal, avaló la reforma energética de 2013, aduciendo que con ello bajarían las tarifas eléctricas a la mitad. Cuando la prensa lo confrontó el tipo no tuvo empacho en afirmar que ese milagro ocurriría en tres, cuatro años cuando mucho. ¡Ah, para vato más pinches mentiroso!

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Pero en realidad odio pagar impuestos cuando veo a dónde van a parar. Verán ustedes, hace dos meses tuve necesidad de tramitar un acta de nacimiento. Primero la busqué en línea y resultó que no está digitalizada. Entré al sitio web del gobierno de Veracruz, con la idea de solicitar el documento en papel. Luego de andar de Herodes a Pilatos por el sitio web, y de leer una serie de reglas y advertencias que Dios guarde la hora, pude iniciar el trámite, que consistió en pagar 142.53 pesos por el acta en sí, 95.02 pesos por la búsqueda hasta de cuatro años, 100 pesos de gasto de envío, 18 centavos de redondeo y para rematar me hicieron manita de puerco para arrancarme 35.63 pesos para el fomento a la educación, en total 373 pesos por un papel que deberían enviarme a más tardar en diez días hábiles, es decir, el 16 de abril. ¿Creerán ustedes que es día en que no recibo nada? Pues sí, pasaron ya dos meses de la solicitud, y a pesar de que estoy como Rapunzel, todos los días asomado a la terraza, el repartidor de mensajería no llega.

¿Qué quieren que les diga? Hace unos días les mandé un correo preguntando por el acta. Hagan de cuenta que escribí al aire: ni siquiera recibí una respuesta con promesas. Nada. A estas alturas perdí la fe y estoy convencido de que no me mandarán nada. Total, ¿quién va a iniciar un juicio de incumplimiento por pinches 373 pesos? Pero el problema reside ahí, en un gobierno inepto que no es capaz de ponerse en movimiento para tramitar una pinche acta de nacimiento, no la petición de carreteras o plantas tratadoras de aguas negras, o seguridad social u hospitales, no, una méndiga acta de nacimiento, que no tomará arriba de 5 minutos mandarla a imprimir, y otros cinco para ponerla en el sobre de la mensajería. El mensaje es claro, estamos gobernados por incompetentes, porque si no pueden cumplir con un acta de nacimiento, ¿cómo podrán cumplir con responsabilidades mayores? ¿Y a esos incompetentes les pago impuestos?

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Odio pagar impuestos porque a cambio de esa lana los ciudadanos recibimos servicios de mierda. El Estado no genera riqueza. No produce un bien o servicio por el cual reciba ingresos. Toda la lana que maneja y con la que hace malabares es de los mexicanos, de la gente como tú y como yo que se soba el lomo a diario para llevar el pan a la mesa. Y la rasurada empieza cuando recibes el pago y ya el gobierno se agarró por anticipado una feria, porque en realidad deberías pagar impuestos una vez al año, cuando te toque hacer tu declaración, pero no, te pellizcan la feria semana con semana. Y luego tienes que pagar impuestos por todos los bienes y servicios que adquieras. Que te compras unos zapatos, una camisa, pagas. Vas al cine, pagas. Adquieres un boleto de autobús, pagas. Le pones gasolina al carro, pagas. Usas las carreteras, pagas. El agua, el drenaje, la recolección de la basura, por todo, pagas. Y si tienes sed y vas por unas caguamas, una cajetilla de cigarros, unas botanas para el fin de semana: pagas. Y así es como más o menos la mitad de nuestra lana va a dar a las arcas del gobierno.

Pero no sólo la gente que se soba el lomo tiene que caerse con su dinero. Las empresas también están bien apretadas. Según un estudio del World Bank Group, la Tasa Total de Impuestos y Contribuciones (TTCR, por su sigla en inglés) que pagan las empresas situadas en México es del 53 por ciento, mucho más de lo que pagan en promedio las 189 economías analizadas, que fue de 40.4 por ciento. Piénsalo, lectora, lector, cada empresa entrega al gobierno más de la mitad de sus ganancias.

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¿Y qué hace el gobierno con tantísima lana? Ah, ese es el punto. Es muy sencillo ser generoso y filantrópico cuando lo haces con el dinero de otros. A ninguno de esos fulanos que reparte la lana le costó una sola gota de sudor conseguirla. Hay dinero a paletadas. A montones. Pero a cambio de esa ingente cantidad de recursos que entregamos los trabajadores y los empresarios, obtenemos servicios de miseria. Pagamos como en Suiza, pero vivimos en México, donde las carreteras dan lástima, los servicios que da el gobierno apestan y en general se nota la pinche fuga de billetes para todos lados, menos para donde debería de ser.

Como muestra, diré que en nuestro país se destina a la educación entre el 6.5 y el 6.9 del Producto Interno Bruto. ¿Tienes idea de cuánto dinero es, ya en billetes y monedas? Yo tampoco la tuve, hasta que me dio por investigarlo. Verás, el presupuesto para 2020 fue de 807 mil 305 millones de pesos. ¿Te puedes imaginar cuánto es, qué se podría comprar con esa lana? Es un mundo de dinero, un mundo, lectora, lector. Y con ese dineral suponemos que alcanzaría para tener escuelas de primer mundo, chingonas, bien equipadas, con servicios de película, con… olvídenlo, lo real es que el 98 por ciento de esa lana se va en gasto corriente, es decir, al mantenimiento del aparato educativo, básicamente en los salarios de maestros y burócratas.

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Sólo el restante dos por ciento de ese presupuesto, es decir, poco más de 16 mil millones de pesos se destinan a la adquisición de bienes inmuebles y a la construcción de obra pública. Por eso es comprensible que la mayor parte de las escuelas de este país sean una ruina. Las que yo conozco se están cayendo a pedazos, con unas carencias enormes de mantenimiento, servicios sanitarios, computadoras, espacios deportivos, lo que ustedes gusten y manden. Son unas escuelas de morondanga, que sobreviven de la caridad y el milagro.

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Por eso me causan indignación los planes del gobierno para el regreso a las clases presenciales. Las nuevas normas sanitarias indican que el cubrebocas será obligatorio para todos los alumnos, y que en caso de que alguno de ellos no lleve la escuela debe contar con una cajita por ahí, para suministrar a los muchachos. Además, el cubrebocas debe cambiarse a diario. En las aulas deberá observarse la sana distancia (no así en los autobuses y otros vehículos de transporte público donde los muchachos viajan apiñados). Cada dos horas será necesario vaciar las aulas y desinfectar pisos y paredes con jabón y después con cloro. Debe de haber puestos de desinfección con gel para todos, y sanitarios con agua suficiente y jabón par el constante lavado de manos. A la entrada se les tomará la temperatura para restringir la entrada a quienes acudan afiebrados (medida que no sirve de nada, según la autoridad sanitaria, porque el afiebrado no tiene ganas de ir a la escuela). En caso de que un alumno muestre síntomas de padecer Covid-19, se le deberá aislar de inmediato, junto con las personas con quienes haya convivido (que a esas alturas serán todos sus condiscípulos y maestros) y el médico del plantel debe tener a esas personas en observación, etcétera.

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Y bueno, ¿con qué dinero se va a hacer todo esto? Ah, pues quién sabe, porque ya el gobierno dijo que dinero no hay. Se supone que el plantel debe echar la carga en los hombros de la sociedad de padres de familia. Pero ahí hay un problema: el mismo gobierno decretó que las cuotas son voluntarias. ¿Y saben cuál es el efecto de esa disposición? Que los padres de familia no cooperan. Así de simple. Y el resultado es que las escuelas están sin un solo peso. A eso añádanle que durante el año y meses de confinamiento que llevamos las escuelas, que de por sí ya eran una ruina, se están cayendo a pedazos, con la añadidura de que muchas de ellas sufrieron el ataque de ladrones y vándalos que aprovechando las circunstancias se metieron a arrancar lo que pudieron para robárselo.

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A mí en realidad no me importa quién gobierne. Da lo mismo. Desde que yo me acuerdo las escuelas públicas de este país son una vergüenza, pero qué triste e indignante es que en los discursos oficiales la educación y los niños y los jóvenes sea lo más importante, mientras que el dinero fluye a raudales por las cloacas de la corrupción y las obras mal hechas. Y si pensamos en el sistema de salud pública, en las carreteras públicas, en los servicios básicos como agua potable entubada, drenaje, espacios deportivos, tenemos el panorama completo de la enorme brecha que existe entre el dinero que recauda el gobierno y los servicios que ofrece a cambio. Por eso odio pagar impuestos.

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Lo cierto es que el gobierno tiene a los mejores cerebros de este país pensando cómo meternos las manos a los bolsillos. Ahora si tienes tu sugar daddy, o sugar mommy, y como buen sugar baby recibes regalos en efectivo mayores a 15 mil pesos por transferencia bancaria, el banco tiene la obligación de avisar al SAT. Es más, como persona estás obligado a declarar ingresos, porque de acuerdo con el artículo primero de la Ley del Impuesto Sobre la Renta, todas las personas físicas, sin distinción alguna, se encuentran obligadas al pago del Impuesto Sobre la Renta (ISR), respecto de todos los ingresos que perciba, sea cualquiera la fuente de obtención del mismo. Así es que, si te depositan un regalo, tienes que declararlo. Si el sugar daddy se pone generoso y le obsequia un carro a la dama, la dama debe pagar impuestos por la donación, y para el caso por cualquier donación, sea de dinero o de bienes.

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William Ralph Inge escribió: “La corrupción de las democracias procede inmediatamente del hecho de que una clase social fija los impuestos, y otra los paga.” Igual de certero fue Murray Newton Rothbard: “El Estado es la única organización que obtiene sus ingresos, no a través de contribuciones voluntarias o el pago por servicios prestados, sino a través de la coerción. (…) el Estado obtiene su renta mediante el uso de la compulsión, es decir, la amenaza de la cárcel y la bayoneta.”

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Al final, me quedo con estas frases de Santiago Posteguillo en La Ira de Trajano: “Trajano no necesitaba de consejeros imperiales para saber eso. No había que ser ni un genio ni un filósofo griego para saber que a más impuestos menos gastaba la gente y la economía del Imperio terminaría en un colapso absoluto que no interesaba a nadie. Sólo los imbéciles eran incapaces de no ver algo tan sumamente simple.” Sí, sólo los imbéciles son incapaces de ver algo tan simple.

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