Perdonen la tristeza…

Casa de Citas

Por: Baltazar López Martínez

Para Mónica Servín Arellanes

“Hace falta toda una vida para aprender a vivir”.

-Séneca

“Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte contemplando cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando” …

-Jorge Manrique, Coplas a la Muerte de su Padre

“La vejez y el paso del tiempo enseñan todas las cosas”.

-Sófocles

El papá de mi amigo Jesús Ceja nos dijo un día: “te das cuenta de que envejeces cuando empiezan a morirse tus amigos”. Eso fue hace muchos años, cuando yo era joven y carecía de la capacidad para comprender en toda su extensión la frase de don Román Ceja, que para ese entonces era ya un hombre mayor y sabía de lo que estaba hablando. Pero sí pude percatarme de que había en sus palabras una tristeza contenida que vuelve a mí ahora que lo recuerdo.

No sé cómo, pero pasaron los años. Sabines escribió: “Encontrarse, de pronto, con las manos vacías, con el corazón vacío, con la memoria como una ventana hacia la obscuridad, y preguntarse: ¿qué hice?, ¿qué fui?, ¿en dónde estuve? Sombra perdida entre las sombras, ¿cómo recuperarte, rehacerte, vida?”, y no hay mejores palabras para esa desazón, ese mirarse a uno mismo en el espejo, luego de todos esos años, afrontando la muerte de los amigos y preguntándose qué hice, qué fui, en dónde estuve.

Hace unos años inicié un blog (cuando estaban de moda) en el que escribí columnas sobre música de rock, una de mis grandes pasiones. Cuando lo inicié me hice el firme propósito de ser positivo, de escribir sobre lo que me gusta, en lugar de hacerlo sobre lo que no me gusta, y pude cumplirlo hasta que sin saber cómo, de manera paulatina, volví a publicar artículos sobre lo que no me gusta. Así de arraigado se me quedó el vicio de mirarlo todo con la lupa de Led Zeppelin, por decirlo de alguna manera.

Agobiado, dejé de escribir en esa bitácora, así como dejé de escribir durante meses a mediados del año pasado, cansado de la podredumbre de la política. Asqueado, ya no pude continuar gritando como loco en ese mundo en el que abundan la transgresión, el soborno, la simulación, el engaño y las traiciones que de tan usuales se vuelven práctica común que a nadie extraña ni escandaliza. Pasé casi 20 años en el periodismo y déjenme decirles con todas sus letras que no sirvió de nada. Gané enemigos, eso sí.

De igual manera en los últimos años empezaron a morirse mis amigos y personas con las que conviví de cerca. Primero murió mi hermano José Luis. Después mi mamá, doña Eloísa, y hace unos cuatro años mi padre. También murieron David Vargas Camargo, Tavo Gustin, Carlos Serra, Paco Espinoza, Pepe Dávila, murieron Bismarck, Lulica, Luis Garza Núñez y César del Valle. Se murió don Mario también, y mi compañero de tantos años Cecilio Rizo. Y de pronto comprendí que estoy envejeciendo, y que además en lo que pude escribir durante tantos años puse mis fobias, pero pocas veces dije lo que sí me gusta. Y hoy, lectores, quiero subsanar esa deficiencia.

Con el permiso de ustedes, y abusando de su paciencia y comprensión, les diré de forma anárquica y desordenada que me gusta sentarme con mi nieto Pablo a tomar café con galletas de animalitos; me gusta el agua de jobo con poca azúcar y los panes de nuez -unos de papelito rojo que elaboran en Pan Rico Pan. Me gusta el café recién hecho, los bocoles de harina y natas, las chancacudas de Chicontepec y las enchiladas con cecina de la fonda que está frente a la vieja terminal del Estrella Blanca. Me gustan las ciruelas rojas, los nísperos y los mangos. Me gustan las tardes de frío en el bulevar, el canto de los tordos por la mañana, la caligrafía de las gaviotas contra el azul purísimo del cielo y los peces que brillan en la orilla del río como un puñado de monedas de plata.

Me gustan los circos de barriada, los malabaristas de crucero, los trapecistas, los perritos adiestrados y los tristísimos leones de mi infancia. Me gusta escribir por la tarde, cuando empiezan a encenderse las primeras luces y un misterio indescifrable se apodera del mundo. Me gustan los besos de esquinita, las nieves de nuez con cajeta, las películas de Kubrik y las del Santo. Me gustan los cacahuates para pelar y las naranjas con chilito Tajín.

Me gusta levantarme tarde los domingos, tomar un baño y regresar a la cama a seguir leyendo. Me gusta el olor de la ropa recién planchada. Me gusta el olor de los libros, la quietud de las tardes de domingo, la luz del atardecer, la música con auriculares a todo volumen, de preferencia Led Zeppelin. Me gusta el aroma de las gardenias, de las piñas (aunque no pueda comerlas), de los mangos que huelen a copal. Me gustan los morrales de artesanías, los pantalones de mezclilla, los zapatos viejos, las playeras sin estampado, los calzoncillos tipo bóxer.

Me gusta tocar la guitarra a todo volumen y saturada de efectos, me gusta traer las manos limpias, me gusta andar descalzo (aunque casi nunca lo hago), me gustan las catarinitas y los dulces caseros, me gustan los perros, las gallinas y los gatos (sobre todo los gatos; si tuviera un gato le pondría por nombre “Trapos”), me gustan los camarones, el pescado frito, las aguas de coco y de horchata de arroz. Me gusta dibujar por las mañanas, cuando la luz entra a raudales por la terracita de la casa y estoy en mi mejor momento del día. Me gusta vagabundear por el bulevar, escribir en un cuaderno viejito, escaparme a tomar café los lunes en el Antonio’s. Me gusta fumar cigarros mentolados, me gusta la coca cola sin azúcar. Me gusta estar a solas, sobre todo cuando dibujo.

Me gusta charlar con mis hijos (aunque cada vez lo hacemos menos), me gusta compartir música, hablar de música, escuchar música y repasar las canciones de la banda sonora de mi vida. Me gustan los puros de Córdoba, el café de La Parroquia y los tacos al pastor del Chino, acá en mi pueblo. Me gusta perder el tiempo con los amigos, decir tonterías y chismes. Me gustan el mar y la playa y las palapitas y las escolleras, me gusta el río, me gusta mirar a los barcos anclados en la dársena.

Me gustan los Beatles y también Led Zeppelin, aunque no siempre en ese orden, me gustan Picasso y Jan Vermeer de Delft, que quizá sin saberlo creó pinturas inmortales. Me gusta la feria con sus rumores interminables y sus tristísimas mujeres lagarto. Me gusta recordar lo que sueño, me gusta la risa espléndida de las muchachas que pasan a mi lado sin mirarme siquiera. Me gustan los chocolates y los pistaches, los buñuelos con azúcar, las tortillas a mano y el té de zacate limón. Me gustan mis zapatos viejos (odio los zapatos nuevos: no considero que unos zapatos sean míos hasta que tienen la forma de mis pies), me gustan los calcetines blancos y las almohadas que huelen a suavizante de telas.

Me gusta mirar a los niños y a los abuelos en los parques, me gusta el sonido del silbato de los trenes, porque me recuerda los días de mi infancia, cuando no sabía nada y era feliz; me gusta bañarme con agua tibia, incluso cuando hace calor, y cuando viajo me gusta acomodar con afán enfermizo la ropa en la maleta. Me gusta hacer las mismas cosas todos los días y cumplir con un ritual que le da certeza a mi vida, levantarse, ir al baño, vestirse en el mismo orden siempre y de ser posible del mismo color.

Me gusta leer donde sea: en las estancias de la casa, en la cama, en el baño, en salas de espera y estaciones de trenes, me gusta leer en los autobuses y en las filas del banco o cuando voy a comprar pollos a la leña. Me gusta leer varios libros a la vez, en una mezcla anárquica y poco ortodoxa que incluye siempre un poema de César Vallejo y otro de Efraín Huerta. Por sobre todas las cosas me gusta el silencio.

Hay una canción demoledora de los Flaming Lips, en la que te preguntan si te das cuenta de que todas las personas a las que amas morirán algún día. “¿Te das cuenta de que tienes la cara más hermosa? ¿Te das cuenta de que estamos flotando en el espacio? ¿Te das cuenta de que la felicidad te hace llorar? ¿Te das cuenta de que todos los que conoces algún día morirán? Y en lugar de decir todas tus despedidas, hazles saber que te das cuenta de que la vida se va rápido, que es difícil hacer que las cosas buenas duren, que te das cuenta de que el sol no se pone, que es solo una ilusión causada por el mundo dando vueltas”.

Hoy procuraré hacer lo que me gusta. Ya bastante tiene el mundo en este coro de voces desafinadas como para sumarme a los lamentos de lo que nos pasa. Hay en lo simple de la vida una lección que estaba pasando por alto. Mis amigos están muriendo, me doy cuenta de que envejezco y de que el reloj avanza con una celeridad espantosa. Como Rockdrigo, “no tengo tiempo de cambiar mi vida”. ¿Y a ustedes qué les gusta, qué les hace sentir que la vida vale la pena? Me gustaría conocer su lista. Pero por lo pronto, perdonen ustedes la tristeza.

00
Compartir