Perder la fe

Casa de Citas

Por: Baltazar López Martínez

“El que no tiene fe, no puede pedir fe a los demás”.

Lao-Tse

Gran parte del conocimiento de las cosas divinas se nos escapa por falta de fe”.

Heráclito

Contra lo que pudiera pensarse, el proceso que me llevó a perder la fe fue sutil e imperceptible. No se trató de un acontecimiento avasallador, uno de esos que te ponen al borde de la quiebra y te hacen pensar en la inutilidad del sufrimiento y renegar de la indiferencia del universo. Al contrario, el día que me percaté de haberla perdido fue un día como otro. La certeza de esa pérdida llegó a mí como una idea dibujada apenas en la bruma de mis pensamientos inconexos, de modo que me fue imposible evaluarla en su verdadera magnitud, y muchos menos pude prever que sus consecuencias me llevarían a un abismo para el que no encontraría explicaciones.

Ya les dije que mi abuela Lola era lo que le sigue de católica, y que por disposición suya mi primo Roberto y yo entramos como aprendices de monaguillos con el padre Nacho. En realidad, eso de la misa me parecía bastante aburrido, sobre todo porque se trata de un acto repetitivo. No me explico cómo es que el padre Nacho tenía ánimo para oficiar vez tras vez el mismo ritual, las mismas palabras, tan gastadas que terminaban por perder su significado. A mí me daba sueño estar a cargo de la campanilla, o con eso de ayudar al cura a lavarse las manos (aunque lo que hacía era mojarse con el agua la punta de los dedos), y de tanto ver las efigies y esculturas de yeso terminaron por ser presencias rutinarias más que objetos de culto o adoración. Además, no encontraba la conexión entre la bondad de Dios que pregonaba el párroco y lo que pasaba en el diario vivir de las familias en aquella colonia alejada y polvorienta.

Mi mamá era católica también, quizá por la influencia de mi abuelo Cecilio, su padre, que era católico recalcitrante y se levantaba a las seis de la mañana a cantar alabanzas y decir en voz alta sus oraciones, despertando con ello a toda su familia. Sin embargo, mi mamá no se tomaba tan a pecho los asuntos de la religión. Iba a misa casi todos los domingos, pero no más, a diferencia de las mujeres de la familia de mi papá que eran de la Adoración Nocturna, la Tercera Orden Franciscana y los ritos de la Vela perpetua, que nunca comprendí del todo. Quizá por eso mi mamá nos dejó crecer un poco al garete en esos temas de la iglesia católica, y si bien nos animó a asistir al culto nunca fue tan exigente como mi abuela Lola. Lo que sí hizo fue enseñarnos las oraciones que heredó del abuelo, y lo hizo con una advertencia que me dejó marcado: “tienes que hacer estas oraciones todas las noches, para que Dios te cuide; si dejas de hacerlas va a venir el diablo y te va a llevar”. Lo más terrible es que lo decía en serio.

El punto de partida de ese proceso de perder la fe tuvo lugar una noche de viernes de mi ya lejana infancia, cuando bajo el influjo del espíritu de rebeldía decidí poner a prueba lo que me había dicho mi mamá. El procedimiento fue muy sencillo. Leí un poco, apagué la luz y a propósito omití las oraciones nocturnas. Quería saber si el diablo llegaría por mí esa misma noche. Confieso que no puede conciliar el sueño. Cerré los ojos tratando de dormir, pero en realidad estaba atento a los ruidos y a las señales, que sin duda serían terribles y avasalladoras, de la presencia del diablo. No las hubo. Pasaron las horas, llegó la madrugada y del diablo ni sus luces. Algo estaba mal. O eso de que “si no rezas te lleva el diablo” era falso, o el diablo estaba muy ocupado en otros asuntos más importantes que ir a jalar de las patas a un chamaco rebelde. No supe en qué momento pudo más el cansancio que el miedo y me quedé dormido.

No sé cuánto tiempo transcurrió antes de que me despertara el rugido de unos leones. Sí, así como lo leen. El barrio era muy silencioso por las noches, por eso pude percibir con claridad la presencia de un león rondando la casa. El padre Nacho había leído en una de sus misas que el diablo anda por la tierra como león rugiente, buscando a quien devorar, y en esa madrugada agónica, supe que iba por mí en la forma de un terrible león, cuyos rugidos llegaban a mí con aterradora intensidad, y temblé como no tienen idea, y de inmediato me puse a rezar las oraciones, lleno de miedo. Pero el terror habría de ser más grande todavía cuando comprobé que después de darle dos vueltas al repertorio de las oraciones que me enseñó mi mamá, además de las que aprendí en el catecismo y que en ese momento recordé como por arte de magia, los rugidos continuaban. Había rebasado una línea después de la cual no hay regreso posible. “Este es el fin”, pensé, “esto me pasa por poner a prueba a Dios”. Estaba sudando frío y sentía que se me acalambraba el corazón. Sin embargo, al poco rato dejé de escuchar los rugidos, y de nuevo pude dormir un rato, aunque de manera superficial, ya que incluso en el sopor del sueño escuchaba el lejano rugir de unos leones. Al otro día muy temprano supimos la causa del alboroto nocturno: el circo había llegado a los llanos polvorientos de mi barrio.

Junto con la feria, el circo fue otro gran acontecimiento de mi infancia. Desde entonces me gustan los circos de barriada. No me hablen del Cirque du Soleil, o como se llame. Los circos sofisticados como esos me dejan impávido. A mí me gustan los circos como el que nos visitó ese año, que se anunciaba con el nombre de El Gran Circo Krony, y que era apenas una carpa remendada que sin duda había conocido tiempos mejores, pero que para ese entonces ya estaba en completa decadencia. Les contaré que dinero para el circo no había, así es que mi primo Roberto y yo nos acercamos a ofrecernos como ayudantes del circo, con tal de que nos dejaran entrar gratis. Nos pusieron a acarrear agua en unas latas de 20 litros, para dar de beber a los animales y para el aseo personal de la tropa de artistas que esa misma tarde habría de deleitar al público con sus actos de magia y y sus arriesgadas acrobacias.

Roberto y yo acarreamos agua un rato, después estuvimos ayudando a estirar las cuerdas para izar la carpa, luego nos dedicamos a curiosear entre los carros del circo. Había dos leones tristísimos, que habían rugido de hambre toda la noche, un oso pardo que nos miraba desde el abismo de la soledad, unas llamas, o alpacas (nunca supimos bien la diferencia entre unas y otras), unos caballos adiestrados y seis perritos lanudos en su jaula perrera. Ahí hicimos amistad con un hombre joven, tendría unos 35 años, a quien le faltaban tres dedos de la mano derecha, el índice, el medio y el anular, y a causa del aspecto de pinza que formaban el meñique y el pulgar sus compañeros le pusieron el apodo de “La Jaibita”, por el que todos lo conocían más que por su propio nombre.

“La Jaibita” era el encargado de dar de comer a los animales. Nos mostró con orgullo los muñones de sus dedos y nos contó que se los había arrancado de una tarascada un feroz león africano, mismo que le había hecho trizas los músculos del pecho. Para demostrarlo se despojó de la camisa y nos enseñó las cicatrices, unos surcos profundos que le cruzaban el tórax de izquierda a derecha. “No fue ninguno de estos leones. Fue otro, en un circo en el que trabajé hace años. No era feroz, ni agresivo, pero ese día tenía mucha hambre.

Yo entré a la jaula cargando en brazos carne y huesos de caballo para alimentarlo, pero el felino estaba impaciente, y cuando entré no me dio tiempo de arrojarle la comida y me la arrebató de un zarpazo, pero me arañó el pecho con tanta fuerza que casi se me veían las costillas. No supe cómo fue que traté de alejarlo y me mordió la mano… allí terminó por almorzarse mis tres dedos”.

Pasamos buena parte de la mañana ayudando a “La Jaibita” a cuidar a los animales. Bañó al elefante, dio forraje a las llamas o alpacas, acarició la testa del oso mientras le daba su mísera porción de carne de caballo. También nos entretuvo con historias de circo, de cuando se desplomó de una altura de seis metros y cayó de pie, o de la ocasión en que un elefante casi le muele una mano de un pisotón involuntario. Con ello nos ganamos el derecho de entrar gratis a la primera función de esa tarde.

Era un circo tristísimo el Krony, pero los artistas circenses sabían llevar con dignidad la pobreza extrema. Aunque los trajes estaban raídos y llenos de costuras, lucían limpios y coloridos, y aunque los objetos de la escenografía pedían a gritos una mano de pintura, de tan viejos y abollados como estaban, lucían libres de polvo, y en general las tramoyas y la carpa misma eran sobrevivientes de mil batallas, como dicen los clásicos. Los artistas eran muy pocos, y debían hacer tareas múltiples para sacar adelante el espectáculo. El mago era a la vez maestro de ceremonias y asistente de Miss Wanda en su número de La Hamaca Voladora. Los acróbatas eran payasos también, y bailarines. Había un hombre que hacía malabares y también era domador de bestias salvajes, como los leones y las llamas (o alpacas), y así. Había una joven hermosísima, de cabello lacio peinado en forma de cola de caballo, que se anunciaba como Blanchie Moore y su Espectáculo de Perritos Adiestrados, un número circense a la alta escuela.

Al fin empezó la función. A pesar del escaso público, los actores y actrices desfilaron ante nosotros muy sonrientes, portando sus mejores atuendos y después nos deleitaron con los números de acrobacia en el trapecio, con los malabares, los payasos sin gracia que trataban de arrancar una sonrisa al respetable, las llamas (o alpacas) que cruzaban el aro de fuego, los leones que se pasaban de un barril a otro con una enorme flojera. Hubo un equilibrista en monociclo que recorría unos metros de cuerda floja a cierta altura del piso, quien después de su peligroso acto pidió cooperación a los presentes para reunir un dinero que utilizaría en caso de accidentarse, ya que debido a la peligrosidad de su número ninguna aseguradora quería venderle una póliza, así es que pasó por entre los palcos y frente al graderío extendiendo una gorra apestosa a sudor agrio con la esperanza de recibir alguna moneda.

El acto culminante de la función fue el Espectáculo de Blanchie Moore y sus Perritos Adiestrados a la Alta Escuela. Salvo la belleza de Miss Blanchie, el número fue un fracaso, porque los perritos en cuestión, seis o siete pequeños chuchos lanudos, resultaron ser unos majaderos desobedientes, y pese al empeño de la señorita Blanchie se negaron a saltar por el aro, y mucho menos quisieron ponerse en dos patas para bailar una canción de la Sonora Santanera que hablaba del Muñeco de la Ciudad. En el colmo de la desobediencia los perritos rebasaron las barras de madera que delimitaban la pista y se pusieron a ladrarle al público, y asustaron a una niña que estaba en la primera fila disfrutando de un algodón de azúcar. Fue necesario que La Jaibita, que en ese momento estaba atareado tomando fotografías de los asistentes, dejara a un lado la cámara y se fuera a meter en cintura a los desobedientes canes, a los que la Señorita Blanchie, a juzgar por su expresión, deseaba estrangular para después comérselos en salsa verde.

Después Miss Wanda actuó en todo lo alto con su número de la Hamaca Voladora, que en realidad era un columpio forrado de peluche rosa pendiendo de unos cables en lo alto de la carpa, y que consistía en una otoñal mujer meciéndose en el columpio, mientras el maestro de ceremonias gritaba “¡y ella gira, y gira y gira así, en todo lo alto!”, aunque lo cierto es que no giraba para nada. Terminada su rutina, Miss Wanda se deslizó graciosamente por una cuerda desde la Hamaca Voladora hasta el centro de la pista, donde el animador la recibió tomándola de la mano y haciéndole reverencias. Por último, la compañía completa de artistas circenses desfiló de nuevo alrededor de la pista donde recibió como premio el aplauso prolongado del público conocedor.

El circo estuvo en los llanos poco más de una semana. Roberto y yo acudimos casi todas las tardes a ayudar a La Jaibita en sus tareas, y volvimos a entrar en un par de ocasiones a la función. La tarde del siguiente domingo los trabajadores del Krony desataron la carpa, que colapsó en tierra asemejando un viejo y remendado globo aerostático; a continuación, como un laborioso ejército de afanosas hormigas, recogieron las lonas, las doblaron, y las echaron al camión donde ya estaban los esqueletos de los palcos y del graderío. Después se marcharon en caravana y nunca volvieron. Lo último que alcancé a escuchar fue el rugido melancólico de los leones, que siempre estaban quejándose de hambre los pobres.

Tal vez les parezca ridículo, pero la memoria del Circo Krony se quedó ligada a los acontecimientos que dieron pie al inicio de ese proceso demoledor, progresivo y constante en el que perdí la fe. Quisiera decirles que fue un acontecimiento traumático o doloroso, como la muerte de un ser amado o una tragedia similar. Pero no, el punto de partida fue una noche de mi infancia en la que dejé de orar a Dios y en cambio recibí la revelación de que a Dios le es indiferente lo que hagamos. Ese fue mi descubrimiento, saber que estábamos rodeados de una monstruosa, helada e inmisericorde indiferencia. Como la vegetación del campo, como las incontables generaciones de seres humanos y animales que estuvieron alguna vez sobre la faz de la tierra así vamos pasando, y no queda de nosotros ni un diminuto rastro, mientras el mundo gira de manera imperceptible y junto con el sol y los planetas y el resto del universo continúa su viaje rumbo a la nada.

El que pierde la fe y duda, dice la carta del apóstol Santiago, “es semejante a una ola del mar impelida por el viento y aventada de una parte a otra”. De ello puedo dar cabal testimonio. La fe es la brújula que nos guía en el tormentoso océano de la vida, y yo estaba en camino de perderla, y de perderme sin ella.

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