Las madres de Tierra Blanca

+ Policías y narcos: un mismo demonio
+ La tragedia, el dolor, la rabia…

“Sé que mi hijo va a regresar con vida…tengo esa esperanza…”, me dice Columba Arroniz González, madre de Bernardo Benitez Arroniz, uno de los jóvenes secuestrados por policías estatales en Tierra Blanca, Veracruz. Es un domingo de enero. Columba habla, semana a semana, en mis espacios radiofónicos en Reporte 98.5 FM.

“No nos dicen nada más…sólo que investigan…pero nada de los muchachos”, su voz un suplicio, su lamento el dolor generalizado del México que ve desaparecer a sus jóvenes. Es Patricia González Arroniz, tía de José Alfredo González Díaz, otro de los levantados en Tierra Blanca.

El lunes pasado, caída la noche, cayó la noticia: los restos de Bernardo y de José Alfredo fueron hallados e identificados en el rancho “El Limón”, enclavado en Tlalixcoyan, a poco menos de 100 kilómetros de Tierra Blanca. Los masacraron. Ambos tenían 25 años.

“Mi hija tiene 16 años, es menor de edad…es alegre… es como cualquier chica…estudia la prepa abierta…ya verá que pronto regresará”, conmueve Carmen Garibo, madre de Susana Tapia Garibo, aún desaparecida. Iba también en el grupo de los cinco de Tierra Blanca. Doña Carmen habla como si tuviera a su hija de frente. Con el corazón apretujado.

“Por favor no dejen ustedes, los medios, de insistir en que encuentren a los muchachos…¡no nos abandonen!”, pide, exige, con el dolor de madre con hijo desaparecido, Dionisia Sánchez, madre de Mario Arturo Orozco Sánchez. Era el del cumpleaños, por quien fueron hasta Veracruz a celebrar. Salieron de Playa Vicente. Ya no volvieron.

“Estamos aquí, día y noche, junto al Ministerio Público de Tierra Blanca, esperando noticias…dormimos en colchonetas…comemos lo que nos trae la gente…nos han ofrecido hotel, pero no, de aquí no nos moveremos hasta que sepamos qué les pasó”, advierte, la voz un reclamo, Gloria de la O, madre de José Benítez de la O.

Son ellos, los cinco de Tierra Blanca. Los detenidos en una gasolinera cercana a la tienda Chedraui por policías estatales pertenecientes a la Secretaría de Seguridad Pública (SSP) de Veracruz. Era mediodía del lunes 11 de enero de 2016. Hoy hace un mes. Policías los detuvieron. Policías se los llevaron. Policías los entregaron al crimen organizado.

Son ellas, las madres de Tierra Blanca. Con la noticia de que Bernardo y José Alfredo están muertos, la esperanza se apaga, la rabia crece, la indignación se convierte en un sentimiento negro nacional que día tras días, hora tras hora, se apodera de un México que ve, impotente, arrodillado, cómo sus jóvenes desaparecen sometidos por policías y ejecutados por la delincuencia.

Sí, como en Ayotzinapa.

Hoy, en Veracruz.

*****

¿Qué se le dice a una madre que ha perdido a un hijo?

¿Lo siento mucho?

No. Nada. Lo que se le diga sobra. Es por demás.

“Se los digo, más que como periodista, como padre de familia: tengamos esperanza de que sus hijos aparecerán con vida. Estoy seguro que el domingo próximo su hijo, su hija, estarán junto a ustedes y me los pasarán y todo habrá quedado en una pesadilla…”, les comento a las madres de Tierra Blanca en vivo y al aire durante mi noticiero radiofónico. ¿Qué más puedo hacer? Me siento impotente. Frustrado. Sí: los periodistas no somos autoridad. Tenemos límites.

¿Por qué se los llevaron?

¿Por qué levantaron a los cinco de Tierra Blanca? ¿Los iban siguiendo desde el puerto? ¿Ya los esperaban en Tierra Blanca? ¿Los conocían? ¿Fue por venganza? ¿Fue un incidente desafortunado de vida: estar en el momento y en el lugar equivocados? ¿Iban por uno? ¿Iban por los cinco? ¿A quiénes se los entregaron? ¿Por qué a esos criminales? ¿Por qué mataron a Bernardo y a José Alfredo, los únicos identificados hasta ahora? ¿Por qué…?

Ninguna de estas preguntas –dagas que se clavan en el corazón de un país con miles de desaparecidos-, ha sido respondida, al menos, hasta el momento de entrega de este texto.

Un testigo que conocía a los muchachos y que también regresaba a Playa Vicente, vio cuando los policías estatales –cuatro ya detenidos y confesos-, detuvieron a José, Susana, Mario Arturo, José Alfredo y Bernardo. ¿Qué pasa?, preguntó. Revisión de rutina, le respondieron. Aparentó marcharse. Se detuvo más adelante. Esperaba ver el vehículo de los jóvenes por el retrovisor. No ocurrió así. Se regresó y observó que se los llevaban por detrás de la tienda Chedraui. Un policía manejaba el auto de los muchachos. Algo andaba mal. De inmediato avisó a los familiares. Y de milagro no se lo llevaron también.

“En la PGR nos han dicho que ellos no están investigando nada”, lamenta Rocío Arroniz, tía de José Alfredo. “Sólo nos están dando largas. Así nos han tenido todo este tiempo, sin saber nada”.

Las pancartas aparecen afuera de la PGR. Son leyendas que podríamos multiplicar por cientos, por miles, en cualquier región del país, desde Tamaulipas hasta Guerrero, desde Sinaloa hasta Morelos, haciendo escalas mortales en Veracruz y en el Estado de México:

…“Los policías de Veracruz son secuestradores”…“Vivos se los llevaron, vivos los queremos. Playa Vicente”…“Playa Vicente exige de regreso a los 5 con vida. En Playa nos faltan 5. Queremos hechos no palabras”…

“Ahí mismo donde se encontraron los restos de mi hijo, habían cientos de personas calcinadas que había en esas fosas clandestinas que hallaron en el rancho El Limón…”, dice don Bernardo Benítez, padre de Bernardo Benítez Arroniz, cuyos restos se localizaron en ese rancho, en declaraciones hechas a Ciro Gómez Leyva en Radio Fórmula.

Un padre sin hijo. Una madre sin hijo. Policías que los secuestran y los entregan a los criminales. Los obsequian, y con ellos, sus vidas y destinos. Una fórmula cada vez más constante, perversa, maldita.

Sí, como en Ayotzinapa.

Hoy, en Veracruz.

¡Qué país, carajo!

*****

¿Qué les vamos a decir a las madres de Bernardo y de José, de Susana y de Mario Arturo? ¿Qué decir a don Bernardo, padre de Bernardo? ¿A Patricia, tía de José Alfredo? ¿Qué decirles a familias enteras despedazadas por policías corruptos, corazón y alma vendidos al narco que mata y mutila no sólo cuerpos, sino vidas y futuros, perforando el corazón de un país? ¿Qué les diré la próxima vez?

No lo sé. Francamente no sé qué les diré a las madres de Tierra Blanca durante mi próximo noticiero de radio, como fue mi compromiso el domingo pasado y que ellas aceptaron. Y no tengo ningún pudor profesional ni personal al confesarlo: hoy la tristeza me enmudece, el dolor me mutila las palabras, el vacío me hunde en la desesperanza, la impotencia me abate, la rabia me corroe.

No es la primera vez, cierto, pero qué difícil es escribir a partir del dolor.

Del dolor profundo.

Por: Martín Moreno/ Sin Embargo

00
Compartir