Layla (2)

Casa de Citas

Por: Baltazar López Martínez

“Cada memoria enamorada guarda sus magdalenas y la mía -sábelo, allí donde estés- es el perfume del tabaco rubio que me devuelve a tu espigada noche, a la ráfaga de tu más profunda piel”.

-Julio Cortázar.

“Siempre ha sido que el amor no conoce su propia profundidad hasta la hora de la separación”.

-Khalil Gibran.

“Algún día me preguntarás ¿cuál es más importante, mi vida o la tuya? Diré la mía, y te irás sin saber que eres mi vida”.

-Khalil Gibran.

Al otro día se armó la bronca mundial. Alberto fue a buscar a Layla a su casa. No lo hubiera hecho, porque pelearon para siempre. Ella le juró por el Calcetín Mágico de Sai Baba que no había escuchado la serenata, que su cuarto no daba a la calle, que tenía el sueño muy pesado. Alberto, por su parte, la acusó de haberlo despreciado como a un perro sarnoso y le reprochó todo lo que acostumbra uno reprochar cuando está encabronado. El colmo fue cuando mi cuate, exasperado por ese diálogo de sordos, rompió de una relampagueante patada mae geri el disco “Frampton Comes Alive” que le había regalado a ella el día de su primer aniversario. Ahí ardió Troya. Layla dejó de mirarlo y Alberto se apagó sin remedio. Era, ya lo dije, incapaz de brillar con luz propia.

Pasó el tiempo. Las vacaciones terminaron y volvimos a la escuela. Alberto desapareció de nuestras vidas. No quiso contestar el teléfono y sus padres lo negaron en los dos o tres ocasiones en que Junior y yo fuimos a buscarlo. Después de la serenata fallida Layla y yo nos habíamos visto un par de veces, casi siempre para intercambiar apuntes y cosas de esas. Estaba muy seria conmigo. Después dejó de hablarme. Yo no quise insistirle. Ella tendría sus razones.

Una semana después del inicio de clases, me encontré en el pasillo con ella y su amiga Tere en circunstancias en las que alguien debía hacerse a un lado. Yo iba saliendo de la biblioteca cuando de buenas a primeras me envolvió aquel resplandor inmaterial. Todavía recuerdo con pasmosa claridad aquel momento irrepetible, la luz inmortal de los ojos de Layla, el arco rotundo de sus cejas de estatua griega. Quise decirle algo, pero lo inesperado del encuentro me dejó sin habla. Además, Layla se dio prisa en atajarme. “Ni me hables, porque tengo ganas de romperte el hocico”, musitó entre dientes.

Me hice a un lado para que pasaran. Esa misma tarde Tere fue a buscarme llevando un recado. La joven Layla me esperaba atrás de la escuela, en el campo de futbol americano, en punto de las tres de la tarde, para romperme el hocico que Dios me diera. “Ira”, Tere, “dile a la loca de tu amiga que cómo me voy a agarrar a golpes con ella, si es mujer y además es mi amiga”. Debo confesar que sí me acalambraba un poco pensar en sus posibilidades de partirme el hociquito, ante la posibilidad de que Alberto le hubiera enseñado los rudimentos del karatazo demoledor. “Pues yo no sé, esa es tu bronca”, dijo Tere, que por lo visto ya se había contagiado de la locura de la otra.

Fui al campo a las tres de la tarde, con afán de averiguar cuál era la bronca. Ahí estaba Layla, con sus pantalones de mezclilla, su blusa blanca con flores bordadas a mano en el cuello y los puños. Un solecito pachorrudo se asomaba entre las nubes. El campo estaba desierto a esas horas. Nos miramos. Layla se me acercó tanto que percibí su olor prodigioso. Layla, quise decirle, Layla, me tienes on my knees, lo dijo Clapton, darling, te lo ruego, please, dale descanso a mi alma atormentada…

La conversación fue breve. “Esteeee, ¿querías hablarme?”, pregunté. “¿Hablarte? No; ya te dije que quiero romperte el hocico”, fue la respuesta. “Bueno, pues rómpemelo”. “Así no, sin que metas las manos no; no tendría chiste”, dijo. Su voz estaba enronquecida por la ira. “Pues no pienso meterlas. Si me quieres madrear, madréame y ya”. Me miró largamente, como creo que mira Dios a sus creaturas y de pronto, sin decir más, me plantó un golpe cruzado en la mejilla que me oscureció la vista. En verdad pegaba fuerte, al menos más fuerte que yo. Sentí el sabor salado de la sangre inundándome la boca. Antes de que pudiera reaccionar me golpeó de nuevo, aunque con menos fuerza. La dejé hacer sin alzar siquiera los brazos. Layla estaba de veras enojada. “Defiéndete, pendejo”, exigió entre dientes, al tiempo que me daba un empujón. “Defiéndete, defiéndete”.

El impulso me hizo caer de espaldas sobre el pasto crecido. Layla cayó sobre mí tirando golpes. Sentí el peso prodigioso de su cuerpo sobre el mío, el calor de su aliento contra mi rostro. Layla, Layla, me tienes de rodillas, ora sí que on my knees, y como un tonto me enamoré de ti, y tú, tú volteaste my whole world upside down. No sé cómo empezó a besarme. Sentí su lengua tibia lamiendo la sangre que me escurría por la barbilla. Su aliento era una fiesta, un prodigio su cuerpo joven, casi de niña. Layla, Layla, por favor no digas que nunca encontraremos la manera, te estoy rogando, darling. Layla me miraba a los ojos. Me miraba con aquellos sus ojos verdes y vivos, me miraba como mira por primera vez el hombre al fuego, como mira uno al mar por vez primera.

Esa tarde presenciamos juntos la violencia del atardecer desde los cerros de Valle Dorado. Había en la colina una enorme piedra que usábamos para tristear y desde ella vimos caer la noche sobre el cielo cochambroso de Tlalnepantla. Descalzos sobre la piedra, Layla me hizo jurar que nunca, nunca íbamos a separarnos. “Nunca”, le dije, “nunca vamos a separarnos”. Me besó de nuevo. La luz inmaterial de sus ojos lo iluminaba todo.

Layla resplandecía con la luz del Espíritu Santo. Tenía el don de infundirle vida a cuanto se ponía a su alcance, aunque creo que ella misma ignoraba el efecto demoledor de su presencia. Con el pretexto de aprovechar las mañanas quiso aprender natación (se veía deslumbrante en bikini pero no le gustaba usarlo porque, según ella, tenía el vientre color verde oficina); luego le dio por coleccionar recetas de postres y bebidas; se metió a la religión de Sai Baba; se salió de la religión de Sai Baba; se inscribió en el torneo de pesca de la carpa radioactiva del Lago de Chapultepec; pidió ser admitida, sin conseguirlo, en el patronato del museo de Antropología; leyó la Ilíada, la Odisea y obra completa de Khalil Gibran (lo cual constituye en sí mismo toda una excentricidad); se inscribió en los cursos de paramédicos en la Cruz Roja; visitó orfanatorios y casas de retiro para viejitos llevando comestibles y pañales y ropa que ya no usaban en su casa. Yo la miraba hacer, sorprendido por la energía que emanaba de todos sus actos, la obstinada determinación de hacer el bien a otros.

Un día, sin advertencia alguna, Layla me aplicó la tijera también y no quiso saber más de mí. Era un espíritu libre. Así como llegó se fue. Yo caminaba de madrugada hasta su casa y me quedaba al pie de su ventana, insomne, velándola hasta que la aurora de rosáceos dedos venía a compadecerse de los mortales. Layla, me tienes on my knees, Layla, te lo ruego, darling, please. Fue en vano. Layla me expulsó para siempre de su vida. La última vez que hablamos (si hubiera sabido que sería la última vez me hubiera esforzado por aprehender sus gestos, el tono exacto de su voz, la sombra de sus manos gesticulando sobre la mesa del café). Layla me soltó una sarta de lugares comunes del tipo ojalá seas muy feliz, pronto verás que así es mejor, sé que no voy a olvidarte.

El tiempo es inmisericorde como la vida misma, y la memoria nos atraiciona sin que apenas nos demos cuenta. Yo pensaba que todos los caminos de mi vida conducían a Layla, y esa certeza sólo podía provenir de las cicatrices que me dejó en el alma. Sin embargo, la vorágine del tiempo nos arrastró como hace la crecida del río con las piedras. Varios años después de lo que ahora cuento volví a verla, a la salida del cine Apolo. Iba acompañada por dos niñitas güerejas, igualitas a ella, pecosas y de una belleza sobrecogedora. Tenía en el rostro la huella de los años, pero sus ojos poseían aún esa luz innombrable. Por un momento nos miramos y volví a sentir que el brillo protector de su mirada me envolvía. Ella pareció no reconocerme. La miré desaparecer en la oscuridad de la noche y no volví a recordarla -yo, que había jurado no olvidarla nunca- hasta el día en que la soñé obsequiándome un cristal de cuarzo tan diáfano como sus ojos, a los que amé como a mi propia vida.

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