Layla (1)

Casa de Citas

Por: Baltazar López Martíner

“Luego que te vi, te amé: porque amarte y ver tu cielo bien pudieron ser dos cosas, pero ninguna primero”.

Sor Juana Inés de la Cruz – Glosa que explica conceptos de amante

“Me pregunto si las estrellas se iluminan con el fin de que algún día, cada uno pueda encontrar la suya”.

Antoine de Saint-Exupéry – El Pequeño Príncipe

“Como un tonto me enamoré de ti, y tú pusiste todo mi mundo al revés. Layla, me tienes de rodillas, Layla, te lo ruego, querida, por favor, ¿no aliviarás mi mente atormentada?”.

Eric Clapton – Layla

Hoy me desperté con la certeza de la muerte. No me refiero a la idea abstracta que tiene uno sobre la muerte, sino a cierta sensación física, alejada de los dominios del pensamiento, con la que el cuerpo mismo adquiere la certeza de ser el solitario pasajero de un tren fantasma, y que algún día dejará de oír, de pensar, de abotonarse la camisa. Es semejante al sentimiento de extrañeza que nos asalta cuando despertamos a oscuras en una habitación desconocida y durante unos pocos segundos nos encontramos perdidos en la inmensidad de lo que no se sabe, sin identidad, ni pasado, ni equipaje, solos, como navíos a la deriva en un mar de oscuridad interminable.

Soñé que caminaba por el lecho seco de un arroyo, entre enormes piedras blancas y restos de vegetación calcinada. Un viento de otro mundo levantaba nubes y nubes de polvo también blanco. A lo lejos, una persona me llamaba a señas con insistencia. Vestía una túnica color marrón que le cubría incluso la cabeza. En un instante, como ocurre siempre en los sueños, estaba junto a mí. Sus pies descalzos apenas tocaban el suelo pedregoso. Extendió los brazos hacia mí. “Toma”, dijo, “es un regalo”. En sus manos había un cristal de cuarzo de increíble transparencia. Reconocí aquellas manos. Miré sus ojos. “Layla”, dije, “Layla”.

Mi historia con Layla no tiene principio. No podría decir cuándo fue que llegó a mi vida, porque el efecto de naufragio de su presencia tardaba en revelarse. Sé que una mañana miré sus ojos en los que brillaba la luz sobrenatural de la presencia del Espíritu Santo, y que a partir de ese momento habría de vivir por siempre la devastación de esa mirada. Layla era de piel blanca y cabello lacio casi rubio, cortado a la altura de los hombros. Solía vestir pantalones de mezclilla y blusas blancas con flores diminutas bordadas en el cuello y los puños. Sus manos eran finas y esbeltas, de uñas redondas y siempre pulcras. A primera vista aquella muchachita más bien baja de estatura, con la cara salpicada de pecas, no impresionaba gran cosa, pero una vez que la mirabas a los ojos no volvías a ser el mismo nunca, porque Layla tenía la virtud de transformar a las personas y objetos sobre los que posaba la mirada.

Layla y yo íbamos iba a la escuela por la tarde. Junior y yo pasamos como dos meses rondándola, hasta que un jueves nos decidimos a abordarla. Yo le llevé esa tarde un par de flores robadas en el camino, que ella aceptó como si provinieran de los jardines colgantes de Babilonia. Supe que vivía en Lomas Verdes, que le gustaba levantarse temprano a pasear en bicicleta, que tenía la costumbre de almorzar cualquier cosa de pie en la barra de la cocina, a solas en la casa. Esa misma tarde aceptó un café apresurado en uno de los changarros aledaños a la escuela. Insisto, Layla no era de este mundo. Su presencia iluminaba las estancias. Sus ojos transformaban todo aquello sobre lo que posaba la mirada. No recuerdo un lapso de mi vida en que haya estado más cerca de la felicidad y la gracia como entonces. La presencia de Layla lo llenaba todo. A su lado el mundo entero con sus guerras y sus pequeñas o grandes tragedias carecía de importancia.

Ah, pero el estado de gracia duró apenas dos meses, porque un día, sin aviso previo, Layla me presentó a su novio, Alberto. Era un cuate flaco y medio desgarbado que dedicaba buena parte de su vida a repartir patadas y golpes de karate, que había estado en su concentración previa a las competencias panamericanas o algo así. Supe por Layla que sus adversarios deportivos le tenían miedo porque en realidad era un maestro en el arte de tupir a mamporros al prójimo, y de que en su club tenían la certeza de que volvería de San Juan, Puerto Rico, con una medalla de oro.

Les diré que nunca tuve intenciones de cantarle a Layla. A su lado yo era un tipo gris que se afanaba en destrozar canciones en la guitarra y que escribía los peores capítulos de la poesía latinoamericana. Eso sí, pasábamos la mayor parte de las tardes juntos, tratando de estudiar un poco. Yo le ayudaba a repasar álgebra y trigonometría y ella trataba, sin conseguirlo, de que yo aprendiera los rudimentos de la química orgánica. Ya para salir llegaba Alberto. Había terminado la concentración y andaba de vago, el muy karatekista. A veces venía directo de sus prácticas, molido de tanto madrazo. Nunca pude apreciar la belleza de las artes marciales. Yo era de la onda de la paz, el amor y todo eso. Después llegaron las vacaciones y dejamos de vernos. A principios de julio de ese año Alberto se fue para Puerto Rico.

Una tarde, Alberto fue a buscarme a la casa. Iba deshecho porque Layla había terminado con él. Y terminado era la palabra exacta. Sucede que al regresar de los panamericanos fue a verla, con la intención de enseñarle la medalla y decirle “ira mi reina lo que gané por ti a base de puro mamporro”, etcétera. Pero Layla lo recibió en pijama, a las tres de la tarde, con el pelo revuelto y ojos de sueño. Apenas si miró la presea. Ahí, en la puerta de su casa y sin más trámite ni explicación le aplicó la tijera. Alberto se estaba apagando. Como muchos alrededor de Layla, Alberto era incapaz de brillar con luz propia.

En realidad fue a buscarme porque tenía un plan infalible para reconquistar a Layla. El plan era muy simple, llevarle una serenata con motivo de su cumpleaños. Yo era, como hasta ahora, malísimo para tocar la guitarra. Y cantaba peor. “Pérate”, le dije, “primero necesitamos invitar a mi cuate Francisco, que canta muy chido. Ensayamos un rato, y ya luego vamos a cantarle unas canciones a Layla”. Pero Alberto no entendió razones e insistió en que fuéramos él y yo, solos. “Yo canto”, me dijo, “tú namás dale a la guitarra”. Ensayamos como cinco o seis canciones de serenata, tipo “en esta noche clara de inquietos luceros lo que yo te quiero te vengo a decir”. En el colmo del enamoramiento, Alberto le compuso letra en español a “Y la Amo”. Sonaba cursilísima, por supuesto. Pobrecito de mi amigo, estaba enloqueciendo.

A las ocho de la noche estuvimos listos, pero las dificultades apenas empezaban: ni él ni yo teníamos dinero. Sin embargo, Alberto era deportista a morir, y no tardó en dar con la solución al problema. Míranos, ahí vamos, caminando, con los bolsillos vacíos y la guitarra a cuestas, como dos idiotas perdidos en la lluvia.

Como dije, Layla vivía por donde da vuelta el aire, en la sección mil de Lomas verdes, y hasta allá fuimos, caminando en silencio por esas calles de Dios. Pasaba de las diez de la noche cuando llegamos. La casa de Layla tenía un pequeño jardín al frente que estaba delimitado por un macizo de abetos recortados a manera de cerca. Había también una puerta de herrería a media altura cerrada con candado. “Órale, vamos a meternos”, propuso Alberto, “para quedar abajo de su ventana”. Ya había pasado una pierna por encima de los arbustos cuando vimos al pie de la puerta el cuerpo descomunal de un gran danés. Era el perro más grande del mundo, mayor que un caballo inclusive, negro y de apariencia aterradora. El amo del karate y el descontón tepiteño se quedó congelado a medio salto. Supongo que le sudó la dona porque regresó de inmediato su piernita y sugirió mejor cantar desde donde estábamos, al fin que la ventana del cuarto de Layla daba hacia la calle. La verdad, yo también era muy maricón para los perros, de modo que no me hice del rogar, y desde la otra orilla de la cerca di el primer guitarrazo en la menor, para que Alberto empezara a cantar “en esta noche clara”, etcétera.

Teníamos repertorio para una media hora. Alberto cantó más o menos afinado y a tiempo. Por mi parte, juro que le puse todas las ganas del mundo con tal de que las rolas salieran bien, pero fue en vano. La serenata pasó desapercibida. No se encendió la luz de la habitación como en las películas, ni mucho menos apareció Layla suspirando de amor. Ni siquiera despertamos al pinche perro. Fue el colmo del fracaso. El gran danés (que debía llamarse Goliath, Titán, Hércules, Brutus o Kruger) sólo se acomodaba en el tapete como si tuviera pesadillas. Ojalá hubiera salido el papá de Layla a mentarnos la madre, a bañarnos de orines, cualquier cosa menos el silencio atronador de Lomas verdes a las once de la noche. Alberto no podía creerlo. Cantó de nuevo “Y la Amo” con la letra que había inventado horas antes, y nada. Nos miramos en silencio. “Chingue a su madre”, musitó entre dientes, “ya vámonos”. Caminamos en silencio hasta mi casa. La llovizna había cesado, y la noche estaba clara como nunca, pero no había inquietos luceros. En el cielo la luna enorme y tonta nos miraba. Ya en casa, pasamos el resto de la madrugada tomando rompope sin decir palabra.

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