La tragedia de Ayotzinapa (I)

Casa de Citas

Por Baltazar López Martínez

“La verdad siempre es simple. Y lo es por fuerza. Tiene que ser lo bastante simple para que la entienda un niño. De lo contrario sería demasiado tarde. Cuando la comprendieras ya sería tarde. La verdad no va de un sitio a otro y no cambia de vez en cuando. No se la puede corromper como no se puede salar la sal.”

-Cormac McCarthy

“El crimen organizado en México se origina, sostiene y nutre desde las estructuras del Estado, en particular de aquellas que teóricamente existen para combatir, precisamente, a la delincuencia”.

-Diego Enrique Osorno

“Estos son los únicos momentos en que siento la soledad verdadera: cuando uno se enfrenta a la violencia impune”.

-Ryszard Kapuscinski

Estoy al pendiente de la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa desde que ocurrió, en la noche del 26 de septiembre de 2014. El sexenio de Enrique Peña Nieto llevaba poco menos de dos años, y hasta esos momentos parecía que el presidente pasaría a la historia como el gran reformador, el salvador de México, el hombre que modernizaría las instituciones del país y que nos sacaría al fin, del atraso: unos meses antes, el 24 de febrero de ese mismo año, la revista Time puso en su portada una foto del presidente Peña en plano medio. “Saving Mexico”, decía en letras grandes, con una leyenda por demás explicativa: “Cómo las impetuosas reformas de Enrique Peña Nieto cambiaron la narrativa de su país empañado por el narcotráfico”. Pues bien, meses después el país se le fue a la mierda. La desaparición de 43 normalistas marcó el principio del fin de su sexenio.

Desde que las primeras noticias empezaron a fluir entendí que el asunto tenía dos vertientes, la primera que se trataba de un caso grave de desaparición forzada múltiple, dos, que el gobierno estaba haciendo esfuerzos denodados por ocultar lo que sucedió esa noche. Esfuerzos desesperados, diría. Sin embargo, estamos en tiempos en los que es muy difícil ejercer el control férreo sobre las noticias que tuvieron los gobiernos antes del advenimiento de internet. Ahora cualquier persona con un teléfono celular puede reportar en vivo, y como cada ciudadano tiene un teléfono hay millones de testigos potenciales. Esto hace que la labor de censura sea cada vez más difícil, si no imposible, y que la estrategia se centre en otro tipo de desinformación, la de las noticias falsas o con verdades a medias.

Verán ustedes, unos pocos días antes de la Noche de Iguala, hubo una reunión de normales rurales para coordinar la presencia de esas escuelas en la marcha de conmemoración de la matanza de estudiantes del 2 de octubre de 1968. A consecuencia de los acuerdos de esa reunión, los estudiantes de la normal “Isidro Burgos”, de Ayotzinapa, Guerrero, recibieron la comisión de reunir una treintena de autobuses en los que se desplazarían hacia la capital de la república los contingentes normalistas.

Los autobuses los consiguen por el expeditivo método de secuestrar los vehículos, la mayor parte de las veces con todo y conductor. Este acto es tan común en esos lugares que los encargados de las líneas de transportes instruyen a los choferes para que no opongan resistencia y permanezcan con la unidad para asegurarse de que no las vayan a dañar. Para el día 26, a una semana de la marcha, apenas tenían unos seis autobuses en la normal, sobre todo porque la policía estaba montando operativos para impedir la toma de camiones. Esa misma mañana los estudiantes habían intentado llevarse algunos, pero regresaron con las manos vacías porque las autoridades protegieron los vehículos automotores.

A eso de las cinco y media de la tarde, los mandos de los estudiantes (que tienen una estructura de poder propia) ordenaron que salieran a Iguala a tomar autobuses. Según los reportes, los alumnos de los cursos avanzados se excusaron de participar en el operativo, aduciendo que tenían trabajos escolares pendientes, por eso fueron alumnos de primero en su mayoría los que abordaron dos autobuses Estrella de Oro que ya tenían dentro de la escuela. Al frente de ellos iba un alumno de segundo a quien apodaban Cochiloco. Se desconoce la cantidad exacta de alumnos que partieron de la normal, pero se comprende que fueron poco más de cien.

Las autoridades sabían de las intentonas de los normalistas por tomar autobuses, y hay evidencia de que empezaron a vigilarlos desde que salieron de la escuela hasta que unas dos horas después llegaron a las inmediaciones de Iguala, una ciudad que desconocían por completo. Uno de los autobuses se quedó en las inmediaciones de un sitio conocido como “Rancho del Cura”, el otro continuó hasta la caseta. Los estudiantes que se quedaron en la carretera se bajaron e hicieron el alto a un autobús con la intención de tomarlo. El chofer trató de conciliar con ellos, y existen testimonios de que uno de los pasajeros también negoció con los alumnos para que permitieran que el autobús llegara a Iguala donde se bajarían los pasajeros. Los alumnos accedieron, y un grupo de ellos abordó el autobús.

Al llegar a la Centra de Iguala el chofer entró a los andenes, los pasajeros descendieron, el hombre apagó el motor y se desapareció de la escena. Los estudiantes llamaron a sus compañeros y les dijeron que estaban “detenidos” en la terminal de Iguala. Esto generó el malentendido de que el chofer los había dejado encerrados en el autobús, aunque en realidad estaban “detenidos” porque ya no tenían modo de avanzar. Los estudiantes se movieron entonces en los dos autobuses hacia la terminal de Iguala, con el fin de rescatar a sus compañeros. Al llegar a la Central se percataron de que sus compañeros estaban libres, y en un rápido operativo decidieron tomar tres autobuses más, ninguno de los cuales fue el que llevó al primer grupo de estudiantes.

Monitoreados por las autoridades, los normalistas salieron de la Central en una caravana de cinco autobuses rumbo a la calle Galeana (más adelante Juan N. Álvarez), buscando el periférico. Sin embargo, casi de inmediato dos de los vehículos se desviaron hacia la derecha y sólo tres continuaron en línea recta hacia el centro de Iguala. De los dos que giraron a la derecha, el de enfrente era uno de los dos en que salieron los estudiantes originalmente. El chofer tomó el periférico y avanzó hasta las inmediaciones del Palacio de Justicia de Iguala, donde lo detuvieron las fuerzas policiales, debajo del “Puente del Chipote”. De los tres que seguían en línea recta, el tercero era el otro autobús en que salieron los normalistas de la escuela.

Al poco tiempo de salir de la Central, cerca de las 9 y media de la noche, los tres autobuses fueron presas de un operativo policial que por medio de bloqueos les impidió desviarse de la calle Galeana y los obligó a seguir de frente. De inmediato empezaron los disparos y el ataque a mansalva a las tres unidades, que sin embargo continuaron su marcha ya por Juan N. Álvarez hasta el periférico norte, donde una patrulla municipal bloqueaba el paso. Los tres autobuses se detuvieron y los muchachos bajaron con la intención de empujarla y liberar el paso. La balacera arreció. Aldo Gutiérrez y Jonathan Maldonado cayeron heridos. El fuego a granel se concentró sobre el tercero de los autobuses. A eso de las diez y media de la noche los elementos policíacos obligan a descender a una veintena de estudiantes de ese tercer autobús. Los tienen en el suelo, los suben a las camionetas y los desaparecen.

Al mismo tiempo, diez y media de la noche, la policía detiene con violencia a los dos autobuses que van por periférico. Al primero le disparan a granel hasta poncharle las llantas, lo que provocó que el vehículo se detuviera por los mecanismos de protección de la lógica del motor, y después con palos, piedras y gases lacrimógenos obligan a los estudiantes a descender. Los someten a golpes, los suben a las camionetas y los desaparecen. Es decir, los 43 desaparecidos viajaban en los dos autobuses en que salieron originalmente de la Normal. En cambio, la policía permitió que los estudiantes que viajaban en el segundo autobús del periférico descendieran y los conminaron a huir, cosa que hicieron para sufrir persecuciones hasta bien entrada la madrugada. Durante los ataques los normalistas se comunicaron con sus compañeros de la Normal, quienes forman un comité para darles apoyo, que sale del plantel en dos camionetas Urvan.

De manera simultánea, a las diez de la noche con cuarenta minutos, un grupo de hombres armados detiene unos metros adelante del “Puente del Chipote” al autobús en el que viajaba el equipo de futbol de tercera división “Avispones de Chilpancingo”. Sin mayores miramientos balean a discreción al vehículo y matan a tres personas. Después, huyen del lugar al percatarse de que se equivocaron y de que en ese autobús no iban estudiantes.

Luego de perpetrar sus ataques, los cuerpos policíacos se retiraron del cruce de Periférico y Juan N. Álvarez poco después de las 11 de la noche. Los estudiantes salen de los autobuses, se reagrupan, tratan de proteger la escena, y reciben al comité de ayuda, al mismo tiempo que llegan reporteros y periodistas de los medios locales. Cerca de la media noche los estudiantes ofrecen una rueda de prensa donde hablan de las agresiones. En esos momentos hay un ataque más, perpetrado por profesionales, que dispara a mansalva sobre el grupo, hiriendo a Daniel Solís y Julio César Ramírez. Son los primeros minutos del día 27 de septiembre.

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