La rebelión femenina en Afganistán

Por Ricardo Homs

Las noticias que nos llegan de Afganistán respecto a la lucha de las mujeres por mantener sus derechos de género ahora que el régimen talibán tomó el control del país, a partir de la retirada de las tropas norteamericanas, son preocupantes.

Se sabe que existe el riesgo de que este grupo islamista radical quiera imponer nuevamente la “sharía”, que es la antiquísima ley islámica que niega a mujeres musulmanas los mínimos derechos, como es prohibirles el acceso a la educación escolar después de los diez años de edad, impedir que asuman roles profesionales y políticos, pues define la sharía que su rol obligatorio es totalmente doméstico. Además, permite los matrimonios forzados y arreglados por los padres de los contrayentes y exige la subordinación total de la mujer al hombre.

Recordemos que el gobierno talibán en Afganistán gobernó desde 1996 y hasta 2001, imponiendo la “sharía” y las restricciones de género a la mujer.

Fue cuando Estados Unidos en 2001 intervino en ese país, buscando castigar a los guerrilleros de Al Qaeda encabezados por Osama Bin Laden -protegidos de los talibanes-, por haber perpetrado el ataque a las torres gemelas de Nueva York, que se restituyó a las mujeres afganas sus derechos de género básicos, similares a los de las mujeres occidentales.

Sin embargo, hay una larga tradición feminista en ese país musulmán que data de 1919, cuando asumió el poder el emir Amanulá Khan y su esposa Soraya Tarsi logró modernizar las costumbres tribales de opresión para dar libertades y derechos a las afganas, como la mujer occidental, sobre todo acceso a la educación. El emir se convirtió en rey.

En 1929 el rey Amunalá y su esposa Soraya fueron derrocados por su primo Muhammad Nadir Shah, quien se proclamó rey y derogó las reformas a favor de la mujer, cerrando escuelas para mujeres y obligándolas a regresar a su rol anterior de tipo doméstico y volver a cubrirse el rostro.

En 1933 Nadir Shah fue asesinado y su hijo Muhammad Zahir Sha tomó el gobierno y volvió a restaurar las libertades de las mujeres, mientras gobernó hasta 1973. En 1964 le dieron derecho a votar a las mujeres afganas.

En 1973 Zahir Shah fue derrocado por su primo, el izquierdista Mohammed Daoud Khan, quien concluyó una historia monárquica de 200 años y proclamó la República de Afganistán, manteniendo todas las conquistas de las mujeres afganas.

En esa época hubo gran auge de las mujeres en la vida universitaria. En 1979 los soviéticos invadieron Afganistán y lo controlaron y las mujeres siguieron gozando de libertades, hasta 1996 cuando los talibanes tomaron el poder y derogaron todas las conquistas femeninas e impusieron la “sharía”, tal y como era setenta y cinco años atrás.

Bajo la “sharía” las mujeres no tienen derechos de ningún tipo y terminan siendo utilizadas como una propiedad del padre y luego del esposo.

Hoy en México nos asombramos y nos solidarizamos con el alto riesgo que se vislumbra contra las mujeres afganas a partir de la salida de los norteamericanos de Afganistán y el control total que han tomado los talibanes.

Sin embargo, aún dentro de la modernidad de México y una legislación que de forma constitucional garantiza a las mujeres los mismos derechos que tiene el hombre, vemos que de forma encubierta el machismo sigue vigente en nuestro país pues no hemos logrado erradicarlo; es el año 2021 y la violencia contra la mujer sigue estando más viva que nunca.

El problema es complejo, pues tiene su origen en condiciones sociales y antropológicas, donde se mezclan además condicionantes de hoy, como lo es la pérdida de valores por una parte, como parte del nuevo estilo de vida, además de la pérdida del respeto a la autoridad que hoy vemos crecer por todo México como resultado de una confusión respecto a la responsabilidad del estado mexicano en la aplicación de la ley y el vacío de autoridad que esto provoca, estimulando la impunidad y con ello la violencia de todas formas posibles, incluso contra la mujer.

El otro componente social es el condicionamiento derivado de los usos y costumbres populares para que la mujer se someta al hombre por su condición femenina a la soberbia masculina, lo cual deriva en el machismo.

Este condicionamiento termina siendo un círculo vicioso entre la mujer, víctima de su pareja masculina, que la somete con el aplauso social y de su contexto. Sin embargo, tiempo después ella frente al hijo varón adolescente y adulto replica los valores sociales que tiene inconscientemente, aunque en un nuevo rol, apoyando y protegiendo al hijo agresor que sigue la conducta aprendida del padre. La madre entonces se convierte en la cómplice de su hijo y la controladora de su pareja, con lo cual el problema llega a la siguiente generación y de ahí crecerá de forma indefinida si en algún momento no se corta de forma tajante, a partir de dos instrumentos que son la educación por una parte como solución de fondo y la aplicación de la ley como estrategia de coyuntura que es la otra.

Son dos roles antagónicos en los cuales la mujer se convierte en víctima de ese condicionamiento social, que no le permite ver la injusticia de su propia realidad y por ello se convierte en el eslabón que lleva estos roles a la siguiente generación.

A su vez, la madre se convierte en el muro de contención de las ideas feministas frente a sus propias hijas.

Podríamos decir que la batalla debe darse en el seno de la familia tradicional, haciendo de la sororidad, o sea la solidaridad de género entre las mujeres, su principal estrategia.

La llegada al poder de las mujeres de esta nueva generación puede representar un punto de partida para la solución de este grave problema social.

Resolver este problema multifactorial del ámbito social, tan añejo, requiere acciones de gobierno, evidentemente, porque ahí se ejerce la autoridad y tienen los instrumentos jurídicos para hacerlo, combatiendo jurídica y judicialmente la violencia de género.

Sin embargo, la participación de la misma sociedad es fundamental.

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