Oposición en la lona

Casa de Citas

Por Baltazar López Martínez

“Que es una campaña política sino un esfuerzo concentrado para quitar a un grupo de políticos que son malos, y poner a otros que se cree que son mejores. La primer conclusión, creo que siempre es atinada; la segunda, es ciertamente falsa. Porque, si la experiencia nos enseña algo, es esto: que un buen político, en la democracia, es tan impensable como un ladrón honesto”.

-Henry Louis Mencken.

“Cae la cabeza del rey, y la tiranía se vuelve libertad. El cambio parece abismal. Luego, pedazo a pedazo, la cara de la libertad se endurece, y poco a poco se vuelve la misma vieja cara de la tiranía. Después, otro ciclo, y luego otro más. Pero bajo el juego de todos estos opuestos hay algo fundamental y permanente: la ilusión básica de que el hombre puede ser gobernado y al mismo tiempo ser libre”.

-Henry Louis Mencken.

En el PAN y el PRI no se imaginaron siquiera que la fenomenal paliza que les dio Morena en las urnas el año pasado, cuando arrasó en la elecciones federales, fue apenas el principio de una catástrofe moral, como bien la definió el presidente López Obrador, de un derrumbe generalizado que los tiene en la lona, acotados en su capacidad de respuesta cuando no en franca desbandada, a tal grado de que desaparecieron del mapa político y no se mira por dónde puedan empezar a recuperarse.

No se imaginaron que el presidente López Obrador estaría todas las mañanas, en un encuentro con presentantes de los medios de comunicación, que más que rueda de prensa es hora y media de homilía política, en la que el presidente pontifica, corrige, amonesta, dicta cátedra, pero sobre todo continúa con su labor de disminuir al PRI y al PAN, ya que los califica de ladrones, inmorales, deshonestos, corruptos, voraces, apátridas, impúdicos, cleptómanos, chanchulleros, englobándolos en algo que no entendemos muy bien qué es, y a lo que él se refiere como “36 años del período Neoliberal”.

Es decir, ya que están tirados les impide levantarse y los patea. Y ya comprenderán ustedes, lectores, el poder de las palabras, porque con sólo palabras los demuele día con día, los descalifica, los regaña, los exhibe como partidos purulentos, de rapaces ladrones y acomodaticios cómplices, y no deja margen para que se les considere alguna obra buena. A través de sus homilías ‑porque eso son en realidad, sermones religiosos- el presidente cubre de fango a sus adversarios políticos, incluso cuando dice que los respeta, y de igual manera arrasa con los empresarios, los periodistas que le manifiestan desacuerdo con sus prédicas, y con todo aquel que se atreva a tocar, aunque sea con el pétalo de una rosa, al proyecto de la 4T.

A través de “las mañaneras” el presidente se apoderó de micrófono (es en realidad “el dueño del micrófono”) y dicta la agenda y los temas del día, porque las preguntas que le dirigen los periodistas le dan pie para que conteste lo que se le da la gana, de modo que enseña historia, economía, ciencias políticas, descalifica a los neoliberales, hace chistes, pide a los reporteros que aplaudan, lleva mariachis a las jefecitas, y sobre todo pone en práctica un poderoso campo de distorsión de la realidad, en el más puro estilo de Steve Jobs, y no permite que la cruda verdad empañe sus fantasías, porque el señor presidente siempre tiene “otros datos”.

Por ahora la única voz que se escucha es la del presidente, que a diario enfila sus misiles contra los neoliberales y los hunde cada vez más en el descrédito, sin que los ideólogos, dirigentes, cerebros o como se les llame que encabezan los partidos acierten siquiera a balbucear una respuesta, ya no digamos coherente, sino una respuesta, la que sea, como sea. Su derrota es moral, como bien la definió el presidente, pero va más allá, porque en un descuido se extinguen, sobre todo el PAN, que está peor de desdibujado que el PRI (y ya ni se diga el PRD, los Naranjas y demás chiquitera), y que tardó doce años apenas de ser la primera fuerza electoral del país en 2000 a ser un chiste mal contado en 2018, cuando Chiky mordió feo el polvo.

Uno de los pocos que se atreven a dar la batalla son los expresidentes panistas Fox y Calderón, pero el presidente López Obrador no les da respiro, porque los agravios que tiene con ellos son de índole personal (con Fox por el proceso de desafuero, con Calderón porque le robó la elección en 2006). Empezó por tumbarles la pensión. Luego a Fox lo liquidó de dos o tres cachetadas mediáticas (lo acusó en enero de que en 2004 Fox negó la compra de una sustancia que marca la gasolina, y que con ello abrió la puerta al robo de ese combustible), pero con Calderón se explayó. Dijo que era inmoral y deshonesto por sus nexos con Iberdrola, y a lo largo de las mañaneras lo fue demoliendo, hasta colgarle el mote de “Comandante Borolas”, con el que lo reduce a un esperpento, sin un sólo gramo de legitimidad para ser interlocutor del presidente de la república, y lo convirtió en blanco de las huestes de la 4T en al redes sociales, que lo volvieron tópico principal y le hicieron cientos de memes humillantes.

Pero la labor del presidente López Obrador va más allá, porque tiene un proyecto de largo calado que de ninguna manera termina en 2024, cuando venza su período constitucional, y en ese proyecto ni el PRI ni el PAN -y mucho menos la chiquitera- están contemplados. Para ello emprendió un proceso de desmantelamiento de todas las instituciones que fueron básicas en el poderío electoral del PRI, del PAN y luego del PRI, los famosos “programas sociales”. Con ello despoja a estos partidos de su base electoral clientelar y la sustituye por sus propios programas (clientelares también, por supuesto) de modo que les queda muy poco, y el presidente va todavía por ese poco.

No se avizora por dónde pueda la oposición levantar la cabeza. Ni los jerarcas de los partidos (vean al PRI, disputándose entre ellos el pedazo de nalga que les queda), ni los grupos parlamentarios aciertan todavía al menos en reagruparse para evaluar los daños. El presidente los tiene al borde del nocaut y los va a noquear sin contemplaciones, hasta reducirlos a la nada electoral. Sólo un fantasma recorre los territorios de la 4T: el fantasma de la realidad. El presidente López Obrador levantó unas expectativas enormes (lo cual no es de extrañarse, en un país como el nuestro en el que necesitamos siempre de un papá que nos salve), quizá equiparables a las que produjo en su momento el candidato Vicente Fox en 2000.

Yo, como millones de mexicanos, lamenté que Vicente Fox se convirtiera en un clown, un payaso, un tipo sin alma, un mandilón incapaz de cumplir sus promesas de campaña, un ranchero que gobernó al país con ocurrencias y que dilapidó, como junior irresponsable, su enorme capital político, ocupado como estaba en maniobrar para que su señora fuese la candidata a la presidencia de la república. El fracaso de Fox fue tan grande que Felipe Calderón tuvo que tomar protesta por la puerta de atrás, en medio de la convulsión política y la sospecha de que se hizo del triunfo en las urnas por medios poco ortodoxos.

Sin embargo, la oposición política es necesaria, así como las voces críticas. El país está tan polarizado que criticar al presidente es convertirse en automático en prianista, y las hordas de la 4T se encargan de hacer pedazos a quienes se atreven a alzar la voz, con una saña y una actitud pandillera que ni los mismos prianistas exhibieron en sus mejores momentos. La oposición es tan necesaria que el PRI, sí, ese odioso partido padre de todos los males que padecemos, tuvo que abrir la puerta en 1977 y con ello permitió que por vez primera los opositores del régimen tuvieran voz en el Congreso de la Unión.

En 1976, José López Portillo, del PRI, obtuvo la presidencia de la república como candidato único, ya que el PAN no postuló candidato y el opositor Valentín Campa se registró como candidato sin partido y obtuvo un millón de votos que se anularon por ilegales. Parecía que el PRI estaba “en la plenitud del pinche poder”, y sin embargo un año después, encabezado por Jesús Reyes Heroles, el mismo PRI claudicó y entendió que el país estaba al borde del estallido social, por lo cual, y muy en contra de su voluntad, reconocieron por primera vez al Partido Comunista Mexicano (y con ello inició un movimiento social de reacomodo de la izquierda que concluyó el 5 de mayo de 1989 con la fundación del Partido de la Revolución Democrática), y dieron voz a las minorías políticas de este país.

Nuevamente estamos ante el escenario de una oposición en desbandada, sin cuerpo, convertida en un esperpento lastimoso, y con ellos se quedan sin voz millones de mexicanos que también tienen derecho a que se les represente, a disentir, y sobre todo, a hacer contrapeso al desmesurado poder que ejerce en nuestro país una sola persona. Pero no vemos cómo pueda la oposición resurgir del polvo, porque en polvo se convirtieron y en el polvo están.

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