Periodismo o credibilidad

Postigo

Por José García Sánchez

En México hay médicos que son malos médicos y se le dice y difunde, y no por eso se afecta el derecho a la salud ni su derecho a estudiar medicina o aprender más; sin embargo, si a un periodista se le dice que es mal periodista porque miente. Los aludidos aseguran que se viola la libertad de expresión.

En realidad, el periodista tiene el derecho de ser tan honesto o deshonesto como su conciencia se lo dicte. A los comunicadores no se les quita la licencia, la mayoría de quienes escriben no la tienen para ejercer el periodismo, pero pagan con el nivel de credibilidad.

Lo más absurdo es que quienes más protestan por sentirse aludidos cuando alguien dice que hay periodistas mentirosos son los menos honestos. Se indignan los que realizan montajes, los que crean personajes, los que cobran por ocultar la verdad, por tratar de multiplicar mentiras, el problema mayor es que, a estas alturas, todavía hay quienes toman sus palabras como ciertas.

La mayoría de los periodistas poco honestos o de plano deshonestos porque se es o no se es. Son los que protestan contra cualquier réplica del poder quienes hacen del periodismo una consigna partidista, y cuando se le descubre su juego, hablan de violación a la libertad de expresión.

La desinformación hace más daño que la falta de información y los aludidos que se autodenominan víctimas de la represión, el ultraje, el maltrato, siempre tienen una larga cola que les pisen.

Los menos honestos, los comunicadores con menos credibilidad, los más serviles a los regímenes anteriores son los que se indignan por las alusiones desde el poder cuando se les descubren las mentiras y al ser señaladas responden como niños, insistiendo en que es verdad lo que dicen a los cuatro vientos.

En realidad, la libertad de la que gozamos los periodistas en México no tiene precedentes y la tolerancia que les permite armar montajes, crear personajes ficticios, sacar de contexto declaraciones y colocarlas donde no van no tiene precedente. Quieren engañar y lo hacen cada vez que pueden.

El montaje de la alcaldesa electa de Álvaro Obregón en la Ciudad de México, sirvió de insumo a algunos periodistas para afirmar, como si ello si hubieran estado ahí, dándole crédito a una funcionaria pública con una trayectoria de apropiación de inmuebles y de riqueza inexplicable, por decir sólo dos acusaciones aparecidas en medios no convencionales pero con credibilidad.

Los periodistas que se dice perseguidos no saben utilizar la libertad, acostumbrados desde que empezaron a ejercer su oficio, a hablar bien de los funcionarios públicos ene l poder, desdeñaron el verdadero periodismo y para ellos cualquier novedad es noticia importante.

Anteriormente se dedicaban a una fuente de información, que pasaban más tiempo en la sala de prensa de la dependencia que los integraba a la nómina que en la redacción de los periódicos. Los ingresos que llevaban a los medios les permitían tener una persona que tomara nota sobre sus comentarios o información y los convertí en noticia o en artículo de fondo o columna. Las fuentes de información eran asignaciones de por vida, donde empezaban a “reportear” ahí se jubilaban. No les interesaba subir de puesto porque ni el director ganaba lo que ellos en las propinas de las dependencias de gobierno.

La libertad de expresión debe ejercerse con trabajo primero y con la verdad después, pero estaban acostumbrados reproducir boletines, labor que les era redituable. No eran pocos los periódicos que pagaban muy bajos salarios, con el trato implícito de tener propinas de las fuentes que trabajaban.

En un periódico deportivo que se encuentra en la colonia Anáhuac, en la caja de cobro de salarios había un cajón lleno de sobre de sueldos de un columnista policiaco que no cobraba su salario porque el grueso de sus ingresos los tenía por fuera, protegiendo giros negros y apoyando contrabandistas, entre otros delincuentes y funcionarios públicos del área policiaca.

Esa era una tradición en el periodismo mexicano. Ahora muchos que siguen esos esquemas se dicen perseguidos, criticados, cuando en realidad deberían estar en la cárcel.

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