Las cosas insignificantes

Casa de Citas

Por: Baltazar López Martínez

“Pues para esto los llamó Dios, ya que Cristo sufrió por ustedes, dándoles un ejemplo para que sigan sus pasos. Cristo no cometió ningún pecado ni engañó jamás a nadie. Cuando lo insultaban, no contestaba con insultos; cuando lo hacían sufrir, no amenazaba, sino que se encomendaba a Dios, que juzga con rectitud”. – 1 Pedro 2:21-23

“Las leyes son como las telarañas: los insectos pequeños quedan atrapados en ellas, los grandes las rompen”. – Anacarsis

“La ley debe ser como la muerte, que no exceptúa a nadie”. – Montesquieu

“Vive con integridad, respeta los derechos de otras personas”. – Nathaniel Branden

Hace un par de años montaron una iglesia evangélica a la vuelta de la esquina de la calle donde vivo. De una vez les advierto: no tengo nada contra las iglesias, pero me llama la atención que en este pueblo cada cual haga lo que le da su real y regalada gana. La iglesia está en una casa que los pastores o los dueños, vayan ustedes a saber, habilitaron como templo. Por alguna razón que no alcanzo a comprender, esos mismos pastores están convencidos de que debo escuchar las alabanzas que cantan a todo volumen acompañados por guitarras desafinadas, batería, y otros instrumentos musicales, porque a pesar de la distancia hasta acá escucho el ruido. Para mí es ruido. Ruido indeseable, además.

Al margen de que este tipo de establecimientos debe obedecer los mandatos de la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público, hay un principio fundamental que consiste en respetar al prójimo. No tienen por qué imponer a los vecinos sus alabanzas, por muy buenas o positivas o salvadoras que les parezcan. ¿Quieren cantar?, adelante, canten; ¿quieren alabar a Dios a gritos?, está bien, griten. Pero por el amor de Dios, no obliguen al vecindario a escucharlos. Por mi parte, no puedo imaginar a Jesús cantando el Evangelio a ritmo de cumbia en la sinagoga. Y Jesús es el guía cuyos pasos deben seguirse, ¿no es cierto?

El asunto del templo en cuestión podría parecer insignificante (¿qué tanto es tantito?, sé tolerante, son unas cuantas alabanzas y ya), pero en realidad involucra una cuestión que nos atañe a todos: el cumplimiento de las leyes. Tal parece que en México, con sus debidas excepciones, pensamos que las Leyes les aplican a otros, y a pesar de que podría considerarse un caso de valores personales en realidad se trata del fracaso de las instituciones. No creo que los suizos o los noruegos sean mejores personas que los mexicanos, o que en posean un gen de obediencia a la ley que nosotros no tenemos. Se trata de que en esos países las instituciones funcionan, y al que se roba una bicicleta o se apropia de los bienes públicos lo meten a la cárcel.

Los estudios demuestran que el problema de la criminalidad, más que relacionarse con la pobreza (si lo vemos con detenimiento, los que más robaron en este país no eran pobres) tiene qué ver con la impunidad. Es el hecho de salir bien librado de cualquier falta a la ley es lo que propicia a los malhechores y alienta a vivir por encima de la ley y las instituciones. Me dijo un día Jorge González: “Las leyes en México son extraordinarias, pero su cumplimiento es mínimo. La regla de oro en los juzgados es ‘¿tienes mil pesos y quieres justicia?; tendrás mil pesos de justicia’”. A eso me refiero.

En México, los artículos constitucionales 133 y 135 son la base de lo que llamamos Estado de Derecho, definido como “principio de gobernanza por el que todas las personas, instituciones y entidades, públicas y privadas, incluido el propio Estado, están sometidas a leyes que se promulgan públicamente y se hacen cumplir por igual y se aplican con independencia, además de ser compatibles con las normas y los principios internacionales de derechos humanos”. En palabras simples significa que estamos obligados todos, a cumplir con la ley por igual. Aquí pueden hacer una pausa para reírse.

Los seguidores de la llamada Cuarta Transformación insisten en que esa transformación va de abajo arriba, y que para cambiar el orden de las cosas debemos cambiar como personas. No estoy de acuerdo. Nuestra propia naturaleza como seres humanos obliga a la ley a ser coercitiva, es decir, a imponer su acatamiento mediante el respaldo de una sanción, pena o multa. Si hubiera un cumplimiento voluntario de las leyes no necesitaríamos gobierno e instituciones, porque en realidad nadie cumple por gusto.

Sin embargo, sí creo que podemos hacer mucho en los hogares y en las aulas para mejorar el desempeño cívico de las personas y encauzarlas al Estado de Derecho. Hace tiempo tuve oportunidad de asistir a las primeras eliminatorias del concurso “¿Qué sabe un Niño de Primaria?”, que organizó Rolando Núñez a través de la Sección 55 del Suterm. Esa primera fase del concurso consistió en seis rondas de preguntas, cada una de ellas con diferentes reglas, para poner a prueba los conocimientos de los alumnos de sexto año.

Pues bien, en la primera ronda de la mañana del martes, una persona del público, que estaba detrás del equipo técnico que proyecta las presentaciones que contenían las preguntas, empezó a hacerles señas a uno de los equipos, dándoles pistas sobre las respuestas con gestos y con movimientos silenciosos de los labios. Cuando el equipo técnico se dio cuenta, ya que en una de las computadoras se estaban mostrando al mismo tiempo cada pregunta con su respuesta, cambiaron de lugar las computadoras, y le bloquearon la visibilidad a esa persona, quien se dio cuenta de la maniobra y sin embargo continuó induciendo las respuestas a los niños de su escuela.

Si bien es en la casa donde deberíamos enseñar valores a los hijos, los niños asisten a la escuela también para adquirirlos. De hecho, una de las materias se llama “Valores Cívicos y Ética”, para enseñarlos a diferenciar entre el bien y el mal y sus relaciones con la moral y el comportamiento humano, y para que conozcan las costumbres y normas que dirigen o valoran el comportamiento humano en una comunidad. ¿Pero cómo pretendemos inculcarles estos valores a los muchachos si les hacemos saber que lo único que necesitan para triunfar en esta vida es hacer trampas y comportase de manera deshonesta?

Los padres y los maestros deberían ser los primeros interesados en que los niños aprendan a comportarse con apego a las reglas en todos los aspectos de su vida. No hay manera de que forjemos una nueva generación de personas, de ciudadanos de bien, si desde ahora les enseñamos a ser tramposos. Por eso no es de extrañar que ya para cuando están en la preparatoria sean todos unos maestros en el arte de copiar en los exámenes, valiéndose de los medios más extravagantes e ingeniosos para burlar la vigilancia de los sinodales.

Pero a final de cuentas debe ser terrible, y también aleccionador, caer en manos de uno de esos profesionistas balines, que obtuvieron el título haciendo trampas o de plano sobornando a los maestros y las autoridades. ¿Qué va a pasar el día que nos intervenga un gastroenterólogo o un cirujano que compró las calificaciones o que se la pasó copiando en los exámenes? Ese día nos daremos cuenta de que la falta de valores está carcomiendo a la sociedad, que el origen de nuestros males, es cierto, está en los grandes hechos de corrupción, pero también en las pequeñas acciones que cometemos a diario los ciudadanos, esas que podrían parecer insignificantes pero que se cuentan por millones y nos retratan de cuerpo entero, porque pensamos que la ley deben cumplirla otros, y que no hay nada anómalo en violentar el estado de derecho. ¿Todo mundo lo hace, no es cierto?

Hace unos días caminaba por el bulevar de mi pueblo, y al dar vuelta en la esquina de Revolución, casi me atropella un motociclista de la pizzería Domino’s que venía circulando sobre la banqueta. “Oiga”, le pregunté, “¿por qué está circulando por la banqueta?”. El motociclista se enojó. “¡Te vale madres, pendejo!”, contestó. “No se moleste”, le dije, “pero la banqueta es para los peatones y la calle es para los vehículos, nada más”. A continuación el motociclista dijo cosas horribles de mi madre, me cubrió de improperios, amenazó con golpearme y por último aceleró y se perdió de vista. Llevaba prisa por entregar el pedido, supongo.

Y así. El que se pasa el alto, el que circula en bicicleta por la banqueta, o en motocicleta, como el repartidor de pizzas; el que tiene un negocio tapizado de leyendas cristianas y sin embargo utiliza una parte de la calle para trabajar y la señaliza y se adueña de ella como si fuera de su propiedad; el carnicero que despacha kilos de 950 gramos, el que te vende productos defectuosos o caducados, el que compra bienes a sabiendas de que son robados, el que hace como que trabaja, el que recibe cambio de más y no lo devuelve, el que cierra las calles para un velorio o una fiesta (que viene siendo casi lo mismo), el comerciante que utiliza el equipamiento urbano para fijar publicidad, el que acelera cuando se pone al luz amarilla del semáforo y termina por pasarse la señal de alto; en fin, todos tenemos parte de la responsabilidad de la podredumbre social que padecemos, porque de una manera u otra violentamos el estado de derecho con esos pequeños actos que parecen insignificantes y que sin embargo nos están llevando al fracaso.

Mejorar en las pequeñas cosas es tarea de todos, es cierto, pero la verdadera transformación es la de las instituciones, y es tarea del gobierno hacerlas funcionar. En realidad no es un problema de leyes, las tenemos y son de vanguardia, sino de aplicación de esas leyes. Mientras las instituciones sigan paralizadas por la podredumbre y la ineficiencia no habrá manera de que lleguemos al paraíso prometido de la Cuarta Transformación. Lo demás es palabrería. Y no me digan que por qué no dije esto cuando gobernaban el PRI o el PAN. Yo no fui cómplice; lo dije hasta el cansancio.

00
Compartir