Llevar la muerte a casa

Casa de Citas

Por: Baltazar López Martínez

“Para demostrar que la gente en la Tierra hoy está mucho más cerca que nunca, un miembro del grupo sugirió una prueba. Ofreció una apuesta de que podríamos nombrar a cualquier persona entre los mil quinientos millones de habitantes de la Tierra y, a través de un máximo de cinco conocidos, uno de los cuales él conocía personalmente, podría vincularse con el elegido”.

—Frigyes Karinthy

“Bajo la máscara de la temeridad se ocultan grandes temores”.

—Lucano

“Me moriré de viejo y no acabaré de comprender al animal bípedo que llaman hombre, cada individuo es una variedad de su especie”.

—Cervantes

Hay varios elementos que intervienen en el comportamiento de esta epidemia que padecemos. Sin medidas de mitigación la cantidad de contagios crecería en progresión exponencial, sobre todo por la gran movilización social que experimentamos hoy en día. El mundo es una aldea desde hace ya muchos años y los seres humanos estamos entrelazados unos con otros, tal como lo planteó el escritor húngaro Frigyes Karinthy, en su relato Chains, de 1930, en el que planteó la idea de los Seis Grados de Separación, según la cual una persona puede estar conectada con otra en cualquier sitio del planeta a través de una cadena de conocidos de cuando mucho cinco eslabones o intermediarios.

La idea es muy simple. Si cada persona interactúa con otras cien, por amistad, trabajo o relaciones sociales, puede colocar un mensaje tan solo con pedir a sus cien contactos que lo difundan. Si cada uno de sus cien contactos a su vez tiene cien contactos, en este segundo nivel el mensaje alcanza a unas 10 mil personas, más o menos, porque puede que muchos contactos sean comunes. Si cada uno de estos 10 mil conoce a su vez a otras cien personas, el mensaje en este tercer nivel alcanzaría a 1 millón de seres humanos. En el cuarto nivel el mensaje llega a 100 millones de almas, y a 10 mil millones en el quinto nivel. Lo mismo ocurre con los contagios. Sin restricción alguna, en pocas semanas gran parte de la población del mundo estaría enferma.

Para disminuir la cantidad de contagios a lo largo del tiempo, lo que llaman “aplanar la curva”, intervienen dos variables. Una es la cuarentena y la otra es el confinamiento voluntario. La cuarentena consiste en aislar a las personas enfermas y evitar así que contagien a otras. Por eso la recomendación de la autoridad sanitaria a quienes experimenten los síntomas de la Covid-19: quédense en su casa, aíslense, y solo acudan al médico en caso de agravamiento de los síntomas y la dificultad para respirar. La recomendación tiene sus aristas, porque la propia autoridad reporta que han llegado a tener conocimiento de casos ya cuando el paciente se encuentra en estado crítico. De este modo la cuarentena contribuye a que los casos de contagio sean menores al romper la cadena de cinco eslabones que nos une a todos.

La segunda medida es el auto confinamiento, es decir, que las personas de manera voluntaria y sin estar enfermas acepten quedarse en su casa la mayor parte del tiempo posible, sobre todo quienes pertenecen a los grupos más vulnerables, que en este caso son las personas mayores de 60 años, y quienes padezcan enfermedades crónicas como hipertensión, sobrepeso y diabetes, entre otras. La situación es aún de mayor riesgo para los adultos mayores que padezcan además algunas de estas enfermedades. Para conseguir este confinamiento voluntario las autoridades emitieron diversos lineamientos que redujeron las actividades diarias a solo las esenciales. Es decir, que salga de casa solo el que tiene que salir.

El aplanamiento de la curva no tiene como objetivo disminuir la cantidad de contagios, porque es imposible. Más bien se trata de alargar los contagios y espaciarlos a lo largo del tiempo, de modo que el sistema hospitalario tenga la capacidad de atender a la cantidad de enfermos que demanden atención por la Covid-19. En este caso el sistema de salud nacional, estragado por años y años de saqueo, simulaciones y abandono, tiene un límite superior que se alcanza con facilidad, y el peor escenario que podemos afrontar como sociedad es la saturación de los hospitales y la sobredemanda ocasionada cuando la cantidad de casos rebase la cantidad de camas, equipos de terapia intensiva y respiradores mecánicos. En ese momento llegaremos, como dice la escritura, a llorar y a apretar los dientes (Luc 13:28).

El tema de la movilidad social es primordial para prevenir la saturación del sistema hospitalario, y es ahí donde surgen algunos problemas, relacionados sobre todo con la economía. En un país de 127 millones de habitantes, de los cuales 55 millones están en la pobreza, es muy difícil pedirle a la gente que permanezca en casa. No hay manera, porque viven al día la gran mayoría, y a la semana los más desahogados. Además, por sus características socioeconómicas estos 55 millones de personas carecen de capacidad para ahorrar, y mucho menos tiene acceso a un crédito bancario, de no ser por los empréstitos leoninos de las empresas de Salinas Pliego, de modo que no tienen un guardadito como para agarrarlo de salvavidas para la contingencia.

Así pues, están quienes deben salir porque sus actividades son esenciales para el funcionamiento del país, como el abastecimiento de alimentos y los servicios básicos como la generación de electricidad. Tenemos también a los que salen de casa porque no les queda de otra, los que día con día tienen que emprender la jornada para llevar el pan a la mesa, y que ahora lo hacen incluso a costa de su propia seguridad. Vayan mis respetos para esas personas, entre las que hay muchísimas mujeres trabajadoras, porque incluso cuando la enfermedad nos ronda como un león rugiente no se echan para atrás y se afana durísimo haciendo lo que tienen que hacer para sostener a la familia. Ojalá les vaya bien y se cuiden y se apeguen a las medidas mínimas de seguridad como la sana distancia y el lavado frecuente de manos.

Desde el 23 de marzo las autoridades decretaron la Jornada Nacional de Sana Distancia, e instauraron medidas de mitigación dirigidas a la comunidad, no al individuo, con la finalidad de modificar la dinámica de contagios y aplanar la curva. El problema de las medidas mitigación comunitaria es que excluyen al individuo y lo liberan de toda responsabilidad. Desde el inicio se nos dijo que no habría medidas excepcionales dirigidas a los individuos, mucho menos persuasión forzada, medidas coercitivas, toque de queda o Estado de Excepción. El presidente López Obrador hizo un llamado al pueblo bueno y sabio, pero el pueblo bueno ni es tan pueblo ni es tan bueno y mucho menos sabio, porque además de los dos grupos de personas que ya mencionamos que mantienen la movilidad, hay un tercero: el de los idiotas.

Este tercer grupo lo conforman quienes carecen de motivos para andar en la calle, pero lo hacen. Los que agarraron el carro en la semana santa para salir a vacacionar, los que decidieron visitar a parientes aprovechando los días feriados, pese a las advertencias del gobierno de que no se trataba de vacaciones, sino de estar guardados en casa. Ese tercer grupo es inevitable y forma parte de las estadísticas de control de la epidemia. No hay llamado, reconvención, súplica, petición, apercibimiento, advertencia, ruego, que los haga quedarse en su casa. Ni siquiera una ciudad amurallada puede contenerlos. La naturaleza humana es así y no hay nada que hacer. Ese grupo se expone de manera innecesaria y expone a otros, pero eso no los inhibe. Cada cual tendrá sus personales razones para actuar como lo hace.

No hay manera pues de cerrar las ciudades. Es como intentar ponerle puertas al campo. La gente que quiera entrar lo hará, sin que importen los medios, porque es imposible montar una cadena de vigilantes que a manera de valla impida el acceso de los visitantes. Si a ello le sumamos que hay mucha gente en la ciudad dispuesta a recibirlos la ecuación se completa, y ellos entrarán y eso los hará sentirse más inteligentes y guapos que todos esos pusilánimes que permanecen encerrados, víctimas del miedo. De modo que los filtros sanitarios son una medida de mitigación, pero tienen sus limitaciones, aunque los ayuda mucho el hecho de que el Río Tuxpan actúa como una barrera natural y reduce de manera significativa los puntos de entrada, aunque como dijimos el que quiera entrar, entrará.

Por eso no hay que caer en el pánico. Habrá quien llegue, es inevitable. Pero en la medida que nos apeguemos al confinamiento voluntario y observemos las medidas de salud, como la sana distancia, el lavado de manos y las demás recomendaciones de la autoridad, tendremos posibilidades de salir bien librados de este peligro. Claro, siempre está en juego ese pedacito del azar que dirige nuestras vidas, pero en la medida de lo posible debemos impedir que el factor azar nos conduzca a la enfermedad.

Otro fenómeno que nos puede angustiar en el confinamiento es el de las noticias falsas y la simple información maliciosa. Internet le dio voz al tonto del pueblo, peor lo más grave es que se la dio también al acosador, al deshonesto, al abusivo, al malintencionado, al perverso, de modo que las benditas redes sociales nos informan y nos mal informan, y en ocasiones es muy difícil discernir entre lo verdadero y lo falso, lo auténtico y lo ilegítimo. Así como hay quienes se entretienen llamando a la central de bomberos para reportar incendios falsos o a la Cruz Roja para hacerles llamadas de broma, así hay quienes publican noticias en Facebook, nada más por provocar reacciones de pánico o enojo, o por la canallada de sacar raja política, y por razones de nuestro propio equilibrio emocional y nuestras proyecciones, muchas veces estamos dispuestos a creerlas.

No hay manera pues de encapsular a la ciudad, habrá movimiento y es inevitable. Es importante mantener la calma y reforzar las medidas del cuidado propio, porque es lo único que está a nuestro alcance. El presidente municipal está haciendo su parte, junto con su gente, y el modo como podemos apoyarlo es cuidando de nosotros mismos y de nuestras familias. Siempre habrá quienes burlen los cercos y entrena la ciudad, la naturaleza de los seres humanos así es, lo nuestro es la temeridad, como buenos mexicanos, y nos encanta rascarle los testículos al tigre. Ojalá que quienes lleguen a pasar estén sanos, porque de otra manera van a venir a contagiar a nuestros vecinos, y es ahí donde los cinco eslabones de la cadena nos pondrán a temblar. Por último, lector, lectora, quisiera preguntarte: ¿con qué nombre deberíamos llamar a quien lleva la muerte a su casa?

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